Capítulo 58
—¿Dónde estamos yendo? —preguntó Uve.
La voz reverberó en las baldosas que cubrían las paredes del pasillo hasta media altura.
El colegio vacío olía a suelo recién fregado.
Los residentes del internado podían acceder al edificio en fin de semana para ir al comedor o a la biblioteca, que permanecía abierta un par de horas cada mañana, pero no pasearse a su antojo por el resto de las aulas y los pasillos, como hacían ellos en ese momento.
El chirrido de las suelas deportivas de Jota fue la única respuesta que obtuvo.
Giraron a la derecha. Después a la izquierda.
Llegaron a un tramo de escaleras que Jota saltó desde la mitad de los escalones.
Avanzaba con tal seguridad que no parecía el mismo chico que se había perdido de camino a su primera clase de Química en un día de lluvia.
Precisamente frente a la puerta del laboratorio fue donde por fin se detuvo.
—¿Tú qué dices? —preguntó con la mano en el pomo—, ¿abierta o cerrada?
—Cerrada, seguro.
—Ponerse siempre en lo peor no sirve de nada —dijo Jota con una sonrisa antes de probar a girarlo. La puerta se abrió con facilidad—. ¿Lo ves?
—¿A qué venimos? —preguntó Uve.
Jota sorteaba ya el laberinto de mesas largas hacia el frente del aula. Allí inspeccionó el instrumental dispuesto junto a la pila. Se agachó y arrastró cosas en armarios bajos. Hubo tintineos de cristal, de metal. Se levantó con algo en la mano.
—Gotero conseguido —anunció.
Desenroscó la tapa y volteó el botecito sobre el fregadero.
Uve le pidió que tuviera cuidado.
—Si no pasa nada, está vacío.
Jota olió el frasco y le ardieron las fosas nasales. Se lo alejó de la cara con la nariz arrugada, pero volvió a cerrarlo con el tapón cuentagotas.
—Limpio y seco —afirmó—. Vamos.
Lideró el camino fuera del laboratorio y a través de otros pasillos y tramos de escaleras. Sus zapatillas rechinaron al ritmo de su excitación hasta que llegaron a la puerta de la enfermería.
—Esa sí que no está abierta —dijo Uve con total certeza.
Jota dejó los dedos flotando en el aire, sin agarrar el pomo.
—¿Estás seguro?
Impaciente por tener razón, Uve se le adelantó y trató de girarlo.
Sonrió victorioso al encontrarlo bloqueado.
Jota miró a Uve con los ojos muy abiertos, como quien anuncia silenciosamente una sorpresa.
Se puso de puntillas. Elevó un brazo por encima del marco de la puerta y lo bajó sujetando algo en la mano.
—¿No te cansas de equivocarte?
Metió una llave en la cerradura y abrió la puerta.
—No puede ser.
—Me sé todos los secretos del doctor Livingstone.
—Ese era un explorador que estuvo años desaparecido. Me ha hablado mi tío de él.
—Te pongo un sobresaliente —dijo Jota antes de entrar—. También es el nombre que le puse al señor de aquí.
Se desplazó por el espacio como si le extrañara la amplitud. Comentó que la última vez que estuvo ahí, tras la pelea en el comedor, apenas podían moverse por la cantidad de cajas acumuladas. Precisamente esas cajas, informó, eran la razón de que hubieran ido a la enfermería.
—¿Por? —preguntó Uve.
—Me fijé en una cosa que miró el viejo que nos vendría muy bien.
—¿Para?
Jota revisó la estancia sin encontrar lo que buscaba.
Se dio cuenta entonces de que la puerta de entrada, al abrirla, tapaba un armario situado en ese rincón.
Accedió a él y recorrió estantes llenos de diferentes cajas, tan repetidas que los laterales formaban patrones de diseño, hasta dar con una en concreto.
—Esta es.
Le mostró la caja a Uve de manera tan fugaz que no tuvo tiempo de leer nada.
Jota extrajo los blísteres que contenía.
—Y de estas otras también nos llevamos. Venga, vamos.
