Capítulo 54
Jota se abalanzó sobre Barro, aún encorvado por el golpe en la cara.
Lo inmovilizó por la espalda y le puso el cúter en el cuello.
—Le vas a devolver el dinero ahora mismo —escupió en su oído.
Deslizó eslabones de la cuchilla sin llegar a sacarla.
Clac, clac, clac.
Todos en la habitación increparon a Jota.
—Eh, eh, eh.
—Para, loco.
—Suéltalo.
Barro pidió calma. Recomendó que nadie se acercara.
Jota percibió que había roto a sudar.
—Voy a avisar al Búho —anunció Eté.
Barro le chistó.
—No vas a avisar a nadie. —Tragó saliva con dificultad—. Este imbécil no me va a hacer nada.
Para demostrar que se equivocaba, Jota deslizó la cuchilla con otro clac que terminó por asomar el filo. La punta descansó contra la piel de Barro, junto a su protuberante nuez.
—Voy a por el Búho, te lo juro —repitió Eté.
Se produjo un repentino destello y el sonido de un barrido mecánico.
Gemelo enfocaba la escena con su cámara de fotos.
La polaroid emergió del aparato.
—Eté, no te muevas —indicó Barro, que lideraba al grupo incluso reducido con un arma al cuello—.
Nosotros no contaremos cómo este imbécil me está amenazando con un cuchillo, cosa que podemos demostrar con la foto que acaba de hacer el amigo Geme, y, a cambio, ellos no contarán nada de lo ocurrido con las cartas.
—El dinero —exigió Jota entre dientes antes de aceptar ningún trato—. Dadle el dinero.
—Le estás haciendo sangre, animal —increpó Quinto—. Suéltalo ya. O me planto donde el Búho con la foto.
Gemelo la agitaba en al aire para terminar de revelarla.
Jota permaneció en silencio, su demanda había quedado muy clara y no pensaba repetirla. Deslizó la cuchilla otro eslabón al tiempo que aprisionaba a su rehén con más fuerza.
—Replay —masculló Barro con un gemido de dolor—. Coge tú el dinero. Está en mi caja fuerte.
El aludido no necesitó ni preguntar la combinación antes de marcharse. Los demás permanecieron inmóviles, en un angustioso silencio en el que solo se escucharon los quejidos de Barro.
Replay regresó con billetes en la mano.
—Dáselos a Uve —ordenó Jota.
No obedeció hasta que Barro confirmó la instrucción.
Uve se sorprendió al ver que eran tantos billetes.
—Han sido muchas cartas entonces…
—Seis —dijo Quinto, molesto, como si ya no tuviera sentido ocultar nada—. Han sido seis cartas, pesado. Bueno, la sexta es la que tienes ahí.
—Mi tío me contaría muchas cosas. Contadme lo que sepáis, por favor.
Jota mantuvo inmovilizado a Barro por si aún tenían que pelear por esa información. Su sudor empezó a oler mal.
—No las leímos bien —respondió Replay—. Solo las fotos ya nos daban repelús.
Uve fue a recoger la que había acabado en el suelo.
—¿Sabéis quién es el de la foto?
Barro asintió sin pensarlo y se clavó la punta de la cuchilla.
—¡Suéltame ya, hostia! —gritó de dolor y de rabia, pataleó entre los brazos de Jota—. Disneilán, dile a tu guardaespaldas que me suelte y te digo quién es el de la foto. Claro que lo sabemos. En las otras fotos quedaba muy claro.
Jota se resistió a aflojar, pero Uve echó mano del cúter y, con el pulgar sobre el suyo, deslizó la cuchilla hacia abajo. Sin la amenaza del filo, el rehén se revolvió con más ímpetu, hasta que Jota lo liberó atendiendo a las peticiones de Uve.
Barro se tocó el lugar del pinchazo y se miró las yemas manchadas de sangre.
—Esto no va a quedar así —dijo.
—¿Quién es? —Uve insistió con la foto en alto.
—¿Quién va a ser? —Barro se chupó los dedos y extendió saliva en la herida del cuello—. Está clarísimo. El asqueroso de su novio. Ahora ya sabemos de quién te viene a ti, ¿no?
Jota percibió cómo se tensaba el cuerpo de Uve, que dejó incluso de respirar para hacerse menos presente, como si quisiera desaparecer.
—Me… Me viene… ¿el qué?
Movió los ojos a un lado y a otro, comprobando quién lo miraba, quién había escuchado el comentario.
—Venga, hombre —soltó Barro—, no te hagas el imbécil.
Los otros se susurraron cosas. Hubo risitas.
—Me viene… ¿qué? —Uve trataba de sonar confundido, pero no lo consiguió. Resultaba doloroso verlo disimular de esa manera.
—Nada, nada —dijo Barro, que compartió con sus amigos un gesto burlón—. No he dicho nada.
—Te ha preguntado por la foto —interrumpió Jota el intercambio de miraditas.
—Y le he contestado. Es el novio maricón de su tío maricón. —Barro pulverizaba saliva al hablar—. Que había fotos dándose besos, joder.
Alguien imitó el sonido de una arcada.
—Y en esta foto no se le nota mucho, o no las tenía todavía, pero este de aquí... —Barro señaló sin tocar al hombre que se reía en la imagen—, este está lleno de manchas. Hasta en la cara tiene.
Uve cuestionó lo que oía con un sonido de garganta, sin entenderlo del todo.
—Pues que se lo está comiendo el sida —aclaró Barro.
Uve dio un paso atrás como si hubiera recibido un golpe.
Jota estuvo a punto de sujetarlo para que no cayera.
—Tu tío y su novio son unos sidosos asquerosos.
—Barro lo soltó con una sonrisa triunfal, como si con esa información diera el golpe decisivo que lo proclamaba ganador del altercado de esa noche—.
Eso te contaba tu tío en sus putas cartas.
No sabes la de veces que me he lavado las manos después de tocarlas.
Uve empalideció de golpe.
Jota, ahora sí, lo sujetó por la espalda.
La energía de todo el cuarto cambió con las palabras de Barro. Pronunciadas con tal odio a la cara de Uve, dejaron boquiabiertos incluso a sus secuaces. Supermario soltó su revista y escondió el rostro entre las manos.
Barro se dio cuenta del cambio en la densidad del ambiente.
Se humedeció los labios y desvió la mirada, calibrando la reacción de los demás antes de seguir hablando.
Pero la perplejidad en los rostros de sus amigos debió de irritarlo aún más, al entenderla como cobardía o debilidad, porque decidió ignorarla y reforzar su postura.
—A ver cuánto tardas en pillarlo tú —le dijo a Uve.
El cuerpo de Uve se separó de la mano de Jota, que vio a su amigo salir corriendo de la habitación.
Miró a Barro con un desprecio que no se podía agravar con ningún insulto y fue detrás de él.
Al pasar junto a Gemelo intentó arrebatarle la polaroid, pero el fotógrafo extendió el brazo y huyó con ella encima de una cama.
—Que os den. —Jota extendió los dedos mayores en el aire y abandonó el cuarto.
—Cómo te pasas, macho —oyó que le decía alguien a Barro ahí dentro.
—Buah, buah, buah… —decía otro.
—Me he preocupado cuando te acercaba tanto la foto a la herida, que por ahí entra.
Pero, antes incluso de que Jota alcanzara la escalera, empezaron a reír de nuevo.