Fuegos artificiales Capítulo 59
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Capítulo 59

Esa tarde, Uve bajó las escaleras cuando la casa se e ncontraba vacía.

Se dirigía al salón principal, donde, en una esquina, en la mesita de la lámpara grande, se hallaba el único teléfono del que disponía la casa.

El director bloqueaba el marcador de rueda con un candado, y por eso debían pedirle permiso para llamar, pero quizá, por algún tipo de error o casualidad, se le hubiera olvidado volver a ponerlo tras alguna llamada anterior.

Si de verdad Uve tenía la suerte de poder marcar, cumpliría las peticiones de Jota de no contarle a su tío que pensaban escaparse del internado, pero al menos le explicaría por qué no había recibido sus cartas.

Le diría que esa era la única razón por la que no había respondido.

Le diría también que tenía muchas ganas de conocer a su otro tío, sin desvelarle que, probablemente, ocurriría en los próximos días, cuando Jota y él aparecieran en la isla por sorpresa.

Uve sorteó el sofá, una butaca y una mesa de centro.

Alcanzó la esquina con la lámpara grande.

Vio enseguida en el teléfono el candado que bloqueaba la rueda de números.

Por la noche, Uve encontró su cepillo de dientes en uno de los váteres.

Antes de dormir, aprovechó un momento a solas en el cuarto para trasladar discretamente el dinero de la mochila al cajón con llave de su mesilla.

Así lo haría hasta que se escaparan: llevar el dinero encima durante el día y dormir junto a él por la noche.

Mientras, los demás seguirían pensando que lo guardaba en la caja fuerte y a ella dirigirían potenciales intentos de robo cuando él no se encontrara en el cuarto.

Si por casualidad lograban abrirla, cosa que, en todo caso, era poco probable, se la encontrarían vacía.

Jota y Uve dedicaron la mañana del domingo a localizar la parte más deteriorada de la verja entre las arizónicas del límite del jardín.

Quisieron calcular cuánto tardarían en llegar hasta allí corriendo, una vez que salieran de la casa de madrugada.

Para ello, fingieron echar una carrera desde la cocina. Ganó Jota con diferencia.

Tras el almuerzo, los dos salieron del comedor por separado, pero antes que todos los demás.

Según lo acordado, se reunieron en una de las habitaciones.

Uve vigiló la puerta mientras Jota abría el armario de Barro.

En la parte inferior, al fondo, entre ropa sucia y varios pares de zapatillas deportivas, encontró las dos bolsas de plástico en las que guardaba las botellas de alcohol y también los vasos de chupito.

—Sí, están aquí —confirmó Jota—. Superfáciles de coger.

Hablaron toda la tarde en los escalones de piedra entre los parterres, revisando el plan trazado. Uve propuso poner almohadas bajo las sábanas para imitar sus cuerpos.

En un momento, Latas y Gemelo se acercaron a mirarlos.

No dijeron nada, solo los vigilaron en silencio.

—Tu dinero no está en el cuarto, ¿no? —preguntó Jota cuando se marcharon.

Uve sacudió la cabeza y tocó la mochila.

En el desayuno del lunes, Barro se sentó de pronto frente a Uve y le clavó dos dedos en la magdalena que acababa de desenvolver.

—Vas a pasar el peor curso de tu vida —le dijo entre dientes.

—¿Me dejas, por favor? —solicitó Jota su silla.

Alzó la voz a propósito para llamar la atención del director, que miró hacia ellos por encima de una taza de café humeante. Barro soltó la magdalena y se levantó. Los señaló a ambos con un dedo barnizado de migas.

—Vais a sufrir —susurró.

Después de clase, Uve siguió a Supermario por una de las sendas del jardín. Caminó tras él hasta que pudo tocarle el hombro.

—¿Por qué tienes el ojo así? —le preguntó cuando se volteó.

Se lo había visto morado desde el día siguiente a lo ocurrido con las cartas y el cúter.

Supermario desvió la cara como si quisiera esconderlo.

—Me diste la carta tú —afirmó Uve—. La sacaste de la basura y la pegaste.

—Yo no te di nada —replicó él sin mirarlo—. Déjame en paz.

Se giró para continuar su camino.

—Lo del ojo te lo han hecho ellos porque también lo saben —añadió Uve—. Aunque intenté protegerte.

Supermario permaneció quieto, dándole la espalda.

Tomó aire como si fuera a decir algo más, pero guardó silencio y siguió andando.

—Muchas gracias —le dijo Uve antes de que se alejara demasiado.

El martes por la mañana, Uve no se movió de su cama. Se quedó sentado en el borde con la toalla sobre el hombro. Si tenía que saltarse la ducha, se la saltaría, pero no pensaba irse hasta que apareciera el conserje con la correspondencia de ese día.

—¿Por qué no vas al baño? —preguntó Replay mientras le guiñaba el ojo a Quinto.

—Vete tranquilo, anda, que nosotros te cogemos las cartas —dijo él con una sonrisilla, limpiando sus gafas.

El Búho apareció en ese momento. Dedicó saludos ofensivos para todos y repartió las cartas que traía.

—No me mires con esa cara, que para ti no tengo —le dijo a Uve con las manos ya vacías—. Ah, no, espera, sí tengo una.

Uve enderezó la espalda. Quinto y Replay giraron los cuellos.

El conserje metió la mano en su chaqueta, como si hubiera olvidado alguna que traía en un bolsillo interior.

Frente a la cara de Uve, sacó solo la mano con el dedo mayor extendido.

Replay y Quinto se rieron de forma escandalosa, hasta que el Búho los mandó callar llamándolos hienas apestosas.

—Oye, no te pongas así —le dijo a Uve en voz baja—, que estoy de cachondeo. Como siempre.

Ante su falta de respuesta, se encorvó hacia él con las manos en las rodillas. Comprobó que los otros dos estuvieran a lo suyo y bajó el tono.

—Tú, ¿estás bien?

Uve tragó saliva y asintió con los ojos muy abiertos.

—¿Seguro? —El conserje le puso una mano en el hombro—. ¿Se puede saber por qué llevas tanto tiempo sin responder a tu tío? No me has dado ninguna carta en semanas.

Uve salió corriendo al baño sin contestar.

Jota y Uve se encontraron por la noche en la orilla del lago para repasar por última vez el plan de huida del día siguiente.

El vaho de sus alientos se entremezclaba sobre sus cabezas antes de ascender hacia el cielo.

En clase de Filosofía, un cuadradito de papel cayó sobre las páginas del libro de Uve. De soslayo, miró a Jota, sentado en la mesa de al lado. Desdobló la nota para descubrir el mensaje:

Llegó la noche.

Vamos a brillar.

Vamos a explotar.

J.

Uve tachó la caligrafía de Jota hasta hacerla ilegible. Después rompió el papel y escondió los trocitos en el puño.

El corazón le latía tan fuerte que temió que pudiera escucharlo la clase entera.