Fuegos artificiales Capítulo 53
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Capítulo 53

Uve tenía el pelo sudado en las sienes.

Se le veía perdido en el diminuto espacio del cubículo.

Sostenía en las manos un sobre, una carta, una foto.

—¿Qué pasa? —Jota le pidió que se calmara—. ¿Qué lees?

—Me… Me faltan cartas.

Le entregó la que tenía en la mano, también la fotografía.

—¿Es él? —Mostró interés en la imagen para distraer a su amigo—. ¿Es tu tío?

Uve asintió.

—El de la izquierda. El otro no sé quién es.

—Pues algún colega. Te lo contará en la carta. —Jota miró ambas caras—. ¿Por qué está rota?

El gesto confundido de Uve dejaba claro que no lo sabía, pero un destello de rabia en los ojos albergó una sospecha clara.

—¿Han sido los gilipollas?

Uve arqueó las cejas como preguntando quién más podía ser.

—¿En serio te han hecho esto?

—Y me faltan otras…

—¿Para qué te van a romper tus cartas? Hay que ser muy cabrones para eso.

—Mi tío me contaba algo. En alguna carta. O en varias, no sé cuántas.

Tan preocupado se mostraba Uve únicamente por el contenido textual de las cartas que incluso Jota tardó en pensar en el otro contenido habitual de esos sobres.

—Un momento, Uve —dijo al caer—. ¿Son cartas que ni siquiera te han llegado?

Uve asintió.

—¿Le has preguntado al Búho?

—No…, todavía no. Pensaba que mi tío no me estaba escribiendo. Hay temporadas que tarda. Otras veces ha estado más tiempo sin escribirme.

—O sea que no te han llegado porque te las han… robado.

Uve se encogió de hombros.

—Y te las han robado porque esas cartas también traen dinero.

A Uve se le redondearon los ojos.

Se levantó para señalar la segunda posdata de la carta, que Jota leyó en voz alta:

—«Espero que al menos tengas tiempo para disfrutar del dinero que te mando».

Uve se tapó la boca al procesar la evidencia que había pasado por alto.

—El dinero… —susurró entre los dedos.

—Menudos hijos de puta.

Jota le devolvió los papeles a Uve.

Salió del cubículo golpeando la puerta con el codo.

—¿Qué haces? ¿Dónde vas?

—No se van a quedar con tu dinero.

—¡Espera!

Jota abandonó el baño a paso acelerado. En el pasillo, se chocó con el estudiante del piso superior que le había hablado del equipo de natación, que no dudó en empujarlo para quitárselo de encima.

—Qué movidas os traéis siempre aquí abajo —dijo con desprecio—. Y es la última vez que os pido que cerréis la ventana de la escalera por las noches.

Jota no se molestó en responder y continuó hasta su habitación. Gemelo, Latas y Jackson, que se relajaban en sus camas, se incorporaron, alarmados.

—¿Dónde está Barro? —preguntó Jota.

Los primeros intercambiaron miradas cómplices sin responder, pero Jackson señaló la pared de su cabecero, la que daba a la habitación contigua.

Al girarse, Jota se topó con Uve.

Lo apartó sin atender sus peticiones de que no dijera nada y prosiguió con su búsqueda.

En el otro cuarto, Quinto, Barro, Eté y Replay iniciaban una partida de cartas. Lo hacían sobre la cama del último, que terminó de repartir y se peinó el flequillo con el pulgar.

—¿Dónde las tenéis? —les preguntó Jota.

Supermario, en su cama, bajó la revista para ver qué ocurría.

Los jugadores recogieron sus naipes, los ordenaron. Barro apoyaba las manos en el respaldo de la silla girada en la que se había sentado. Ninguno contestó a la pregunta.

Jota proyectó la voz:

—Que dónde las tenéis.

Como si fuera un noble a quien importunara alguien del servicio, Barro alzó la mirada.

—¿Hablas con nosotros?

Jota se resistió a asentir.

—Pues vas a tener que repetirlo —dijo Barro—, porque no te estábamos haciendo ni caso. Se oía como el zumbido de una mosca nada más.

Jota sintió la mano de Uve en la espalda, pidiéndole que no siguiera.

—Que dónde están las cartas —insistió de igual forma.

A Barro el ceño se le frunció al entender, pero trató de disimularlo.

—¿Cartas? ¿Estas cartas? —Alzó los naipes que sujetaba, haciéndose el tonto o el gracioso—. Pues aquí las ves. Estamos jugando una partidita. Tranquilos.

—Esas no, las del dinero. —Jota vocalizó de forma exagerada y pronunció cada sílaba a conciencia—: Las cartas con el dinero.

—¿Qué cartas? ¿Qué dinero?

—Las cartas y el dinero de Uve.

—Tú estás loco, chaval —intervino Eté.

—Menuda mosca cojonera —dijo Replay.

—Además, no conozco a ningún Uve —añadió Barro—. ¿Te refieres a Disneilán?

Jota dio un paso hacia la cama convertida en mesa de juego.

—Devuélvele el dinero que le has robado a Uve.

El respaldo de la silla de Barro cayó hacia delante cuando se levantó.

—A mí tú no me vas a llamar ladrón por la puta cara.

No tenemos ni idea de ninguna carta. —Sacó pecho frente a Jota—.

