Capítulo 52
Uve retiró las sábanas, ya en pijama. Algunas risitas en el baño, mientras se lavaba los dientes, habían levantado sus sospechas, así que, antes de meterse en la cama, comprobó que no le hubieran hecho la petaca.
Lo que halló fue un papel que sobresalía bajo la almohada.
La broma iba a ser otra.
Valoró hacerse el despistado y acostarse como si nada, pero quizá la hoja contenía algo que manchaba o picaba, o era un mensaje que alertara de otra cosa aún peor.
O, pensó de pronto, podía ser un mensaje de Jota.
Durante el día habían hablado ya de los fuegos artificiales y la caída al lago, pero quizá quería decirle algo más en una nota como las que a veces intercambiaban en clase.
Tan acostumbrado estaba Uve a esperar trucos de sus compañeros de cuarto que ni siquiera consideró que la aparición de un elemento extraño en su espacio pudiera significar algo positivo.
Animado por el pensamiento, tiró de la esquina de papel. Era una hoja cuadriculada de cuaderno, doblada, con los bordes plegados para contener algo en su interior. Como un sobre de confección casera. Llevaba una frase escrita:
MÍRALO TÚ SOLO.
Pero no era la letra de Jota.
El temor de haber caído en alguna trampa lo invadió, hasta que creyó reconocer esa otra caligrafía. El autor usaba solo mayúsculas con la intención de ocultar su identidad, pero se asemejaba mucho a la de Supermario.
A él dirigió Uve la mirada.
Lo pilló devolviendo su atención a las páginas de la revista que leía, que usó también para taparse la cara.
De Supermario, Uve no esperaba ninguna broma demasiado cruel, aunque tampoco podía descartar del todo que hubiera colaborado con los otros en algo más inofensivo.
Claro que para cualquier broma tendría más sentido que le pidieran abrir el sobre ahí mismo, delante de todos, no a solas.
Uve miró a los demás. Tirados en sus camas, ninguno parecía estar pendiente de él ni mostraron la actitud esquiva de Supermario.
—Que me dejes —se defendió Eté al sentirse observado—. No voy a bajar el volumen hasta que se apaguen las luces.
Jugaba a una maquinita que emitía pitidos, zumbidos y campanillas de victoria.
—Apágalo, me estás poniendo nervioso —le soltó Replay, que no se había quejado del ruido hasta ese momento.
Se enzarzaron en un pique al que se sumó Quinto y en el que enseguida involucraron a Supermario al mencionar algo de su mostacho.
Uve ocultó lo que había recibido tras un libro que cogió del estante y aprovechó la discusión para salir del cuarto, donde de repente proponían echar una partida de cartas.
Que no trataran de detenerlo era buena señal.
Uve vio abierta la ventana de la escalera, así que supo que el baño olería a tabaco.
Se refugió en el retrete más alejado de la puerta, el mismo en el que fantaseó con el walkman de Jota.
Sintió, a través del calcetín, que pisaba algunas gotas.
Dejó el libro sobre la cisterna y, sentado en la tapa del váter, desdobló los bordes plegados del extraño sobre.
Otro sobre, uno de verdad, cayó a su regazo.
Era uno de los de tamaño normal que usaba su tío cuando no le enviaba láminas grandes.
Venía estampado con su caligrafía y llevaba los sellos pegados en la esquina que él siempre usaba.
Sin embargo, por alguna razón, varias tiras de celo recorrían el sobre en horizontal y en vertical, reparando papel rasgado.
A Uve se le aceleró la respiración. Se preguntó si sería una carta antigua que los otros le hubieran roto como gracieta, porque sabían del cariño con el que las guardaba.
Le asustó pensar que, para conseguirla, habrían accedido a su caja fuerte y a su cajón con llave, pero él no había notado nada raro en ninguno de los dos ni echado en falta ninguna carta pasada.
Buscó respuestas en el matasellos. Su garganta emitió un gemido confundido al ver que tenía fecha de unos días atrás. Hacía mucho más tiempo, semanas, que no recibía carta de su tío, algo que ya había pasado en alguna ocasión. La frecuencia de su correspondencia no era siempre la misma.
Uve tragó saliva sin entender. Nervioso, palpó el contenido.
El grosor correspondía al de una carta breve, de un folio o así, pero había también algo más duro, como una lámina pequeña o una fotografía.
Intentó abrir el sobre. Resultó complicado entre tanta cinta adhesiva.
Echó de menos el cúter de su cajón con el que siempre los abría tan fácilmente.
