Fuegos artificiales Capítulo 50
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Capítulo 50

—No podemos usar la ducha a esta hora —dijo Uve cuando llegaron al baño.

Había ido entrando en calor durante la caminata de regreso al internado. Ya podía hablar sin tiritar.

—Venga ya, no me jodas —replicó Jota—. Míranos. Tú tienes un color rarísimo todavía.

Hormigueos por todo el cuerpo, algunos tan intensos que los sintió como agujas en la piel, le fueron devolviendo a Uve la sensibilidad y el co ntrol de sus movimientos.

Jota colgó dos toallas en los ganchos.

Las prendas mojadas de los otros las amontonó en un banco.

—Vamos, quítate eso, necesitas secarte ya. —Palpó la ropa empapada de Uve en varios puntos—. Sigue helada.

Uve se metió a una de las duchas sin desvestirse aún. Antes de que se quitara nada, la voz de Barro retumbó en las baldosas del pequeño espacio.

—¿Qué coño hacéis?

—¿Tú qué crees? —oyó contestar a Jota—. Necesita calor porque lo habéis tirado a un puto lago congelado.

—Como os pille el Búho, ya podéis estar calladitos.

—¿O qué?

Barro chasqueó la lengua.

—Tú, el congelado, escucha —dijo—. Que salgas.

Uve se asomó desde la ducha.

—Ya le he dicho a tu amiguito que más os vale no contar nada. Espero que tú también lo tengas claro. —Al no obtener respuestas, Barro se adentró un paso más—. Dime que vas a tener la boca cerrada.

—¿O qué? —repitió Jota—. ¿Qué más vais a hacer?

Barro lo miró como si tuviera que hacer esfuerzos para no soltarle un puñetazo.

—A mí en el fondo me la suda que me expulsen.

Así que puedo hacer cualquier locura —Devolvió la mirada a Uve—: Tú ya me conoces.

No me tientes. No me compliques la vida.

—Se retiró caminando hacia atrás—. Además, erais vosotros los que estabais en el centro del lago. De noche. No os conviene contarlo.

—No os conviene a vosotros —dijo Jota.

Al pasar junto al banco, Barro señaló el montón de prendas mojadas.

—Esto con lo que os hemos ayudado, nos lo devolvéis seco. Y secad también el espejo y las paredes después de ducharos, que el Búho no es tonto.

En cuanto Barro se marchó, Jota se desabrochó el pantalón a la vez que se quitaba las zapatillas sin usar las manos.

—Se creen que no lo vamos a contar.

—Y no lo vamos a contar —confirmó Uve.

—¿Cómo que no? ¿Por?

—En serio, no. Mejor no.

Uve se refugió en la ducha para desnudarse a solas.

Lanzó fuera su ropa mojada.

—No te pongas agua caliente a lo bestia, ¿eh? —avisó Jota, que se metió en la ducha de al lado—. A ver si te va a dar un chungo o algo.

Uve abrió la llave derecha. Incluso el chorro frío le resultó placentero en la piel.

Fue girando la izquierda para ir añadiendo agua a mayor temperatura.

Logró que los últimos hormigueos en su cuerpo desaparecieran del todo.

Cerró la ducha casi a la vez que Jota.

En el silencio resultante, se oyeron caer las últimas gotas desde lo alto.

—Jota —dijo Uve hablando al tabique que separaba ambas duchas.

—Dime.

—¿Cuánto más tengo que aguantar?