Capítulo 60
Uve leía sentado sobre la colcha, aún vestido, con la espalda contra el cabecero de la cama.
Entre las manos sujetaba una carta de su tío.
Fingía concentrarse en la lectura, pero en realidad vigilaba los movimientos de sus compañeros de cuarto.
Escuchaba los sonidos de la maquinita de Eté, se fijaba en cada página que pasaba Supermario.
Replay se exprimía espinillas en el reflejo de una cuchara.
Quinto completaba deberes en un cuaderno.
Uve esperaba el momento en el que decidieran irse a cenar al comedor.
—¿Quién jama? —preguntó por fin Replay, con la habitual entonación grave y de ultratumba, como de dios egipcio, con la que alguien lanzaba esa pregunta cada día.
—Nosotros jamamos —contestaron al unísono el resto, completando el ritual.
Los cuatro lanzaron cosas a sus mesillas, se apearon de las camas, se calzaron, se pusieron alguna prenda extra y salieron del cuarto sin prestar atención a Uve.
Él aguardó a que fueran bajando también los estudiantes del piso de arriba.
Los contó a medida que los veía circular por el pasillo.
El octavo, el más rezagado, se tomó su tiempo.
Uve esperó a que alcanzara el piso inferior para saltar de la cama y correr a la otra habitación.
Allí encontró a Jota, caminando en círculos.
—¿Ya? ¿Todos? —preguntó en cuanto lo vio aparecer—. ¿Seguro?
—De mi cuarto y de arriba, sí.
—Y de aquí también. Es el momento.
Jota abrió su armario, sacó la mochila.
Del bolsillo frontal, extrajo el gotero.
Se lo enseñó a Uve con una sonrisa.
—Nuestra salvación —dijo.
Lo trasladó en una mano hasta el otro extremo de la habitación, donde abrió el armario de Barro. Uve, plantado en el umbral para mantener la vigilancia, lo vio arrodillarse y meter el brazo hasta el fondo, en busca de la bolsa de las botellas. Oyó la fricción del plástico, el tintineo del cristal.
Jota sacó la botella de tequila.
El nivel de líquido apenas alcanzaba la parte inferior de la etiqueta.
Desenroscó el tapón temiendo encontrar un difusor de plástico de los que llevaban algunos licores, lo que complicaría su labor, pero no lo tenía.
Apoyó la botella, abierta, en el suelo.
Apretó la tetina del gotero antes de extraer la pipeta, que situó sobre la abertura.
Hubo un ligero temblor en la mano, pero lo controló enseguida.
Presionó y contó las gotas que iban cayendo en el interior de la botella.
Fueron doce. Siendo ellos ocho personas, le pareció muy poca cantidad.
Así que llenó una vez más el cuentagotas y lo vació en el licor.
—Venga, corre —dijo Uve.
Jota se quedó mirando el cuello de la botella.
Hipnotizado por algún recuerdo.
Uve dijo algo más desde la puerta, impaciente, metiéndole prisa, pero la voz se transformó, en la cabeza de Jota, en una mucho más grave. Una que sonaba como la voz de su padre. Una voz que le decía:
«Ojalá te hubieras muerto tú».
La mano en la que sujetaba el frasco le palpitó de rabia.
La notó cargada de poder.
—Que te jodan… —contestó al eco en su cabeza.
Jota dejó de usar el cuentagotas y acercó directamente el borde del frasco al de la botella. Lo inclinó para verter mayor cantidad de líquido. Parpadeó lento, dos veces, como si necesitara asegurarse de lo que había hecho.
—¡Viene alguien!
Eso decía Uve, cuya voz volvió a sonar como la suya.
Unos pasos ascendían por la escalera.
Quien subía iba tarareando una canción.
Jota mantuvo la calma con precisión artificiera.
Enroscó el gotero. También el tapón de la botella de tequila, que metió a la bolsa.
Esta la devolvió al fondo del armario, el cual cerró con delicadeza.
Aún tuvo tiempo de incorporarse, alcanzar la ventana y abrirla, como si pretendiera asomarse al exterior, justo antes de que la irrupción inesperada se presentara en la puerta.
—¿Qué…, qué hay de cenar? —preguntó Uve en un torpe intento de disimular o ganar tiempo.
—No he llegado al comedor —respondió Jackson—. Pero supongo que mierda hervida con mierda frita. —Cogió algo del cajón de su mesilla—. Oye, tú, cierra la ventana, que luego me hielo por las noches.
Jota acató la orden.
Mantenía el gotero escondido en el interior de un puño.
—¿Y de postre qué habrá? —preguntó Uve para desviar su atención.
—Pues mierda con nata —respondió Jackson, ya desde el pasillo.
Jota y Uve permanecieron en silencio. Lo escucharon bajar por las escaleras.
Cuando oyeron el golpe de la puerta metálica de la cocina, Jota mostró el gotero.
—Misión cumplida —anunció con una sonrisa.