En un arrebato de inquietud, acabó rompiéndolo.
Una foto volteada le cayó sobre la pierna.
En el dorso figuraba una fecha de hacía dos años.
Le dio la vuelta.
Reparada con una cruz de celo, mostraba una imagen de su tío con otra persona a la que no conocía.
De pie frente a un edificio, en mitad de una ciudad, su tío miraba a cámara y daba alguna indicación a quien tiraba la foto.
El otro hombre se reía con tantas ganas que echaba la cabeza hacia atrás.
Uve analizó mejor el rostro, tratando de identificarlo, pero no le sonaba de nada.
Desplegó la carta, también restaurada con cinta adhesiva.
Durante un instante, antes de empezar a leer, Uve sintió el regocijo y entusiasmo habitual de ver la caligrafía de su tío en una carta nueva, como si fuera a leerla una mañana cualquiera en el desayuno y no desdoblándola, rota, encerrado en un váter.
Sobrino querido:
¿Cómo estás? Confío en que bien, seguro que bien.
Tan bien, espero, que ni tiempo encuentras de responder a este tío pesado que tanto te escribe.
Deseo que sea por eso o porque te están haciendo estudiar más de la cuenta, pero no puedo evitar preocuparme al no obtener respuesta a ninguna de mis últimas cartas.
Del internado no me han llamado, eso me tranquiliza.
A tu madre supongo que tampoco, ni siquiera sabemos en qué país está.
Pero, si esto se alarga más, acabaré llamando yo.
De verdad que no quiero molestarte, pero es que empieza a asustarme la idea de que hayas dejado de escribirme por lo que te contaba en aquella carta.
Espero que no fuera muy pronto para decírtelo.
Para mí ya no eres un niño, y quiero que mi sobrino me conozca como soy de verdad, cómo vivo y con quién.
Me obligo a pensar que no es por eso que te contaba, que de verdad estás muy ocupado con las clases, porque ni en mis peores escenarios imaginé una reacción así de ti.
Pero, si es lo que sientes, prefiero que me lo digas.
Y saber cómo podemos empezar a trabajarlo.
Yo no voy a renunciar a ti y pondré de mi parte todo lo que esté en mi mano.
Ha llegado un momento en el que no quiero mentir ni esconderme más.
Estoy más feliz que nunca, y más asustado que nunca también.
Y triste, gran parte del tiempo, aunque trato de ocultarlo delante de él.
De verdad, me encantaría que lo conocieras.
Que nos conocieras. Danos al menos una oportunidad. No sé de cuánto tiempo más disponemos.
Tu tío que te quiere.
(Y te querrá siempre).
V.
P. D.: Muero por saber qué te pareció la lámina de Keith Haring de la carta anterior.
P. P. D.: Espero que al menos tengas tiempo para disfrutar del dinero que te mando.
El papel crepitaba en las manos temblorosas de Uve, que se secó los mocos con la manga del pijama.
Parpadeó para secarse los ojos. Una lágrima cayó sobre la cinta adhesiva y resbaló fuera de la carta.
La siguiente emborronó la tinta. La respiración se le había acelerado hasta abrirle la boca, se oía jadear a sí mismo.
En el baño hubo risas.
—¿Quién es el del pajote? —preguntó Gemelo.
—¡Córtate un poco, cabrón! —gritó Latas.
A Uve el pecho se le inflaba a un ritmo que no podía controlar.
Miró la foto del hombre que reía junto a su tío.
No sabía quién era.
Quería saber quién era.
No estaba seguro de haberlo entendido bien.
Quería entenderlo todo, pero no entendía nada.
—Venga, nos vamos —anunció Latas ahí fuera.
—¡Feliz final feliz!
Uve releyó la carta en busca de sentido, pero solo consiguió angustiarse más. La decepción de su tío resultaba palpable, y la importancia de algo que le había contado, capital. La mención de unas cartas anteriores que Uve desconocía transformó su agitada respiración en un sollozo.
—¿Uve?
La voz de Jota, en el baño, interrumpió su lamento.
Uve quiso responder, pero fue incapaz de articular palabra.
Jota se acercó a la puerta. Llamó.
—Uve.
Los intentos de hablar se le convertían en sonidos extraños.
—¿Qué te pasa, tío?
Uve sintió que se ahogaba.
—Uve, abre —gritó Jota al otro lado—. ¡Uve!
Uve llevó los dedos al pestillo.
Correrlo le costó varios intentos.
En cuanto lo consiguió, Jota empujó la puerta.
—Tío, ¿estás bien?
Uve negó con la cabeza.