Fuegos artificiales Capítulo 51
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Capítulo 51

Supermario se abrochó la bragueta del pantalón del uniforme. Terminó de secarse el pelo con la toalla. Se fijó en que Uve aún esperaba turno de baño, sentado al borde de su colchón. La luz suave, amarillenta, de la mañana difuminaba los contornos.

—Puedes ir ya —le dijo—. Hay libres.

—¿Y ellos? —Uve señaló las camas de Eté, Quinto y Replay. Las sábanas aún mostraban las arrugas del despertar reciente.

—Están en el lavabo haciendo el tonto. Pero tienes sitio.

Uve se levantó con la toalla al hombro.

—Oye. —Supermario esperó a que se volteara para preguntarle—. ¿Estás bien? ¿No te pasó nada anoche?

Uve se encogió de hombros como única respuesta.

—Yo… Yo no estaba —aclaró Supermario.

Uve asintió con una leve sonrisa, como si lo supiera o lo supusiese, y prosiguió su camino al baño.

Poco después de que abandonara la habitación, apareció el conserje con la correspondencia.

—Ya podrías haber llegado un poco antes —susurró Supermario, que lamentó lo que iba a ocurrir si traía una carta para un Uve ausente.

—¿Qué dices, Mustafá?

—Que si hay carta para mí o qué —improvisó.

—Nada. No te quiere nadie. Pero con esa cara es normal. ¿Sabes lo que le dijeron a tu madre cuando naciste?

—No, ¿qué?

—Señora, esto es el paritorio, no el váter.

El Búho se rio de su propio chiste mientras repartía las cartas en las mesillas.

—¿De qué nos reímos? —Replay regresó al cuarto con los demás.

—De que a este lo cagaron, no lo parieron —respondió el conserje.

—Totalmente —confirmó Eté—, se nota en la cara, sobre todo.

—Y el olor —añadió Quinto.

—Tú de olor no hables, que sales perdiendo.

El conserje tenía para todos y consiguió que Supermario se uniera a las risas.

Después se marchó gritando los minutos que faltaban para el desayuno.

Antes de comprobar sus propias mesillas, los otros tres miraron la de Uve.

Había carta.

Barro se presentó en el umbral de la puerta, ya uniformado.

—¡Día de paga! —anunció.

Se arremolinaron junto a la cama de Uve, excepto Eté, que asumió su posición de vigía.

—¿En serio, tíos? —preguntó Supermario—. Casi os lo cargáis ayer. Parad un poco ya.

—Anda, no exageres. —Quinto se secaba las gafas en la camiseta interior—. Yo también me caí una vez y no es para tanto.

Barro rasgó el sobre con la confianza de quien abría su propia correspondencia.

Sacó dos billetes.

Replay le atrapó la mano antes de que se los guardara.

—¿Cuándo se va a repartir esto?

—Cuando a mí me dé la gana. —Barro se liberó de un tirón—. No, tío, que es coña… Pronto, yo qué sé, cuando queráis. Nos juntamos una tarde y lo hacemos.

Metió los billetes en su bolsillo y desplegó la carta por si escondía más dinero.

Apareció una fotografía.

—Mira, esto para ti si quieres. Otra foto del manchas.

Se la ofreció a Replay, que escondió las manos a la espalda y emuló una arcada.

Barro rompió la imagen, la carta y el sobre. Lo desechó todo en la papelera del otro lado del cuarto, la que usaban Replay y Eté.

—Qué asco dais, colega, todo lleno de papel higiénico —dijo al empujar los pedazos cubo abajo.

La misión se disolvió tras el golpe. Barro se esfumó y los demás terminaron de vestirse hablando de otras cosas, como si nada hubiera pasado.

Eté abandonó la habitación a caballito de Quinto.

Replay les hizo una zancadilla para que se cayeran, pero lograron mantener el equilibrio contra la pared del pasillo.

A solas, Supermario miró la mesilla vacía de Uve. El espacio de pared que aún quedaba libre junto a su colección de cuadros, claramente reservado para otras láminas que esperaba recibir. Dejó caer los hombros con un suspiro apenado, pero se marchó del cuarto antes de que Uve regresara.

Supermario fue de asignatura en asignatura sin poder concentrarse.

En el recreo no escuchó las conversaciones de sus amigos del colegio, que eran todos «hogareños». Se limitó a contar guijarros mientras hablaban y se sumó a las risas por imitación.

En la última clase, guardó el cuaderno cinco minutos antes de la hora en punto.

Se preparó la mochila en las rodillas.

Balanceó un talón en el aire hasta que sonó el timbre, momento en que se levantó empujando la mesa.

Abandonó la clase antes que nadie.

Aceleró el paso por el camino trasero, de regreso a casa.

Entró a la cocina por la puerta metálica que siempre se salía del resbalón, a no ser que se cerrara con llave. Subió la escalera a zancadas de dos escalones.

En el cuarto, lanzó la mochila a su cama.

Se arrodilló frente a la papelera junto a la mesilla de Replay.

Escarbó el contenido de la bolsa. Como había dicho Quinto, se componía en gran parte de papel higiénico arrugado. Unas bolas estaban acartonadas. Otras conservaban cierta humedad. Supermario apretó la lengua al paladar hasta dar con los papeles que buscaba, casi al fondo.

Los sacó todos y separó los trozos de mayor gramaje que pertenecían al sobre.

También los de la fotografía, rota en cuatro pedazos.

Seleccionó los fragmentos de papel con letra manuscrita y los ordenó usando las esquinas y bordes como referencia. Quedó un hueco en el centro. Revolvió la papelera una vez más y encontró el pedazo que faltaba.

Con ese último trozo, completó la carta, un texto no muy largo escrito en un único folio, por una cara.

Lo leyó a toda prisa, bisbiseando.

Al terminar, chasqueó la lengua.

Se tapó la cara con las manos y bufó agobiado, indeciso.