Capítulo 64
Jota y Uve desayunan fuera del coche, sobre el capó delantero.
Han parado en una gasolinera en mitad de la carretera, donde un empleado les ha llenado el depósito a petición de Jota, que incluso ha entablado conversación con él, sin miedo alguno a que pudiera cuest ionar si no era muy joven para conducir o sospechar que el coche no era suyo.
Jota le preguntó si vendían algo de comer ahí dentro, que su amigo tenía ganas de desayunar, a lo que el empleado, con un palillo entre los dientes, respondió que poca cosa, bolsas de patatas y otras mierdas.
—Las que vienen envueltas son las mejores —dice Uve, que quita el papel a otra galleta.
A Jota le gustan más las que llevan ralladura de coco, le parecen más sofisticadas.
Al final han comprado una caja de galletas surtidas, de dos pisos, que Uve acompaña con un batido de chocolate y Jota con un brik de zumo.
Lo han pagado todo, incluyendo la gasolina, un paquete de tabaco y un mapa de carreteras que Jota cogió del mostrador, con el dinero de Uve.
El coche lo han movido del surtidor a un lado de la gasolinera.
—Míranos, tío —dice Jota—. Lo estamos haciendo.
Uve asiente con la boca llena. Sonríe a la vez que traga.
—Ojalá lleguemos a tiempo al ferry.
—Claro que sí, tío, de sobra. Mira.
Extiende el mapa sobre el capó. Recorre con un dedo, para mostrárselo a Uve, el trayecto que harán, calculando a ojo el tiempo que tardarán en completarlo.
Migas de diferentes galletas van cayendo sobre el papel.
Cuando Jota toca en el mapa la parte azul que representa la costa, pregunta en alto a qué hora es el último ferry.
Uve saca, de la mochila en el coche, el folleto con los horarios.
El retrovisor derecho, que se había mantenido milagrosamente unido a la carrocería desde la patada que Jota le propinó en el apeadero del tren, acaba por caer al suelo.
—Que se joda el rapado —suelta ahora—. Lo mismo le tiro el coche por un acantilado cuando lleguemos.
Uve le enseña el folleto.
—Llegamos de sobra —asegura Jota—. Pero de sobrísima. Si es muy pronto aún.
El amarillo pálido del amanecer, que pudo haber anunciado un día despejado, ha acabado dando paso a un gris blanquecino que encapota el cielo, un nublado que no anuncia tormenta, pero apaga por completo el sol.
—Qué día tan perfecto. —Jota inspira con ganas y disfruta de la peculiar mezcla de aromas—. Rocío y gasolina. ¿Qué más podríamos pedir?
—Otra galleta —contesta Uve, que levanta la primera bandeja para buscar las envueltas del piso inferior.
—Siempre respondes de manera literal a las preguntas retóricas. ¿Será posible?
—Parece que sí.
Jota sonríe sin estar seguro de si lo ha hecho adrede esta vez.
Uve termina de bajar las galletas con un último trago al batido de chocolate. Casi enseguida, se lleva una mano a la tripa.
—Quiero ir al baño.
—Anda ya, mea ahí mismo. —Jota señala la cuneta llena de hierbajos.
—No… No me hago pis.
Jota se ríe.
—Pues date prisa, cagón, que tenemos que irnos. Los baños están fuera, detrás de la tienda.
Uve regresa al establecimiento y lo rodea mientras Jota lucha por doblar el mapa. Quiere dejar a la vista el cuadrante en el que se encuentran. Tira papeles y envases vacíos a la cuneta. La caja de galletas la coloca en los asientos traseros, junto a las mochilas.
Al poner el coche en marcha, la autorradio se enciende sola y sintoniza alguna emisora de onda media ocupada con un informativo local.
Jota comprueba que la aguja del depósito ha subido al nivel máximo.
Mira al retrovisor interior, pero encuentra el mismo vacío que las veces anteriores. Eme lo arrancó tirando del racimo de ambientadores y anda por ahí, en el suelo del coche, entre envoltorios de comida. En la radio, una locutora de voz joven y redacción inexperta menciona un almacén de pirotecnia.
… conocido como El Diablo.
La palabra arrebata la atención de Jota.
… mañana, la propietaria del negocio daba inicio a su jornada cuando se ha encontrado el almacén vandalizado y, en el suelo, el cuerpo sin vida de un hombre al que asegura no conocer.
