Capítulo 68
El conserje siente la presencia de estudiantes a sus espaldas, asomados al umbral de la p uerta de la garita.
Quieren ver la pantalla de su televisor portátil, el mismo que suele entretenerlo por las noches hasta que la emisión finaliza con la carta de ajuste.
Cuando eso ocurre, ya de madrugada, pasa a escuchar en la radio un programa en el que la gente comparte sus problemas y secretos más íntimos con el resto de los oyentes.
Esa mañana, todos quieren ver las imágenes del director en batín a la entrada del internado, pero, tras la conexión en directo en el informativo matutino, la emisión ha regresado a su programación habitual.
Otros periodistas y reporteros, además de varios fotógrafos, han ido llegando al internado tras la madrugadora unidad móvil de televisión.
—¿No sale? —pregunta un estudiante.
Los demás chistan como si aún pudieran ocultar que están ahí, espiando. El conserje aprovecha la intromisión para apagar el aparato y exigirles que regresen a sus casas y sus habitaciones.
—No os lo digo más.
—Pero si no nos dejan —dice un residente de la séptima casa, un chico gracioso y avispado al que llaman Liebre por su labio leporino—. Ven, mira.
Antes de salir, el conserje se mete al bolsillo el transistor en el que escucha el programa nocturno de confesiones. Así podrá seguir la actualidad a través de la radio, que informa mucho mejor que la televisión.
Fuera de la garita, vuelve a asombrarse ante el creciente número de gente uniformada.
Ya hay un agente destacado en la puerta principal de cada una de las nueve casas, además de la del director, que, en ese momento, por fin vestido y peinado, abraza a su mujer mientras sus dos niños se les agarran a las piernas.
A los servicios sanitarios y primeros agentes del orden se han ido sumando nuevos equipos de investigación criminalística, aunque el conserje no sabe muy bien qué diferencia hay entre unos uniformes y otros o entre policía judicial y científica.
Y, cuando antes se le ocurrió preguntar si alguno de ellos era el forense, lo miraron como si no se enterara de nada o estuviera obligado a conocer el procedimiento que seguir en una situación de estas características, cuando incluso ellos parecen más sobrepasados de lo que dejan ver.
Acto seguido le pidieron que, por favor, permaneciera en su garita.
—Se está liando parda —dice Liebre—. Los «hogareños», ahí fuera, deben de estar flipando.
En la calle de acceso al internado permanecen detenidos los autobuses escolares que traían a los estudiantes no residentes a un ordinario día lectivo.
Desde lejos, puede verse cómo algunos de ellos se esfuerzan por sacar la cabeza a través de las estrechas ventanas superiores del autocar.
La policía les prohibió el acceso, igual que al resto de los vehículos.
Además del transporte escolar, allí fuera se aglutinan el camión de la unidad móvil, coches de otros medios, coches oficiales, coches de profesores que han venido a impartir sus clases porque no se han enterado de nada, el coche del conserje diurno, e incluso coches de curiosos que empiezan a acercarse al epicentro de ese caos de tráfico y sirenas.
El conserje lo mira todo con las manos en la cabeza.
—Me cago en mi puta madre… —exclama.
—Es de película, macho —añade un estudiante.
—Rollo lugar sitiado.
—A ver si alguien trae metralletas o algo.
—¿De verdad se los han cargado el nuevo y el otro?
El pitido insistente de un monovolumen, tan impaciente que parece deletrear algún improperio en código morse, se va abriendo paso entre el tumulto en la calle.
Su avance es tan lento como frenético, acompañado por insistentes ráfagas de las luces largas.
Su asedio se gana golpes en el capó y en las ventanillas de quienes han bajado de sus vehículos y se mueven por la zona tratando de saber qué pasa.
Cuando al monovolumen le resulta imposible seguir entremetiéndose, se abre la puerta del conductor. Un hombre alto y fornido, incluso visto desde lejos, corre con la misma falta de reparos que cuando conducía. Los pitidos los sustituye por gritos que dirige a quienes se le interponen en el camino.
Incluso se atreve a esquivar a dos agentes que tratan de detenerlo y atraviesa un cordón policial como si fuera la meta de alguna carrera.
—Ese va a por el director —dice Liebre—. La hostia que le piensa meter va a ser pequeña.
En efecto, el hombre corre hacia la primera vivienda. El conserje aparta a la docena de estudiantes arremolinados a su alrededor y camina en esa misma dirección.
