Capítulo 62
Uve apretó el botón del reloj para iluminar la hora. El conserje acababa de proceder al apagado de luces y se marchaba ya escaleras abajo.
—Pues nada, a dormir hasta mañana —dijo Eté, sus palabras cargadas de intención.
—¿Te crees que hay chupito luego porque es tu cumple? —preguntó Replay en la oscuridad—. Menudo flipado, para ti no hay.
Uve estrujó el borde de las sábanas.
—No me jodáis —replicó Eté—. Como no me hagáis chupito, me cabreo.
—Pues vete cabreando porque no hay. —Replay dejó escapar un brutal bostezo—. Me duermo ya, que estoy baldado.
—Yo igual —dijo Quinto con otro bostezo osuno—, pienso dormir de un tirón hasta mañana.
—Yo también, ¿eh? —añadió Supermario.
A todas esas declaraciones les siguió un completo silencio.
—Es coña, ¿no? —preguntó Eté a la habitación.
Nadie le respondió.
—Más os vale que sea coña.
Uve también deseó que lo fuera, incluso con mayor vehemencia que el cumpleañero. Si no había celebración, no habría fuga, así que a la intranquilidad por la huida se le sumó la incertidumbre de si ocurriría.
Hasta la medianoche, Uve miró la hora más de una docena de veces. Y, cuando por fin aparecieron en el reloj los cuatro dígitos iguales que marcaban las doce, el silencio se mantuvo abrumador en el cuarto. Respiraciones espaciadas y plácidas delataban sueños profundos.
El chupito había quedado cancelado.
Los muelles de algún colchón chirriaron en la oscuridad, pero sería el de Eté, igual de estupefacto que él mismo ante la ausencia de celebración.
A Uve, el cambio al siguiente minuto en el reloj se le hizo tan largo que pensó en lo mucho que las emociones distorsionaban el tiempo.
Y no fue hasta un minuto después, cuando ya daba por perdida la escapada, cuando, de pronto, estalló un trote en la habitación de al lado.
En la suya, Replay encendió una linterna con un grito que desveló la farsa.
—¡Feliz cumpleaños, puto marciano!
—¡Qué cabrones, lo sabía! —dijo Eté.
El trote recorrió el pasillo hasta adentrarse en el cuarto, acompañado por el resplandor de otra linterna y choques de cristal.
Los compañeros le provocaron a Eté un «terre-terre-terremoto» en el colchón, le dieron cada uno las dos bofetadas de regalo y Barro canturreó el tradicional «Todos en fila, a tomar tequila».
—Y el cumpleañero siempre es el primero —secundaron los demás.
Uve miraba al techo sin esperar ser incluido en la celebración, pero un empujón lo sacó de la cama.
—Los cumpleaños de los compañeros se celebran —amonestó Barro—. Y hoy vas a beber como todos los demás, te guste o no. A tu guardaespaldas ni lo busques, que él no está invitado.
Replay repartió vasitos para los nueve asistentes, dispuestos alrededor de la cama de Eté.
A diferencia de Jackson, el festejado en esta ocasión ansiaba el trago de alcohol.
Barro desenroscó el tapón de la botella con un crujido plástico.
Al resplandor de las linternas, Uve vio cómo el tequila iba llenando los vasos.
Se preguntó si olería diferente, si su aspecto o textura habría cambiado lo suficiente como para que los demás se dieran cuenta de algo.
Pero ninguno dijo nada ni prestó especial atención a lo que les servían.
Cuando Barro se saltó su turno, Uve se alegró de que finalmente hubiera decidido respetar su preferencia de no beber, pero enseguida descubrió que tan solo lo había dejado para el último en el reparto.
—Yo no quiero —insistió Uve—. Brindo con el vaso vacío, como siempre.
—Ni se te ocurra apartarlo —amenazó Barro—. Hoy bebes como todos. Demuestra un poco de respeto al cumpleañero. Además, tienes el honor de matar la botella.
La inclinó del todo para servirle el licor que quedaba.
A continuación, la elevó y un par de últimas gotas se desprendieron sobre el vasito de Uve, como dos toques de advertencia.
Barro cambió de botella para coronar el cóctel celebratorio con el consabido chorrito de licor de mora.
Uve dedicó el tiempo de esa nueva ronda a pensar qué sería menos sospechoso, si dejar caer el chupito como si se le hubiera resbalado, fingir un desmayo con el que derramarlo por completo o intentar escupirlo a escondidas en cuanto lo obligaran a tomárselo.
