Fuegos artificiales Capítulo 63
70%

Capítulo 63

Al conserje le fallan las rodillas y no puede evitar caer al suelo, junto al colchón que acaba de destapar, del que se han resbalado dos almohadas que sustituían un cuerpo ausente.

—No puede ser… —susurra.

Allí tirado, si ente la tentación de dejarse ir, permitir que el vértigo que lo marea desde que entró en el otro dormitorio lo venza del todo.

Solo quiere apagarse y despertar más tarde, en cualquier otro sitio.

En otra realidad diferente a esa en la que acaba de ver los rostros sin vida de siete chicos que aún no han cumplido los quince.

Pero el estudiante de los calcetines desparejados ha dicho que uno de los muchachos aún respiraba, así que el Búho se dirige hacia esa cama a gatas, a rastras, tirando de su zapato grueso, y escala por la estructura.

—Despierta. —Le pega al chico una cachetada con la que logra que contraiga el rostro—. Despierta o te arranco el mostacho a tirones.

Se lo dice así en el desesperado intento de conseguir que esa mañana suene como una mañana normal.

Una de esas en las que reparte palos entre los residentes y en las que el bigote incipiente de Supermario siempre es un blanco fácil para sus bromas.

Al pensar en los demás chicos, el conserje sacude la cabeza para borrar de su mente imágenes de ojos de muñeco, bocas abiertas y pieles descoloridas.

—Arriba están todos bien.

Lo anuncia el estudiante del pijama de cuadros, que ha regresado en algún momento.

Un galope de pasos asciende por la escalera.

—Me estáis dando un susto terrible para algo que no va a ser tan grave —viene diciendo el director por el pasillo—. Al final siempre ha…

Su discurso se interrumpe en cuanto entra en el cuarto.

Es la primera vez, desde que trabaja ahí, que el conserje ve al director sin peinar y con sombra de barba.

También la primera que lo ve con un batín y pantuflas.

La boca aún abierta, en mitad de una palabra, se le va cerrando a medida que realiza una panorámica de la habitación.

Al fijarse en que el conserje está tratando de reanimar a un alumno, debe de entender que aún hay posibilidad de hacer lo mismo con los demás, porque corre a la cama de al lado a asistir a otro.

En cuanto le toca la cara, da un paso atrás con las manos en alto.

—Está… frío.

Se apresura a cerrar la ventana como si recuperar la temperatura en el interior del cuarto pudiera servir también para recobrar la de los cuerpos pálidos que lo rodean. Traga saliva de forma tan sonora que parece una caricatura.

—¿Qué hacemos? —murmura, más para sí mismo que para los demás. Después, se dirige al conserje—: ¿En el otro cuarto también…?

No hace falta que termine la pregunta para que el Búho le responda con un funesto asentimiento.

—¿Todos?

—Menos los dos que faltan. El nuevo y… —Señala con la barbilla la cama vacía en esa habitación.

—¿Y dónde están?

El conserje se encoge de hombros.

Los otros estudiantes niegan con la cabeza.

El director entra en acción y le entrega un llavero al nadador, que sigue en calzoncillos.

—Llama a todo —le dice mientras selecciona la llave diminuta del candado del teléfono—. Los números están en el cajoncito. Ambulancias, policía…, todo.

Entre las manos del conserje, Supermario deja escapar un agónico bostezo, pesado, como si se esforzara por regresar de alguna dimensión lejana. La bocanada de aliento que le sale del cuerpo asquea al Búho. Huele a sangre, a eructo y a vómito, entre otras notas que no identifica.

—Venga, despierta. —Le pellizca la barbilla luchando contra su estómago revuelto—. No te me vayas.

En otro rincón del cuarto, el director emite un sonido gutural de derrota, entre arcada y sollozo, que eriza el vello del conserje.

Lo ve junto al chico al que llaman Eté, a quien mira como si no quisiera arriesgarse a tocar otra piel igual de fría que la de antes.

La puntera de una de sus pantuflas choca contra algo bajo la cama.

Del suelo recoge una bolsa de plástico en la que tintinean cristales.

El director examina el contenido y se lo muestra al conserje: una decena de vasos de trago corto.

Un aroma dulzón, de licor afrutado, emana de la bolsa, junto al de algún alcohol de mayor graduación.

—Están húmedos, usados… —Saca uno de los vasitos como prueba—. ¿Beben alcohol aquí?

El conserje sabe que sí, igual que lo sabe el director. Muy ingenuo hay que ser, o ciego querer estar, para creer que en una casa llena de adolescentes no encontrarán la manera de beber algo de alcohol.

—Lo hacen en los cumpleaños —se adelanta el estudiante del pijama de cuadros—. Creo que toman un chupito a medianoche, como celebración.

—Pero es muy rápido, no molestan casi —añade el de los calcetines desparejados con ánimo de descargo.

—Y tú lo permites.

El director acusa al conserje como si eso tuviera ahora alguna relevancia. Pero siete jóvenes no se mueren a la vez por tomar un trago de alcohol, al que además estarían acostumbrados según ha contado el del pijama, así que el Búho le retira la mirada, prefiere centrar su atención en Supermario.

—¿Tampoco notaste nada raro en ninguna de tus rondas? —insiste el director—. ¿Y los que faltan? ¿Se han escapado? ¿Están vivos?

—No te me duermas. —El conserje ignora las preguntas y le pellizca las mejillas a Supermario, obligándolo a permanecer alerta—. No te me duermas. Que te afeito el mostacho sin que te enteres.

El nadador reaparece en la puerta con la respiración entrecortada.

—Vienen… ambulancias —anuncia entre jadeos—. Pero la poli…, quieren hablar con un adulto. No… No me creen.

El director entrelaza las manos por detrás de la cabeza y cierra los codos para ocultar el rostro, como si quisiera desaparecer.

—Están esperando al teléfono —dice el nadador.

Cuando el conserje endereza su zapato grueso en ademán de levantarse, el director sale a toda prisa de la habitación.