Capítulo 67
Eme contrae el diafragma en otra arcada seca que tan solo le raspa la garganta.
Hace ya mucho rato que meterse los dedos en la boca no hace más que barnizárselos de baba espesa, casi moco, pero quiere asegurarse de que ni en el estómago ni en su cuerpo quede una sola gota de lo que les echaran esos niñatos.
Le da miedo que se le retuerza la cara en una mueca final como la que ha visto en el rostro de su novio.
Presa del mareo, se agarra a una rama de la que se desprenden gotas de rocío. Escupe al suelo, pero solo hace el ruido, ni siquiera le queda saliva. El sabor amargo de la bilis se le mezcla con el de la tierra y la corteza de árboles que lleva en los dedos.
—A… yuda.
El barro que cubre sus zapatillas blancas ha teñido de marrón los cordones y el bajo de sus vaqueros. En las rodillas se le secan costras de lodo y agujas de pino de la cantidad de veces que se ha caído. En sus palmas, las raspaduras han creado una geografía carmesí de piel desollada.
—¡Ayuda!
El amago de grito suena al graznido de una urraca más en el bosque.
Ni siquiera interrumpe el canto mañanero de otros pájaros.
Con los nudillos, exprime lágrimas de esfuerzo en los ojos y mira al cielo blanco entre las ramas.
No consigue entender por qué está tan perdida, por qué no alcanzó las vías, por qué el campo se le ha convertido en bosque y por qué este bosque parece tan grande cuando no debería serlo.
Desde el tren, cuando pararon, se veían algunas casas, caminos rurales.
—Algo, joder… —suplica—. Algo.
Agarrada a la rama como si colgara de ella, se arrepiente una vez más de haber abandonado el almacén de pirotecnia.
Entró en pánico al verse sola junto a un cuerpo sin vida.
El de un hombre que era su novio, su exnovio, o lo que fuera ese macarra que no le ha traído más que disgustos.
Un hombre drogado como lo estaba ella, al que había arañado y pegado a lo largo de la noche para acabar robándole el coche con dos desconocidos.
Ese era el escenario que tendría que explicar a unos policías si decidía llamar, además de recibirlos en una propiedad allanada, con el rastro claro de algún tipo de encuentro violento, rodeada de latas y botellas de alcohol y alguna sustancia en el bolso.
Tampoco le halló sentido a avisar a una ambulancia.
El cuerpo inconsciente había dejado de respirar y latir con un último instante de torsión que le desencajó la mandíbula.
Esa persona no estaba viva ni podría estarlo ya.
Y ella lo único que deseó fue desaparecer de allí.
—En qué momento…
Eme no deja de arrepentirse de esa decisión, de no haber usado el teléfono del almacén.
Mantener esa temida conversación con la policía sería cien mil veces más fácil que superar esta agónica expedición que va a acabar con ella.
Si acaso no lo hace antes lo que hubiera en las bebidas.
En el guiño que interceptó entre los niñatos, Eme vio muy claro que le habían echado algo en la copa a su novio.
El más pequeño, ese pobre que tenía pinta de estar dominado por el otro, prácticamente se lo confirmó al asegurarle que solo estaba durmiendo.
Por eso Eme no ha dejado de provocarse el vómito, porque la copa que lo tumbó a él la preparó ese mismo niño a la vez que la suya, y no había razón para pensar que no le hubieran metido algo a ella cuando también había colaborado en el robo.
Y, en este instante, no le apetece nada morirse con la barbilla torcida en el suelo de un bosque.
—No es tan grande —dice Eme.
Sabe que, cuando alguien encuentre el cuerpo sin vida en el almacén de pirotecnia, si lo hacen antes de que ella hable, haber escapado la convertirá en sospechosa, pero, ahora mismo, eso le da igual.
Necesita que alguien la ayude y la salve de este laberinto de troncos en los que acabará dada la vuelta, prolapsada entera desde la boca, como no deje de vomitar vacío.
Es lo único que ansía. Salir del bosque.
Ya luego contará su versión y buscará la manera de probar que es la verdadera.
Que no fue ella la que envenenó a ese hombre que la abofeteaba delante de sus amigos, sino dos menores con los que se cruzaron y que nada tenían que ver con ellos.
Cuanto más repite la historia en su cabeza, más rara le suena.
Pero esos chicos existen. Podrán encontrarlos.
El internado del que escaparon estará echándolos en falta.
A no ser que la mintieran en todo. A no ser que la noche entera haya sido un lisérgico viaje en el que ha estado hablando con fantasmas y de verdad ha sido ella misma la que ha envenenado a su novio, ese macarra agresivo que, si lo piensa bien, se merecía lo que le ha pasado.
Pero Eme no está para pensar.
Necesitaría filtrar su sangre entera y purificarla, limpiarla de alcohol y sustancias antes de dar por válido cualquiera de sus actuales pensamientos.
Una imagen del cuerpo inerte sobre la alfombra en el almacén la lleva a meterse los dedos hasta el fondo de la lengua y una tremenda arcada la deja encorvada contra un árbol. Algo ácido le arde en la nariz.
—No quiero morirme…
Se seca la boca de saliva espesa con el puño de su chaqueta vaquera. Se ordena el pelo como puede y se pregunta si no sería mejor desaparecer del todo. No meterse en líos y no llamar a nadie. No contar nada hasta que venga alguien a interrogarla. Si es que llegan a hacerlo.
Se limpia los dedos en el vaquero con un cascabeleo de sus pulseras.
Prosigue su errático avance.
Si logra seguir una línea recta, antes o después tiene que encontrar alguna casa.
Salir a algún sitio.
Este bosque no puede ser tan grande.