Capítulo 66
—Tienen que estar despiertos ya. —Uve comprueba la hora en su reloj —. Deberían estar desayunando.
Jota se limita a asentir ante sus palabras y finge estar muy pendiente de la carretera, que es de doble sentido, para evitar mirar a su amigo.
—A lo mejor ni han escuchado el despertador y se los ha encontrado el Búho todavía dormidos —añade Uve con una sonrisa—. Los habrá llamado de todo.
Jota estruja el volante en silencio.
—¿Se habrán dado cuenta ya de que nosotros no estamos?
—Claro que sí, Uve. —Alza la voz más de lo que esperaba—. ¿Cómo no se van a dar cuenta?
Uve pone cara de no entender por qué le habla de esa manera, pero enseguida asume que la pregunta sería muy tonta, porque le da la razón y dice que es verdad, que cómo no se van a haber dado cuenta. Pasa a preocuparse entonces por si los demás le contarán todo lo ocurrido al conserje.
—¿Todo el qué?
—Pues lo que ha pasado. Lo que me han hecho. El lago, las cartas, que me robaron dinero. Entenderán que nos hemos ido por eso.
—Bueno, ellos contarán su versión. —Jota usa el intermitente para adelantar a un tractor que circula por el arcén—. Dirán que al lago te caíste tú solo y que nosotros no debíamos estar ahí. Además, contarán que los amenacé con el cúter y enseñarán la foto. Eso me convierte a mí en el malo.
—Menudos gilipollas.
Uve lo suelta con tanta rabia y naturalidad que Jota no puede contener una risotada. Decide dejar de pensar y de preocuparse.
—Di que sí. —Mete una marcha más en el coche—. Se merecen todo lo malo que les pase. ¡Gilipollas!
Lo grita invitando a unirse a su amigo, igual que hicieron a orillas del lago el día que se conocieron.
—¡Gilipollas! —vocifera Uve, entre risas, a la luna delantera. Después baja la ventanilla y se lo grita al mundo entero, formando un megáfono con las manos para que lo escuchen hasta en el internado—. ¡Ahí os quedáis, gilipollas!
La olla a presión en los dientes de Jota silba hasta explotar en una carcajada.
—Qué bien nos está saliendo todo, tío. —Aprieta el volante para obligarse a creerlo—. Nos está saliendo todo perfecto.
Esta vez es Uve quien sube el volumen de la música.
Se recuesta en el asiento y disfruta del aire en la cara.
Ver sonreír a su amigo, con los ojos cerrados, ayuda a Jota a convencerse de que no ha pasado nada.
Y, si ha pasado, pues ha pasado y ya está.
El mundo es un lugar absurdo en el que ocurren cosas absurdas, o sea que da todo igual.
A lo mejor así su padre aprende que dejar a su hijo abandonado en internados no es la solución perfecta que creyó encontrar para el problema al que se enfrentaron.
Jota hunde el pie en el acelerador. La velocidad lo calma.
—No ha pasado nada —dice en un murmullo.
Teme que Uve lo haya escuchado, porque se incorpora de pronto en el asiento y lo mira con los ojos muy abiertos. Enseguida, dibuja una sonrisa traviesa.
—¿Cuánto tiempo llevamos despiertos? —Lee la hora en el reloj—. Qué pasada. Nunca he estado tanto tiempo despierto.
Lo dice con excitación infantil, como de víspera navideña.
—No llevamos tanto —le responde Jota—. Yo he estado despierto mucho más tiempo otras veces.
—¡Llevamos muchísimo! —insiste Uve, con tanta energía que no parece necesitar ese sueño que le falta—. Pero no quiero dormir. No quiero perderme nada. —Realiza una panorámica del paisaje que rodea la carretera e inspira con ganas el aroma matutino del campo—. Lo estamos haciendo.
Jota secunda su emoción con un eco de lo que se prometieron en el jardín del internado:
—La aventura de nuestras vidas.
Uve no lo oye, tiene los oídos llenos de mundo exterior, del aire turbulento de la ventanilla.
Al recostarse en el asiento, caen monedas del bolsillo central de la sudadera, parte del cambio que obtuvieron al pagar el desayuno con los billetes.
Uve las recoge bajo su pierna y en recovecos junto al freno de mano.
—Me gustaría llamar a mi tío —dice, como si las monedas le hubieran recordado la existencia de cabinas telefónicas—. Ya puedo. Ya nos hemos ido.
Jota no escucha, o se hace el sordo, y sigue tarareando la canción.
Incluso sube el volumen.
Uve, en lugar de bajarlo, pulsa el botón que expulsa la cinta. El aparato, de forma automática, sintoniza una emisora de radio. La voz de un locutor de informativos corta la respiración de Jota.
—¿Qué haces?
Atrapa la mano de Uve y la desecha como si fuera basura. Inserta el casete de vuelta y logra interrumpir el noticiero antes de que diga nada comprometido. Uve lo mira con la misma extrañeza de antes, solo que en esta ocasión se agarra la mano como si le hubiera hecho daño.
—No exageres, que no te he hecho nada. No sé para qué andas tocando esto.
Vuelve a subir el volumen de la música.
Uve se lo baja.
—Porque te estaba hablando —responde con firmeza—. Quiero llamar a mi tío. Ya no puede pedirme que no me escape. Y quiero que sepa que estamos yendo a su casa.
—No te enteras de nada, ¿eh? —Jota chasquea la lengua, dándose tiempo a pensar—.
¿Cómo vas a llamar ahora? En cuanto hayan visto que no estamos en el internado van a avisar a tu madre, a tu tío, a mi padre.
Nadie puede conocer nuestros planes ahora mismo, tenemos que aprovechar que ni de coña se imaginan que nos movemos en coche.
Seguro que empiezan a buscarnos por sitios cercanos.
Uve dice que es posible que intuyan lo del tren. Al fin y al cabo, es la fantasía de fuga de todos los estudiantes.
—Pero nosotros no vamos en tren —dice Jota con media sonrisa.
Uve asiente lentamente, como dándose cuenta de las buenas decisiones que han ido tomando, de lo mucho que tiene Jota todo bajo control.
—Pues le pido a mi tío que no diga nada —insiste de todas formas—. No quiero que se preocupe si lo llaman. ¿Y tu padre? ¿Qué va a pensar cuando le digan que te has escapado?
—Que dejes de preocuparte por los demás. A la mierda mi padre, que se joda. Pensé que hacíamos este viaje por nosotros, para ser libres.
Jota exagera un suspiro de hartazgo y reduce la velocidad para detenerse a un lado del arcén.
Su inexperto frenazo hace rodar algunas latas en la partera trasera del coche, que también se cala.
Un vehículo les pita al pasar. Jota lo ignora y se acomoda en el asiento hacia su amigo.
Se concede unos segundos antes de hablar, para dotar de gravedad a lo que va a decir:
—Sigue tu flecha, Uve. Solo la tuya.
Su amigo se queda mirándolo un poco más de lo necesario.
Tras un asentimiento, acaba por señalar al frente.
Estira tanto el brazo que toca la luna delantera.
—Hacia allá.
—¡Eso es! —Jota hace un redoble en el volante—. ¡Nuestra flecha es para allá!
Arranca el coche de nuevo y regresa al carril sin comprobar el retrovisor.
Jota se fija en que Uve también observa la cabina telefónica que aparece a las afueras de un pueblo minúsculo en un cruce de carreteras secundarias. Pisa el acelerador hasta que lo ve guardar las monedas en el bolsillo de la sudadera.