Capítulo 61
Llegaron por separado al comedor y cada uno cenó en una mesa.
Esa precaución la propuso Uve, que temió que alguien pudiera notar algo distinto en ellos, un nerviosismo diferente en su forma de estar.
O que, al compartir una conversación en clave, alguna información sensible llegara a oídos ajenos.
A Jota le divertía la idea de escaparse.
Para Uve, era una necesidad, y no estaba dispuesto a verla truncada por no extremar las precauciones.
Jota lo observó mientras cenaba, a varias mesas de distancia.
Con rigor excesivo, mantenía la cara dirigida al plato como si llevara el plan de huida impreso en su frente y todos pudieran verlo. Entre arrugas de preocupación, se le escaparon también algunos destellos de sonrisas fugaces.
Tal y como habían quedado, Jota fue el primero en regresar a la casa.
En la cocina, sacó un yogur de la nevera que tardaría en comerse el tiempo que necesitara para asegurarse de que todos los demás residentes hubieran regresado y subido a sus cuartos. Uve sería el último en hacerlo.
Sentado a una mesa que nunca había ocupado en el desayuno, por estar demasiado cerca de la del director, Jota tomó lentísimas cucharadas de su segundo postre mientras vigilaba y pasaba lista mentalmente de quienes iban subiendo.
Replay y Eté complicaron el registro porque subieron, volvieron a bajar, salieron y volvieron a entrar.
Finalmente, un estudiante de los cursos superiores fue el último de la lista.
Poco después, apareció Uve.
Hizo la prueba de intentar cerrar tras de sí la puerta metálica, pero, como había ocurrido con cada uso, el pestillo se salió del resbalón al que no se ajustaba y se quedó entornada, como siempre. Solo echar la llave la mantendría cerrada en su sitio.
Adivinando lo que estaría pensando su amigo, Jota se sacó del bolsillo del pantalón la hoja cuadriculada del cuaderno y jugueteó con ella sobre la mesa.
Le divirtió el agobio que inundó el rostro de Uve, al ver así de expuesta una parte tan importante del plan de huida.
Elevó las cejas para pedirle sin palabras que la escondiese de nuevo.
—Me subo ya —dijo.
A Jota le dieron ganas de reír de lo poco natural que sonaba y lo tenso que se le notaba. Realmente habían hecho bien en no cenar juntos. Le dirigió un guiño para tranquilizarlo y, con un movimiento de barbilla, le indicó que se marchara.
En cuanto se fue, Jota se levantó para poner el papel en el marco de la puerta metálica y falsear el cierre.
Pero, en ese momento, escuchó abrirse la puerta que comunicaba la casa del director con la de ellos.
Desvió su ruta hacia la nevera y simuló sacar en ese momento el yogur que llevaba media hora comiéndose.
El director dejó unas carpetas con papeles sobre la mesa pequeña en la que desayunaría al día siguiente.
—Esto ya para mañana, que espero tener un día tranquilo —dijo al reparar en Jota—. Todo bien por aquí, ¿verdad?
Él siempre preguntaba en positivo. Así parecía que mostraba interés, pero también proyectaba de antemano la idea de que su intervención no sería necesaria.
—Todo bien —confirmó Jota. Los ojos se le desviaron hacia la puerta trasera, temiendo que al director le diera por cerrarla él. Como distracción, elevó el yogur para sonar despreocupado—: Me apeteció un segundo postre.
—Di que sí. Están mejor estos que los del comedor. El conserje estará a punto de llegar, te recomiendo acabártelo antes. —El director miró el reloj de pared—. Yo ya doy por terminado el día, os quedáis en sus manos. Buenas noches.
—Buenas noches —repitió Jota, que se metió la cuchara vacía a la boca.
El director dio tres vueltas a la llave del lado de su casa, dejando claro que no realizaría más incursiones.
Jota sacó la hoja cuadriculada y la dobló por la mitad, sobre la mesa, hasta que pudo separarla en dos trozos. En uno escribió una nota para sorprender a Uve cuando se marcharan. El otro lo guardó de reserva en el bolsillo de su pantalón.
Frente a la puerta metálica, plegó el papel para conseguir el grosor adecuado que la atrancara hasta parecer cerrada con llave. Un milímetro de la hoja quedó asomando por el marco, pero Jota lo dio por bueno. Nadie que no supiera que estaba ahí la vería.
Otra puerta, la de la entrada principal a la casa, se abrió y cerró.
Los golpes del zapato grueso del conserje y el cascabeleo de su manojo de llaves se aproximaron por el salón.
Jota recuperó el yogur.
Se apoyó lo más relajado que pudo en la nevera.
Justo antes de que el Búho accediera a la cocina, rebañó sonoramente el envase, como si terminara de apurarlo en ese momento.
—No son horas de seguir aquí abajo. —Fue el saludo del conserje.
—Si es prontísimo todavía.
—Después de cenar, siempre es tarde.
—Interesante frase. —Jota observó al conserje con los ojos entornados—. Un poco estoica, un poco existencialista, pero, sobre todo, muy pragmática.
—Los cojones intenta no tocármelos tan pronto, que acabo de llegar.
—¿Ves como era pronto?
Confundido, el Búho le exigió que se subiera a su cuarto de una puta vez.
Jota sabía que a continuación realizaría la pequeña ronda en la cocina que incluiría la comprobación de la puerta metálica.
En cuanto lo vio llevarse la mano al llavero en su cintura, supo que había llegado el momento de lanzar el farol.
—La acaba de cerrar el director. —De la manera más confiada que pudo, Jota señaló la puerta con la cucharilla—. Ha estado aquí hace un minuto.
Con la misma cucharilla señaló también, como prueba, las carpetas que él había dejado preparadas sobre su mesa.
El conserje miró las carpetas y la puerta. Al no hallarla en su habitual posición entornada, aceptó que estaría cerrada con llave y separó la mano de su llavero.
Jota se aguantó una sonrisa.
Para interrumpir un potencial acercamiento del conserje a la puerta, se situó junto al cubo de basura que había al lado. La tapa chocó contra la pared cuando pisó el pedal. Jota rebañó el yogur mucho más de lo necesario antes de tirarlo.
—Como en cinco segundos no salgas de mi vista, te quemo los pelos de los huevos con mechero —soltó el Búho—. Cinco, cuatro, tres…
Jota alcanzó los pies de la escalera al término de la cuenta atrás.