Fuegos artificiales Capítulo 70
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Capítulo 70

Sobre la gran mesa de comedor en el salón de la casa del director se han ido acumulando, con el paso de las horas, evidencias e indicios catalogados como pruebas.

Su vivienda, contigua y con fácil acceso a la del l ugar de los hechos, se ha convertido en improvisado centro de mando.

Los vasos de chupito se han separado en bolsas diferentes.

Igual que la botella vacía de tequila y la de licor de mora.

Con cada clasificación y etiquetado de una nueva prueba relacionada con la ingesta de alcohol, el director ha dedicado miradas recriminatorias al conserje.

El inspector al cargo del caso, un hombre de magna complexión que por todo pelo en la cabeza tiene los tres trazos de vello cano de las cejas y el bigote, ha decidido mantenerlos cerca a ambos, como soportes de información.

Al conserje no dejan de preguntarle sobre las actividades nocturnas de los chicos.

—Normal que no te enteres de nada —le ha soltado el director cuando ha tenido que acabar confesando que se saltaba algunas de las rondas acordadas de la madrugada.

El agente joven de antes, con un marcado hoyuelo en la barbilla y la alianza demasiado apretada, accede al salón desde el pequeño pasillo que conecta con la cocina de la otra casa.

Al pensar en ella, el conserje maldice su último encuentro con el hijo del militar.

La facilidad con la que lo engañó sobre la puerta cerrada.

Quizá el director tiene razón cuando lo culpa de no enterarse de nada.

O, como ha hecho antes también, de ser un vago al que le cuesta mover el culo de su garita, tras lo que ha creído necesario aclarar que no se refería a lo de su pierna.

—Más fotos —viene diciendo el agente del hoyuelo—. En efecto, nos faltaban las buenas.

Hace ya un rato que encontraron una cámara Polaroid y algunas fotografías obtenidas con ella, expuestas en tablones y estanterías de los chicos.

El inspector las observó con cierto interés, pero dijo que todo dueño de cámara instantánea esconde fotografías secretas.

Que no tener que llevar a revelarlas libera oscuras creatividades.

Y que más les valía a todos dar con ellas.

El agente extiende más de una veintena de imágenes sobre una cómoda en el salón, que también han acondicionado como mostrador de trabajo.

El inspector se asoma primero y da permiso al director y al conserje para unirse.

Ven dos fotos de un trasero en el espejo.

Otra en la que son tres los calvos retratados en el jardín.

También una del póster central de una revista pornográfica abierta en el suelo.

Pero la mayoría de las imágenes lucen muy similares.

Muestran a los chicos alrededor de la cama de alguno de ellos, mirando a cámara con ojos brillantes y rojos por efecto del flash, que también quema varias de las esquinas del papel fotográfico.

En algunas se ven los vasos de chupito, con los que brindan o que dirigen a cámara.

En otras se aprecian botellas cambiantes de licor.

En todas es patente que hay una persona celebrada, la que se encuentra en la cama y queda en medio en la foto.

—Los cumpleaños a medianoche —dice el inspector, ya informado de la tradición de la que el conserje y el director se han enterado esa mañana.

—Pero esta sería la más preocupante —añade el agente.

De una esquina, el inspector levanta la fotografía señalada. En ella, el hijo del militar intimida a uno de los compañeros fallecidos, el pelirrojo de los ojos verdes, con un cúter en el cuello. El mismo cúter descansa en una bolsa sobre la mesa del salón, ya clasificado anteriormente como indicio.

—Amenaza previa. Relación violenta anterior al crimen. Posible premeditación —enumera el inspector—. No sé si lamento decir que la hipótesis empieza a consolidarse.

—Y, cómo no, todo ocurría de noche. —Es la aportación del director, que clava una mirada censora en el conserje.

Sin ánimo de rebatirle nada, porque ni siquiera puede, el Búho coge un clip con dos fotografías en un extremo diferente de la cómoda.

Son unas que usaron antes, cuando le solicitaron al director imágenes de los menores fugados para poder usarlas en carteles de búsqueda y compartirlas con los medios.

Aglutina una fotografía de carnet del hijo del militar y un retrato grupal de la clase del curso pasado.

—Del nuevo me trago que pueda hacer algo así porque no lo conozco —dice el conserje—, ¿pero él?

Señala en la imagen grupal al niño más apocado. Ligeramente apartado de los demás, va igual de uniformado que el resto, pero lleva unas botas de agua de goma amarilla que provocaron carcajadas aquel día de lluvia y que las siguen provocando cada vez que sus compañeros comentan la foto.

—Lo iremos descubriendo —responde el inspector.

—Parece mucho más pequeño que el otro —observa el agente al comparar esa imagen con la foto de carnet.

—El otro es repetidor y, entre adolescentes, dos años pueden ser dos vidas —comenta el director—. ¿De verdad creen que han podido hacer esta barbaridad a propósito?

—Lo iremos descubriendo —repite el inspector, que muestra la fotografía del cúter como advertencia de que cualquier cosa es posible—. Las aguas mansas son oscuras y profundas. ¿Los imaginaban capaces de escapar del internado? ¿De saltar a un tren? ¿De robar un coche?

Se sirve del silencio de ellos como respuesta y les pide prudencia.

Les aclara que los resultados de las autopsias serán determinantes.

Y compararlos con los análisis toxicológicos que se obtengan del varón en el almacén de pirotecnia, seguramente esclarecedor.

Aprovecha para preguntarles a qué tipo de sustancias peligrosas podrían tener acceso los alumnos dentro del internado.

—Pueden traer cualquier cosa de la calle —responde el director—. Cuando salen no podemos controlarlos, pero nuestra política es severa en asuntos de drogas.

—Ya tendrá tiempo de tirar balones fuera —reprende el inspector—. Le he preguntado dentro del internado.

El director se pellizca el labio inferior y busca apoyo en el conserje, olvidándose ahora de las miradas recriminatorias y censoras de antes.

—Debajo de la casa hay una especie de almacén con productos de limpieza —improvisa el Búho—. Lejía…, no sé.

—¿Algo de la enfermería? —se le ocurre al director.

—¿De la clase de Plástica? —añade el conserje, pensando en esmaltes y disolventes.

—¿O de la de Química?

El inspector los mira como si fueran una pareja en el concurso con nombre de cuenta progresiva. El bolígrafo de otro agente susurra contra el papel del bloc en el que apunta sus respuestas.