Pocos detalles más han trascendido aún sobre la inesperada escena de este posible crimen sobre el que seguiremos informando a lo largo de la mañana. En cuanto al…
Jota deja de escuchar la voz de la locutora.
—Se ha muerto el hijoputa… —susurra con el aliento de una garganta encogida.
Sus palabras quieren sonar desafectadas, pero en su pecho y estómago retumba una sensación demoledora, además de conocida. La de asumir la más trascendental de las responsabilidades. La peor de las culpas. Otro susurro se le escapa de los labios en busca de alivio:
—… fue Uve.
Porque es verdad que fue Uve quien le vació el gotero en el whisky del rapado.
Pero otro latido doloroso de los que le recorren el cuerpo proyecta en su mente la imagen de sus propias manos mezclando cápsulas en un frasco de un laboratorio de química, y también vertiendo parte del contenido de ese frasco en una botella de tequila.
Jota da un puñetazo al volante en busca de desahogo, a la vez que sale del coche peleándose con la puerta.
Se aleja del automóvil como si pudiera así alejarse también de las consecuencias de sus actos.
Se tapa los oídos para enmudecer los ecos de la voz de su padre y lucha contra el recuerdo de sí mismo arrodillado frente al armario de Barro.
Igual que en aquel momento se obligó a controlar sus nervios con precisión artificiera al escuchar que alguien subía por las escaleras, ahora debe hacer lo mismo al ver reaparecer a Uve rodeando el establecimiento.
Jota se convence de que a sus compañeros no les ha pasado nada.
Lo hubieran dicho en la radio también.
—Lo hubieran dicho… —se repite para creérselo.
Regresa al coche y apaga la radio. Necesita recomponerse antes de que llegue su amigo. Para calcular a qué distancia se encuentra, mira al retrovisor interior, pero el espejo no está en su sitio.
—¡Joder!
Uve abre la puerta.
—¿Qué pasa?
—Nada, tío, que no dejo de mirar a ese retrovisor, pero no está. —Justifica toda su rabia en el espejo ausente—. Se me olvida que lo arrancó la hija de puta de tu amiga.
—No era mi amiga.
Jota sacude la palanca de cambios.
—¿Qué crees que habrá pasado con ellos al final? —pregunta Uve.
—¿Con quién?
—Con Eme. Y con el otro.
—Yo qué sé.
—Es que estaba fatal el otro.
—Ese tío iba como una cuba —interrumpe Jota, que logra meter la marcha atrás—. Lo que le dieras tú era el menor de sus problemas.
—En el almacén había teléfono. Supongo que Eme avisaría a alguien. Le habrán tenido que hacer un lavado de estómago o algo.
—Ni lo sé ni me importa.
Uve mira el reloj.
—¿Habrá ido el dueño de la tienda ya?
Jota gira el cuello hacia la luna trasera.
—Deja de preocuparte por ellos, eran unos cabrones.
—Bueno, lo decía también por el coche —añade Uve—. Como le digan a alguien que se lo hemos robado, nos van a encontrar rápido.
Jota detiene el volante a mitad de maniobra.
La observación de su amigo es más importante de lo que él mismo cree.
Deberían cambiar de coche en cuanto puedan, para desligarse del cuerpo sin vida que ha aparecido en el almacén de pirotecnia.
Tras las apreciaciones de Uve, Jota se pregunta por qué no habían mencionado a ninguna chica en la noticia de la radio.
Eme podría haber contado lo ocurrido y que el evento no fuera tan misterioso como lo habían planteado.
A no ser que esa víbora hubiera sido capaz de dejar allí tirado a su novio muerto.
O quizá, tan borracha como iba, acabara bebiendo de la misma copa que él, pero entonces habrían sido dos cuerpos y no uno los que encontrara la dueña de la tienda.
—Lo importante —interrumpe Jota sus pensamientos sin compartirlos con Uve—: ¿tú has cagado?
Uve asiente con vergüenza.
—Pues entonces lo tenemos todo hecho —dice Jota—. Esta noche dormimos en la isla.
La idea alisa la frente de Uve, que vuelve a sonreír:
—Qué ganas de dejarlo todo atrás —exclama.
—No sabes cuántas. —Jota empuja la cinta que se había salido de la autorradio, para asegurarse de que no sintonice ninguna emisora, y la enciende a un volumen que le permita acallar su mente.
Circula por la gasolinera hasta incorporarse a la carretera secundaria, momento en el que hunde el pie en el acelerador y grita sobre la música—: ¡Bum!