Fuegos artificiales Capítulo 55
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Capítulo 55

Jota bajó en busca de Uve.

Faltaba muy poco para el apagado de luces.

Lo encontró en la cocina, peleando contra la puerta trasera que salía al jardín. Sorbía mocos, la congoja lo atragantaba.

—Uve, para. La han cerrado ya.

Pero él siguió bajando la manilla metálica c omo si al vigésimo intento pudiera abrirse por casualidad.

Un acceso de llanto se le desbordó en la garganta al tiempo que empujaba la puerta con el hombro, luchando, impotente, por salir de allí.

En un puño apretaba los billetes como si fueran un papel cualquiera.

—Para. —Jota habló con calma, lo sujetó de los brazos.

—Quiero salir —balbuceó Uve.

—Ya, pero vas en calcetines.

Se miró los pies y la sorpresa de la revelación sirvió para que interrumpiera el gimoteo.

—Ven.

Jota lo guio hacia el extremo de la cocina, donde una escalera bajaba a un sótano que se usaba de almacén, trastero y despensa.

A pellizcos se quitó una hebra de telaraña en la frente.

Cerró la puerta tras ellos y encendió una bombilla que inundó el espacio de sombras de luz amarillenta.

Sentó a Uve en una silla con el respaldo roto y él usó unas cajas como asiento.

—Son unos hijos de puta.

Uve escondía la cabeza entre los hombros, encorvado hacia delante.

—No sabía lo de mi tío —sollozó sorbiendo mocos—. Y él ha pensado que no he querido contestarle por eso, por ser… Pero eso sería imposible… Si además yo… —Respiró de forma entrecortada—. Si yo… Si yo también…

Uve rompió a llorar por fin. Del todo. No en accesos de congoja contenida, sino desahogándose entre lágrimas que le humedecieron la cara entera.

Algunas se le deslizaron incluso entre los dedos.

Jota miró a otro lado y permitió que se vaciara.

En silencio, escuchó cómo su respiración se iba normalizando.

—Quiero ver a mi tío —susurró Uve cuando recuperó algo de calma, con la cara aún dirigida al suelo y sin acabar la frase que había dejado a medias antes—. Que no esté enfadado conmigo. Necesito verlo.

Jota le masajeó una rodilla en ademán tranquilizador.

—Tu tío no está enfadado. Está deseando verte.

Uve se secó los párpados, la mandíbula. Realizó una honda inspiración. Tras un silencio, elevó la barbilla y habló a Jota con una mirada desafiante de ojos enrojecidos y brillantes:

—Necesito irme de aquí. No puedo más. Los odio.

Jota le dedicó una media sonrisa.

—¿Cuándo quieres que nos vayamos?