—¡Cabrón, da la cara! —grita el hombre.
Al percibir la amenaza, el director se separa de su familia. Con las manos por delante, pide calma.
—No es tu hijo —informa antes del encontronazo.
—¿Cómo has dejado que…?
—¡No es tu hijo!
Pero el hombre no escucha o no procesa porque arrolla igualmente al director. Lo empuja y zarandea como ya pensaba hacer.
—No es él —repite el director, que intenta separarse para mirarlo a la cara—. Tu hijo está bien.
Esas palabras desarman al hombre, que se derrumba sobre el director, lo abraza.
—Tu hijo está bien —le repite al oído.
El padre se esfuerza por contener unos sollozos que amortigua contra el cuello del director. Después se seca la cara con todo el brazo, como si las lágrimas de un hombre fueran polvo de obra.
—Papá, ¿qué haces?
Lo dice el nadador, allí de pie con sus chanclas, en calcetines. El conserje y el resto de los estudiantes asisten al abrazo de reencuentro. El padre, conmovido, acaricia la espalda de su hijo, quien, avergonzado, se deja hacer sin sacar las manos de los bolsillos de su pantalón de chándal.
El conserje se frota la cara al pensar en los siete reencuentros que no se van a producir.
—Quiero hablar con mi madre —dice uno los estudiantes.
—¿Podemos llamar a nuestros padres? —pregunta el que antes llevaba calcetines desparejados.
—Estamos en ello —responde el director—. Quedaos tranquilos, que estamos en ello.
—Mi madre tira el internado abajo como haya visto las noticias y no sepa nada de mí —avisa Liebre.
Uno de los agentes de policía, a quienes antes esquivó, agarra del brazo al padre del nadador.
Le ordena, con tono severo, que no vuelva a desobedecer a la autoridad ni a obstruir una investigación.
Con tanto aplomo como juventud, recuerda a todos los presentes que deben respetar las zonas acordonadas e informa de que ahora los escoltará a la calle exterior, donde deberán permanecer hasta nueva orden.
Apenas comienza a liderar el séquito, otro agente llama su atención desde uno de los coches policiales que ha accedido a los terrenos del internado.
Ante la urgencia con la que lo convoca, el joven solicita al conserje que sea él quien acompañe fuera al grupo de estudiantes.
Le entrega también, sin soltarlo, el brazo del padre del nadador, como si le cediera la responsabilidad de un perro con correa.
El conserje, con una mirada, insta al director a que se acerque para saber qué ocurre, pero tanto le pica la curiosidad a él mismo que, a medio camino hacia la calle, pide al nadador, a su padre y al grupo de estudiantes que continúen por su cuenta.
—Está ahí mismo, no me jodáis —dice, porque es verdad—. Y no me la lieis.
Se dirige al coche patrulla a pesar de la mirada censora del joven agente que le dio la instrucción, quien, aun así, parece mucho más centrado y preocupado en lo que le está contando su compañero. Incluso acaba por dirigirles una señal, al conserje y al director, para que se acerquen.
Los aleja del vehículo oficial y, con una mano en la espalda del director, revela en voz baja que acaban de recibir la información de que una mujer adulta, a quien se encontró vagando en deplorable estado por un camino rural, dice haber pasado parte de la noche con dos estudiantes de un internado.
—Adolescentes, según sus palabras, que dijeron haberse escapado —continúa el agente—. Se ha referido a ellos como Jota y Uve.
—¿Jota y Uve? —pregunta el director con el ceño fruncido.
—Son ellos —confirma el conserje.
El agente les cuenta que la mujer ha asegurado que, en un contexto de fiesta, los adolescentes adulteraron una bebida que acabó con la vida de su pareja, que se encontraba con ellos.
—Dicho relato es consistente con el hallazgo, esta misma mañana, del cuerpo de un varón en un almacén de pirotecnia, con signos de envenenamiento o sobredosis —continúa—. Parecido a…
El agente señala la casa, donde se encuentran las habitaciones con los cuerpos de los estudiantes.
El director se tapa la cara con ambas manos y sorbe saliva entre los dientes.
El conserje intuye que ambos están pensando en la bolsa de vasos usados que encontraron bajo la cama del que celebraba el cumpleaños.
—Se acabó —dice el director.
—No queremos precipitarnos, pero…
—¿Ellos están bien? —interrumpe el conserje—. Los chicos, ¿están bien?