Fuegos artificiales Capítulo 57
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Capítulo 57

Jota dio otra calada al cigarro. Apoyó los codos en los escalones y, aunque la temperatura del día soleado no convertía su respiración en vaho, fumó sin preocuparse de que el humo pudiera verse a lo lejos.

El internado parecía diferente los fines de semana, como si la ausencia de un horario común y la men or afluencia de estudiantes restara importancia no solo a las clases, sino a la vida en general.

Hasta el sol parecía brillar más claro y ligero en las mañanas de los sábados.

El director solía irse temprano con su familia, de excursión o de compras, y no regresaba hasta bien avanzada la tarde.

Los vigilantes del fin de semana, en turnos diurno y nocturno, cambiaban con tanta frecuencia que apenas conocían a los chicos y ni se molestaban en entablar ningún tipo de relación con ellos.

Tampoco se esforzaban en su trabajo, sino que se pasaban la jornada entera en la caseta.

Esa dejadez ofrecía una libertad a los internos que ellos celebraban, por ejemplo, fumando sin preocupaciones en el jardín, como hacía en ese momento Jota en la escalera de piedra entre los parterres, con la cara dirigida al sol y los auriculares colgando del cuello.

—Tiene que ser de noche —dijo sin abrir los ojos—. De día se darán cuenta enseguida de que no estamos.

—Y de noche es imposible, dormimos en el mismo cuarto. Nos van a oír salir. —Uve le contó cómo lo habían amenazado tras regresar a la cama la noche anterior—. Van a estar muy pendientes.

Por la mañana, Uve había sacado de la caja fuerte el sobre con todo su dinero ahorrado para añadir los billetes recuperados y hacer el recuento total en un lugar seguro, que era a lo que se dedicaba en ese momento.

—Es mejor de noche, por todo —insistió Jota—. La gente se escapa por las noches.

—Podemos irnos de día, un sábado. Como ahora, que está todo el mundo a su bola.

—Pero en fin de semana no pasa el tren de la costa.

—Jota, no vamos a tirarnos a un tren en marcha —se adelantó Uve.

Sabía que Jota se refería a un tren mencionado habitualmente en el internado, en fantasías de fuga hilvanadas en grupo en el comedor o en las habitaciones de cualquiera de las casas.

Hacía años que un residente se había escapado de verdad y llegado hasta la playa, saltando sobre ese tren desde el puente en una estación cercana.

Desde entonces, el ejemplo servía de inspiración para múltiples planes de huida que siempre acababan en nada.

Algunos repetían, muy serios, la hora a la que supuestamente pasaba el tren, las tres y veinte de la madrugada, y los kilómetros exactos que recorría, para que sus amenazas de evasión sonaran realistas y bien calculadas, pero esos prófugos aguerridos terminaban acobardándose como el resto en cuanto se les pasaba el enfado con el profesor de turno o con el boletín de notas que acababan de recibir.

—Es que además nos lleva directos a la costa. Y allí ya buscamos cómo coger el ferry a la isla de tu tío. —Jota abrió los ojos, se echó hacia delante—. Sigues teniendo el folleto de los ferris que me dijiste, ¿no?

Uve asintió, aún lo conservaba desde la última vez que lo visitó con su madre, hacía tres veranos. Jota se quedó mirando cómo contaba los billetes.

—¿Por qué te fijas tanto en esos otros numeritos?

Se refería a los números de serie que Uve iba comprobando, además del valor. Como respuesta, le señaló la fila de números rojos en uno de los billetes: V6835386. Después, en otro, L7911197. Y en otro, 0962690. Jota sacudió la cabeza, sin entender.

—Son capicúas —explicó Uve—. Casi todos los que me manda mi tío tienen número de serie capicúa. No sé cómo lo hace.

—Tu tío es un fenómeno —soltó Jota.

—Tengo que avisarle de que vamos, por cierto. Además, quiero hablar con él de lo de las cartas. Voy a pedir un permiso de llamada al director.

—¿Avisar a tu tío? —Jota arrugó la frente—. ¿De que te vas a escapar del internado? ¿Tú estás tonto? Ni de coña, no te va a dejar. Ya aclararás las cosas con él en persona, cuando lleguemos allí. Es mucho mejor eso.

Uve terminó el recuento y guardó todo el dinero en el sobre. Cerró la cremallera de la mochila, valorando esas palabras.

—Irnos de noche es lo más fácil —retomó Jota el plan de huida—. De día, ¿qué vamos a hacer? ¿Autoestop?

—Pagar un tren normal con el dinero de mi tío. Y entrar por la puerta como pasajeros normales.

—Eso es un rollo. —Parecía que Jota quisiera complicar la huida solo para hacerla más épica—. Además, ¿qué quieres?, ¿que nos vea todo el mundo la cara?

El humo de una calada intoxicó el frescor vegetal matutino que los rodeaba.

Uve se quedó mirándolo sin entender a qué se refería.

—En cuanto pongan nuestras fotos por la tele —aclaró Jota—, la gente nos reconocerá en el tren.

—No vamos a salir en las noticias. Solo nos estamos escapando de un internado.

—Dos menores desaparecidos… Eso siempre interesa. Tenemos que ir con cuidado.

Jota había agravado el tono, con las cejas en alto, dejando claro que lo decía medio en broma.

Pero tanto su actitud divertida como la propia idea de que fueran a aparecer en la lista de los más buscados llevaron a Uve a ladear la cara con una sonrisa, contemplando ese escenario impensable y opuesto a todo lo que cualquiera esperaría de él.

Empezando por los gilipollas de sus compañeros de casa.

Jota debió de percibir el despertar de ese interés, porque desechó el cigarrillo y se deslizó en el escalón hasta rozar la cintura de Uve con la suya.

—En serio, tío, puede ser la aventura de nuestras vidas. —Las manos de ambos, sobre sus rodillas, quedaron muy próximas—. Los dos solos, cruzando el país. Como fugitivos. Yo quiero eso. No quiero pagar un billete de autobús como una abuela.

Sin el humo del cigarro y con su cuerpo tan cerca, fue el aroma de su colonia deportiva lo que envolvió a Uve. Ese olor a otra vida y el espíritu irreflexivo, intrépido, de Jota imposibilitaron por completo su negativa.

—¿Y cómo conseguimos salir de noche? Los vamos a despertar.

—Eso ya lo tengo pensado —respondió Jota con seguridad—. Ahora no hay nadie en el colegio, ¿no?

—Los sábados están las de la limpieza por la mañana. —Uve miró su reloj de pulsera—. Pero se van ya.