Los nueve brindaron sobre la cama de Eté.
—El cumpleañero siempre es el primero —entonaron Latas y Gemelo.
Incluso antes de que completaran la rima, Eté se tragó la bebida con ganas.
Uve temió que ese rostro sombreado por las linternas se retorciera en una mueca grotesca, un agónico gesto que delatara el inusual contenido de los vasos, o que su cuerpo reaccionara de inmediato con una violenta arcada, un desplome repentino. Pero Eté solo arrugó la cara y elevó los brazos.
—¡Feliz cumpleaños a mí!
Los demás se tragaron sus tequilas y reaccionaron con los habituales carraspeos, lenguas entre los dientes y ojos llorosos. Uve mantuvo su vaso en la misma posición, aún temeroso de que alguno de ellos notara algo raro.
—Te lo vas a beber —dijo Barro—. Ahora.
—Bah, pasa de él… —intervino Quinto—. Si nunca bebe.
—Porque a mí nunca se me había metido en los cojones que bebiera. Pero hoy me ha dado por ahí.
Con un dedo, Barro empujó el vasito hacia Uve.
—Te ha dicho que no quiere.
La voz de Jota irrumpió desde el umbral a oscuras.
—El que faltaba —soltó Barro—. ¿Ahora también nos espías?
—Si tanta ilusión te hace obligar a la gente a beber, me lo puedo tomar yo.
Uve sintió alivio cuando Jota le arrebató el chupito, pero no entendió qué pretendía hacer. Él tampoco podía bebérselo.
—Sí, hombre —replicó Barro al tiempo que le arrancaba el vaso—. Tú no estás invitado a nada. Disneilán al menos lleva toda la vida aquí, pero tú… ¿Tú quién eres?
Lo preguntó con todo el desprecio que pudo arrastrar en los labios, justo antes de tomarse el segundo chupito, de un trago.
—Todo tuyo —susurró Jota.
Uve imaginó a la perfección lo que estaría pensando.
—Bueno, parad ya, que me estáis amargando el cumple —dijo Eté.
—A mí sí que me amarga que seas un tapón —le soltó Replay.
—¡Foto! —anunció Gemelo, que alargó el brazo con la cámara para adoptar la postura de autorretrato grupal.
Barro empujó a Jota de un golpe en el pecho, para sacarlo del encuadre y de sus vidas.
Uve se percató de cómo a Jota se le cerraban los puños a un lado del cuerpo, preámbulo de muchos de sus estallidos de rabia, y deseó en silencio que fuera capaz de controlar el arrebato.
No les interesaba enzarzarse en una pelea que pudiera complicar las cosas.
Jota dedicó una brevísima mirada a Uve, apenas un destello en la oscuridad, lleno de significado, antes de desaparecer.
La polaroid emergió de la cámara con un barrido mecánico.
Quinto reunió los vasos usados en una bolsa.
—El que cumple es el que friega —le dijo a Eté, que los guardó debajo de la cama.
—Hostia, hostia, hos… —Supermario se tapó la boca con las dos manos.
Corrió a la ventana, peleó con los codos contra la cortina y consiguió abrirla a tiempo de vomitar hacia fuera. Cada arcada fue celebrada con risas en la habitación. Aplausos.
—El Supermario está muy amariconado últimamente —dijo Latas.
—Venga, para ya, que, como venga el Búho y te vea así, la liamos.
Quinto se aseguró de que Supermario hubiera terminado de vaciarse por arriba, como decía el conserje, y lo sujetó hasta su cama, donde se desplomó de espaldas.
—Hala, venga, tú duérmete. De nada, ¿eh?
Uve rogó mentalmente para que nadie más vomitara o presentara ninguna reacción escandalosa a lo ingerido.
Lo único que necesitaban Jota y él era que los demás regresaran a sus camas y cayeran rendidos bajo los efectos de lo que habían tomado.
Por suerte, la mención del conserje y su inminente aparición sirvió para que dieran por terminada la fiesta.
Metido en la cama, Uve escuchó bostezos, almohadas ahuecándose.
Una linterna se apagó y el resplandor de la otra se alejó por el pasillo, igual que el susurro de los pasos.
Él trató de calmar el nerviosismo en su estómago con una honda inspiración.
El pecho se le llenó de anticipación al darse cuenta de que había llegado el momento.
De que todo iba en serio.
Esa era la noche en la que se escapaba del internado.
Bajo las sábanas, iluminó su reloj para ver la hora.