Fuegos artificiales Capítulo 65
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Capítulo 65

Una única camilla emerge por la entrada principal de la casa, camino de la ambulancia que trasladará a Supermario al hospital. Por el resto de los chicos no se ha podido hacer nada, solo mantener los cuerpos en su posición para ser investigados como la potencial escena de un crimen.

—¿Qué le pasa? —El conserje lanza la pregunta al inte rior de la ambulancia—. ¿Se va a recuperar?

El personal que atiende a Supermario no se distrae con el curioso y el técnico que ha metido la camilla lo aparta para poder cerrar las puertas traseras.

A toda prisa, regresa a la cabina. El vehículo se marcha dejando ahí al conserje, sin respuestas.

Un sanitario de otra ambulancia, de las que finalmente no trasladarán a nadie, se acerca a él.

—Tranquilo.

Palmea la espalda al Búho, que pide saber qué leches está pasando. El sanitario baja la voz para decirle, avisando de que negará haberlo hecho, que, por los síntomas que han visto sus compañeros, se habla de intoxicación aguda, envenenamiento o sobredosis.

—Pero ¿cómo va a ser una sobredosis?

El sanitario se encoge de hombros.

—Sabemos muy poco de las vidas de nuestros jóvenes.

El comentario hace mella en el conserje, que no creía saber muy poco de la vida de esos jóvenes. Sin embargo, de alguna manera, se le han muerto siete mientras él estaba de guardia. La desazón le comprime el pecho.

—Tranquilo —repite el sanitario—. Respire con calma.

Ofrece atenderlo en alguna de las ambulancias libres, pero el Búho niega con la cabeza.

Prefiere cumplir con sus labores y tratar de poner orden entre el montón de estudiantes que insisten en salir a las puertas principales de las casas, desoyendo la orden lanzada que les prohíbe moverse de sus respectivas habitaciones.

En la del suceso, un policía escolta escaleras abajo a los residentes de los cuartos superiores, que pidieron permiso para vestirse antes de que se completara el acordonamiento de la zona.

Los dormitorios con los cuerpos han quedado precintados, toda la vivienda permanece vigilada.

El agente eleva la cinta a los pies de la escalera y acompaña a los estudiantes hasta la salida.

El nadador, que se ha puesto un pantalón de chándal, calcetines con chanclas y una sudadera sin camiseta debajo, le pregunta al conserje qué coño está pasando.

—¿No lo sabéis vosotros? —cuestiona él de vuelta—. ¿No habéis notado nada raro últimamente?

—Yo qué sé —contesta el nadador—. Están siempre con movidas ahí abajo.

Entre el grupo de estudiantes, se alzan voces que lanzan teorías sobre un suicidio acordado.

Otros apuestan por un pasote de drogas. Algunos han oído hablar de intoxicaciones por monóxido de carbono y varios están convencidos de que los dos alumnos que se han escapado se han cargado a los demás a propósito.

El Búho no da abasto mandándolos callar a todos, a quienes exige seriedad y silencio.

—¡Hostia!

El estudiante que antes llevaba el pijama de cuadros señala con todo el brazo hacia la garita del conserje, junto al control de entrada a los terrenos del internado. Todos ven el camión rotulado como unidad móvil de televisión.

—No, no, no…

El conserje inicia una irregular carrera al ritmo que le permite su calzado dispar.

Le pega un grito al director, que atiende a un agente de policía frente a su casa.

El director ha encontrado tiempo de cambiarse las pantuflas por zapatos, pero sigue despeinado y en batín.

Al entender lo que ocurre, se une al esprint.

Adelanta enseguida al conserje y llega primero a la barrera levadiza que no han bajado en toda la mañana.

El Búho lo ve hacer aspavientos hasta que alcanza a escuchar sus palabras.

—... un poco de tacto. Por favor.

Habla a una reportera con un micrófono en la mano. El operador de cámara frente a ellos parece ya preparado para grabar, con trípode y cables que brotan del interior de la unidad.

—Acaba de ocurrir —continúa el director, con un ademán de súplica—. No sabemos nada. Dennos un poco de tiempo. No hemos hablado aún ni con los padres.

—Señor, es…

—Esto es algo muy grave. —El director interrumpe a la reportera para tratar de convencerla antes de que se defienda con argumentos sobre el derecho a informar o el pulso de la actualidad—. Son siete niños muertos. Por favor. Déjennos hablar con los padres.

—Señor… —dice la reportera y mira a cámara—, estamos en directo.