Capítulo 69
Uve se despierta con un respingo. Se seca baba en una de las comisuras de la boca. Nota dolor a un lado del cuello, de haberse quedado dormido recostado contra la ventanilla.
—El que aguantaba sin dormir —dice Jota.
Uve comprueba el reloj, pero las legañas le emborronan la imagen.
—¿Cuánto…? —Se aclara una voz agria—. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Define «tiempo». —Jota sonríe—. Pues unas horas, ¿eh? Has caído pero bien. Menos mal que no compartíamos habitación porque cómo roncas, cabrón.
—Ha cambiado el paisaje.
Uve se frota los ojos mirando por el cristal a un terreno que ha perdido frondosidad y relieve. Divisiones de parcelas de color marrón, amarillo o verde ondean a merced de las colinas. Le recuerdan a unas láminas que le envió su tío, pero no se acuerda del título ni del artista.
—Y huele diferente —añade tras bajar la ventanilla—. Como a mar ya.
—Las ganas que tienes. Pero no te flipes, queda bastante —replica Jota—. Yo lo que quiero oler es algo de comer. Me muero de hambre, tío.
—¿Nos da tiempo a parar?
—Sí, vamos de sobra.
Uve se cubre un bostezo.
—Entonces yo también tengo hambre.
Siguiendo el plan de Jota de utilizar únicamente carreteras secundarias, permanecen en la que se encuentran hasta que leen la palabra «Restaurante» a lo lejos, escrita en rojo sobre la fachada de una modesta construcción.
El negocio parece ser el superviviente de un duelo librado contra un segundo restaurante al otro de la carretera, este ya abandonado, con la entrada tapiada, malas hierbas creciendo en el asfalto y carteles descascarillados por soles de otras épocas.
—Todo para nosotros —dice Jota al acceder a la zona de aparcamiento en la que solo hay un coche más.
Uve se fija en que el restaurante no tiene ninguna puerta abierta o persiana subida, tampoco se ve encendida luz alguna.
La atmósfera de desamparo, sumada a la soledad del aparcamiento de tierra y la decrepitud del negocio abandonado de enfrente le provocan una sensación de inquietud.
De funesto augurio. Como si lo que se ve al otro lado de la carretera fuera el reflejo futuro de lo que empieza a haber en este lado.
—Está cerrado, ¿no? —dice Uve, porque tampoco le apetece entrar.
—Tú siempre rindiéndote antes de probar.
Jota cierra su puerta ya desde fuera.
Le abre la suya a Uve, que aún se lo piensa.
—Venga, vamos —urge Jota, que también saca las mochilas.
La nubosidad del cielo, que varía en escalas de grises y blancos, desposee de sombras al mundo, restándole profundidad.
O quizá sea solo la sensación de irrealidad que envuelve a Uve, que a ratos no se termina de creer que esté escapando en coche junto a Jota, como fugitivos.
Una brisa los envuelve de un olor parecido al de la basura en verano, pero tan intenso que ha de provenir de algún animal muerto.
Cada paso que dan salpica guijarros dispersos en el suelo.
A la entrada del restaurante, Jota mete la mano entre las tiras de una cortina antimoscas y agarra una manija de hierro forjado. Como hizo frente a la puerta del laboratorio, le pregunta a Uve:
—¿Abierta o cerrada? —Antes de obtener la respuesta que ya intuye, abre la puerta—. ¿No te cansas de equivocarte?
Acceden a un comedor en penumbra, iluminado tan solo por la luz exterior que se cuela entre rendijas superiores de persianas y la puerta recién abierta. La barra se ve limpia y recogida, con los taburetes alineados por debajo. Sobre las mesas descansan sillas volteadas.
—Cerrado —dice Uve, como si así ganara por fin el juego de preguntas de Jota.
—Está cerrado —repite un eco que los sobresalta.
Una mujer ha aparecido por una puerta en un lateral de la barra. Lleva en brazos a un niño vestido con un peto vaquero, que saluda con la manita, como si los conociera. Madre e hijo, tan sonrientes, relajan a Uve, que hasta ahora no había logrado sacudirse la desapacible sensación del lugar.
—Solo abro los fines de semana ya. —La mujer arroja a la barra un trapo que huele a limpiacristales—. No queda mucho negocio en esta carretera. En nada acabo igual que los de enfrente. —Acomoda como puede los balanceos del niño—. ¿Estáis solos? ¿O están vuestros padres fuera?
—Solos, ¿por? —Jota le enseña la llave del coche.
—Nada. Os veía jovencitos. ¡Ya! —Se lo dice al niño, de quien atrapa las dos manitas que no paran de tocarle la cara y le han descolocado las gafas. También han debido de descolgarle un pendiente porque solo lleva uno—. No puedo más, te bajo.
Deja al niño en el suelo, suspira aliviada y se hace una coleta con una goma que llevaba en la muñeca.
—Ni peinarme puedo desde que lo tengo.
La mujer es de la estatura de Uve y viste una camiseta de manga larga, souvenir de un destino turístico de montaña. Tiene el cuello dado de sí por las manitas del niño. El bajo, manchado de restos de comida y témperas de colores.
—Veníamos con un hambre… —dice Jota.
—Pues no vais a encontrar nada en un buen trecho. Hasta la autopista, lo veo difícil.
Jota fuerza uno de los silencios con los que suele conseguir que la gente, incomodada, acabe proponiendo alternativas. Cuando la mujer no cede, le da un codazo a Uve para que también añada algo.
—La verdad es que tenemos hambre… —Juguetea con las tiras de la mochila.
—¿Bocadillos sería posible hacer? —pregunta Jota.
La mujer los repasa con la mirada, una madre enfrentada a dos chicos hambrientos.
—A ver, el monstruito iba a comer también —acaba diciendo—. Si coméis lo mismo que nosotros, os invito. No me cuesta nada echar más macarrones a una olla.
Al mencionar al pequeño, lo busca por la estancia y sale corriendo hacia una nevera iluminada, de puerta transparente.
—¡Tocolate! —balbucea el niño.
De pie contra la puerta, la golpea con los puñitos hasta que su madre vuelve a cargarlo para separarlo de los helados.
—Si yo no existiera, se comería la nevera entera.
Es como el monstruo de los helados. Pero la que se va a comer esta cosa, enterita, soy yo.
Enterito te voy a comer y no voy a dejar ni las migas.
—Mordisquea el brazo de su hijo, la tripa, mientras él se ríe a causa de las cosquillas—. Venga, sentaos.
Cogiéndola de una sola pata, la mujer baja una silla de una de las mesas. Jota se apresura en ayudarla.
—Y, si me cuidáis al niño, tardo menos. —Lo deja de pie sobre uno de los asientos—. Echadle un ojo, voy a la cocina.
Antes de irse, sube una persiana que aporta claridad a la estancia.
De puntillas, enciende un televisor en lo alto de una estantería desvencijada.
—Habéis tenido suerte —dice al encontrarse con dibujos animados—. Con esto se queda hipnotizado.
De inmediato, el niño mira a las imágenes de colores en la pantalla.
Ellos cuelgan sus mochilas en el respaldo de las sillas.
Al pasar por la barra, la mujer les abre las chapas de unas botellas de refresco.