No sabemos ni de lo que hablas. Si tu amiguito no tiene cartas será porque no las ha recibido.

—Dirigió la vista a Uve, detrás de él—. ¿Ya estás otra vez picando a tu guardaespaldas?

Jota oyó cómo Uve tragaba saliva y daba un paso adelante para enfrentar a Barro.

—Me habéis… —su voz flaqueó a mitad de frase— quitado cartas.

A un lado del cuerpo, Barro chasqueó los dedos en el aire para atraer la atención de sus amigos, como si Jota no pudiera verlo. Les señaló algo con pretendida discreción. Eté se apresuró en cerrar la bolsa de una papelera, la cual también anudó.

—Me da igual el dinero —continuó Uve—. Pero dadme las cartas, por favor.

Barro comprobó de reojo lo que había hecho Eté.

—No sabemos nada de tus putas cartas —sentenció.

Uve realizó entonces una honda inspiración.

Mostró lo que traía escondido tras la espalda.

En sus manos temblorosas crujió el papel de la carta reparada.

Los muelles del colchón de Supermario chirriaron.

A Barro se le aflojó el cuello. Su mirada, tan desafiante hasta ese momento, repasó insegura, cuestionándolos, a sus compañeros de juego, que negaron con la cabeza. Al último al que interrogó en silencio fue a Supermario, a quien miró con los párpados entornados por la sospecha.

—La encontré yo mismo —intervino Uve para protegerlo, antes de que lo acusara de nada—. En esa papelera.

Señaló la que acababa de manipular Eté. A Jota le encantó comprobar que su amigo también había estado atento a todo.

—Menudo psicópata —dijo Replay—, hurgando en nuestra papelera.

Lo soltó sin darse cuenta de que ese comentario terminaba de delatarlos.

Barro chasqueó la lengua.

—Tú eres tonto —le dijo a Replay.

—Qué cabrones, en serio —dijo Jota.

—Quiero las cartas. Por favor.

—No las tenemos —replicó Barro.

—Devolvédselas. Las cartas y el dinero. Por una vez podéis elegir no ser tan gilipollas.

—Por favor —insistió Uve—, mi tío me contaba algo importante.

—Sí, sí, importantísimo —susurró Quinto en la cama.

Eté contuvo una risa contra el paladar.

Barro chistó para que se callaran.

—Las habéis leído —dedujo Jota, mirando a uno y a otro.

Ninguno respondió, pero el silencio sonó a afirmación.

—¿Sabéis quién es? —Uve le mostró a Barro la fotografía de su tío con otra persona—. El que se ríe. ¿Sabes quién es? ¿Lo explicaba mi tío?

En la cama se triplicaron las risas contenidas. Eté desvió la cara, Replay se la tapó con la almohada y Quinto con los naipes. A la puerta del cuarto llegaron en ese momento Latas y Gemelo.

—Leer las cartas de la gente es ilegal —añadió Jota como si sirviera de algo.

Barro le arrebató la foto a Uve.

La sujetó de una esquina con los dedos en pinza y se la enseñó a sus amigos.

—¿Os suena?

Lanzó la fotografía a la cama. Los tres se revolvieron, gritaron, escaparon como si los atacara una cucaracha voladora. Replay, al que le cayó encima, manoteó para quitársela. La sábana se le enredó en el tobillo al huir de la cama.

—Hijoputa —le dijo a Barro—, que no quiero pillar nada.

Uve arrugó la cara, desconcertado.

—¿Qué sabéis? —preguntó Jota—. ¿Qué habéis leído?

—No hemos leído nada. Solo hemos visto fotos.

Barro retorció el cuerpo en un escalofrío exagerado, emulando una sensación desagradable.

—¿Más fotos? —A Uve le costaba hablar—. ¿Cuántas cartas han sido? Dádmelas, por favor.

—Pero, a ver, ¿qué parte de que no las tenemos no entiendes? Si esa la sacaste de la papelera…, imagina dónde están las demás. A estas alturas estarán llenas de mierda de gaviota en el vertedero.

—¿Y el dinero? —A Jota comenzaba a invadirlo una rabia que lo llevó a abrir y cerrar las manos tratando de contenerse—. Dadle el dinero al menos. Y no me digáis que el dinero lo habéis tirado también.

—No había dinero.

Barro ni se esforzó en disimular la sonrisa.

Jota notó que le ardía la cara. Apretó los puños.

—Te juro que dinero no hemos cogido —insistió Barro—. No le enviaba nada.

Jota quiso agarrarlo del cuello, empujarlo hasta desnucarlo contra el estante en la pared. En lugar de eso, cogió la carta que sostenía Uve. Se la puso a Barro frente a la cara, conteniendo las ganas de estampársela. Le señaló la segunda posdata.

—Lee esto.

La sonrisa mal disimulada de Barro se convirtió en una risotada descarada, como si por fin se rindiera a admitir lo que esa línea de texto convertía en innegable. Sin embargo, recuperó la seriedad y dijo:

—Su tío es un mentiroso. No le ha mandado dinero. No tenemos nada.

—Dadle el dinero o…

—¿O qué? ¿Te vas a chivar a tu mamá? —Barro sonrió del todo—. Ah, no, que la mataron.

Jota le estampó el papel en la cara.

Corrió a la mesilla de Uve y abrió el cajón donde sabía que guardaba el cúter.