Cerró la enfermería con la llave, que devolvió a lo alto del foco sobre la puerta.
—No estoy entendiendo nada… —dijo Uve mientras lo perseguía hacia el fondo de otro pasillo.
—Tú ven —replicó Jota sin detenerse, sus zapatillas piando como pájaros impacientes.
Entraron a uno de los baños del colegio. Pasadas recientes del trapo se secaban aún en la media docena de lavabos. Jota se sentó en el suelo con la espalda contra un radiador. Uve lo palpó para comprobar su temperatura, pero tan solo tocó hierro frío.
Se sentó frente a Jota, que abrió el gotero y enganchó el frasco en las piernas cruzadas. Después, sacó cápsulas de los blísteres.
—Con esto se duermen y nos piramos sin problema.
—¿Qué es?
—Pues para dormir. Mi padre lo tomaba y se quedaba grogui a los cinco minutos.
Abrió las cápsulas por la mitad para ir dejando caer el polvo en el frasco.
—¿No son muchas?
—Qué va. Si mi padre se tomaba una entera él solito. Y dos, a veces. Aquí van disueltas y a ellos les pondremos unas gotas. —Señaló con el meñique el cuentagotas en su rodilla—. La concentración de principio activo va a ser mucho menor en proporción de su volumen.
A Uve le dio la sensación de que se inventaba las palabras. Le sonó al Jota que había añadido porque sí, por ver qué pasaba, porque más siempre es mejor, una cuarta bola de papel de aluminio al experimento en la clase de Química.
Jota terminó con esas cápsulas y sacó la mitad de las del otro blíster.
—¿Y esas?
—Para dormir también. Creo que son un poco más fuertes, así que voy a poner menos. —Como muestra de precaución, decidió no añadir el polvo de una que ya había abierto, la décima, y la tiró al suelo—. Está todo controlado, Uve. Tú confías en mí, ¿no?
Lo miró elevando solo los ojos, sin levantar la cara.
Uve asintió con total convencimiento.
—Pues ya casi está. —Jota se puso de pie sin usar las manos, ocupadas con el frasco y el cuentagotas—. Lo disolvemos todo y listo.
Se acercó a un lavabo y colocó el bote bajo un hilo de agua en el grifo.
Antes de que se llenara completamente, lo quitó y enroscó el tapón.
Agitó la mezcla frente a los ojos.
—Qué ganas de pirarnos, tío. Y que se queden esos gilipollas en esta mierda de sitio.
—Dio unos golpecitos al cristal con la uña—.
Es que no van a oír ni el despertador por la mañana.
Tendrá que sacarlos de la cama el Búho. Pero a nosotros eso ya nos dará igual porque estaremos en un tren camino de la casa de tu tío.
—¿Cómo?…, ¿cuándo…?
—Tú tranqui, Uve. Yo me encargo. Te explicaré todo cuando toque. A ver, dime, ¿cuándo es el próximo cumpleaños?
Sonó a pregunta con la que quería reconfirmar algo, no descubrirlo.
Uve hizo memoria.
—De Eté. El jueves.
Jota dio por válida su respuesta con un asentimiento y le ofreció la mano libre para ayudarlo a levantarse.
—Pues la noche del miércoles nos largamos.
Antes de que pudiera preguntarle qué tenía eso que ver, Jota se marchó del baño.
Uve se quedó tan intrigado como confundido.
Un miedo atenazó su estómago, advirtiéndole de las cosas que podían salir mal en una huida del internado, pero entonces se miró al espejo sobre el lavabo.
Por una vez, podía hacer algo que de verdad le apetecía, por peligroso que fuera.
Por una vez, podía dejarse contagiar por la resuelta y confiada energía de Jota.
Hacer las cosas como él, sin pensarlas tanto.
Por una vez, Uve podía tomar la decisión arriesgada.
Y quizá así, por una vez, las cosas empezarían a cambiar a mejor.
—¡Vamos! —gritó Jota desde el pasillo.
Uve se apresuró tras él y deseó que pasaran volando los días que faltaban para la noche del miércoles.