Fuegos artificiales Capítulo 49
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Capítulo 49

Otra piedra impactó contra el hielo y se deslizó hasta chocar con el cuerpo de Uve, aún tumbado.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Jota miró a su alrededor. Dos linternas se aproximaban desde la misma orilla por la que ellos habían accedido al lago.

Un barullo de susurros y risitas se escondía tras el resplandor.

Absortos como habían estado con los fuego s artificiales, mirando al cielo, ni Uve ni Jota se habían percatado de su llegada.

—¿Qué hacéis ahí tan solitos? —gritó una voz lejana.

Jota reconoció la de Barro.

Uve quiso ponerse de pie a toda prisa, pero los pies patinaron y apenas separó la espalda del hielo. El movimiento provocó crujidos en la superficie del lago.

Un tercer proyectil cayó cerca de ellos.

Jota usó la linterna para iluminar la zona. Descubrió grietas y rajas en el hielo. Varias de ellas confluían bajo el cuerpo de Uve, que retomó el intento de incorporarse empujándose con las manos.

—No, no, para —advirtió Jota—. No hagas fuerza.

—¿Por? —A Uve se le abrieron mucho los ojos.

Entre los pies de Jota se formó otra fisura.

—No… te… muevas.

Más piedras impactaron a su alrededor, con chasquidos que mellaban la superficie del lago.

—¡Parad! —gritó Jota.

Sacudió la linterna hacia los otros en señal de alarma.

Obtuvo risas como respuesta, al tiempo que el resplandor se seguía aproximando. Resultaba difícil discernir si eran tres, cuatro o seis siluetas las que se ocultaban tras las luces.

—¿Tenéis problemitas? —preguntó la voz de Replay.

Les lanzaron otra piedra.

—¡Que paréis!

Y otra más.

—¡Parad con las putas piedras! ¡En serio! ¡Y no os acerquéis!

—¿Qué os pasa? —preguntó Barro—. ¿Que se os rompe el hielo?

El diálogo vociferado generaba eco en rincones dispares del paisaje.

—Hay que tener cuidado con lo que se hace. —Eté también estaba.

—¿No te ha dicho tu amiguito que es muy pronto para ir hasta el centro?

—Nosotros sabemos exactamente hasta dónde se puede llegar —dijo Barro—. Todavía podemos acercarnos un poco más.

El grupo continuó su avance mientras Uve permanecía inmóvil, tumbado sobre el hielo. Jota lo oyó susurrar, como quien pide un deseo, que no se acercaran más. Le iluminó el rostro con la linterna y vio que le castañeteaban los dientes, aunque no supo si era solo por el frío.

Un sonido sibilante anunció la aparición de una roca más grande que las piedras lanzadas hasta ese momento. Llegó hasta ellos deslizándose sobre el hielo, como en un siniestro lanzamiento de curling . Enseguida llegó otra. Las dos sumaron peso al área que sostenía a Jota y Uve.

—¡Que paréis, joder!

Se oyeron risas.

Y también el silbido de otra roca deslizándose hasta detenerse a escasos palmos de la cabeza de Uve.

Tres repentinos trazos en ángulo recto dibujaron una enorme fisura en el hielo.

—Levántate, Uve. —Jota cambió de estrategia—. Ya. Ahora. ¡Levántate!

Uve obedeció y se impulsó sin reservas en todos sus apoyos.

Logró ponerse a gatas.

Jota ofreció el brazo como agarre.

Uve le atrapó la manga de la sudadera.

El empujón definitivo de los pies al levantarse fue lo que acabó por quebrar el hielo a su alrededor, que se desintegró bajo su peso como si el suelo desapareciera y él cayera el vacío.

Solo que el vacío era el agua negra del lago.

Jota reculó en cuanto la mano de Uve se soltó de su manga. En los ojos asustados de su amigo pudo descifrar la decepción y el dolor de verlo alejarse, pero de nada iba a servir que se sumergieran los dos.

A Uve se lo tragaron las aguas heladas.

El grito que pegó quedó cercenado por el frío que contrajo sus pulmones.

El sonido acuático de una zambullida se mezcló con uno más contundente y material, como el de una carretilla de obra al caer.

La inestabilidad de la superficie derribó igualmente a Jota, que se alejó del agujero a rastras.

Las risas del grupo aumentaron de volumen, también aplaudieron.

—¡Ayuda, joder, se ha caído! —gritó Jota.

La angustia en la voz logró que interrumpieran la celebración e iniciaran una discusión en la que Jota escuchó que alguien sugería marcharse, otro consideró que podían meterse en una movida de las tochas y Quinto dijo que no era posible acercarse hasta el centro ni de coña, que tenían que salir todos del hielo echando hostias.

Mientras, las brazadas desesperadas de Uve salpicaban en el agua.

Jota se arrodilló y trató de acercarse a él, pero el hielo que era su suelo amenazó con hundirse. Dirigió la linterna al agujero, donde las manos de Uve intentaban sin éxito asirse a alguno de los bordes de agua congelada.

—¡Jo…, Jota! —gritó Uve entre burbujeos.

Jota se quitó la sudadera. Agarró uno de los puños y lanzó el resto de la prenda hacia el pozo oscuro, como si fuera una cuerda que ofrecer a Uve. Se quedó a mucha distancia del borde.

—¡Ayudadme! —exigió Jota sobre su hombro.

La discusión continuó en el grupo hasta que el volumen de las voces descendió y el barullo comenzó a alejarse. Jota miró hacia allá incapaz de creerlo. El resplandor regresaba de vuelta a la orilla.

—Gilipollas —masculló primero. Después, lo gritó—: ¡Gilipollas!

Se dio cuenta entonces de que solo se alejaba una linterna.

La otra se había quedado en el sitio.

Y comenzó a acercarse lentamente.

La silueta de Barro se definió en la oscuridad cuando ya casi lo tenía encima. Venía en manga corta, como se había quedado Jota, y cargaba algo voluminoso.

El hielo se balanceó bajo el peso de ambos.

Sin mediar palabra, Barro soltó la carga. Sudaderas, jerséis y chaquetas cayeron al suelo. Empezó a atar las mangas de las unas a las otras, labor a la que enseguida se unió Jota.

—No le va a pasar nada —dijo Barro.

En cuanto completaron la cadena de prendas, Jota repitió el lanzamiento que había realizado con la sudadera. Ahora sí, la soga improvisada alcanzó el roto en el hielo, donde Uve chapoteaba.

—¡Agárralo!

Las prendas se tensaron de inmediato.

Jota clavó los talones en el relieve del hielo para no ser arrastrado.

Barro tiró con fuerza manteniendo el equilibro con experimentada habilidad.

Uve emergió del agua agarrado a la manga de un jersey de uniforme estirada al máximo. Logró anclar un brazo al borde del roto y arrastrarse hielo adentro hasta una zona estable.

En cuanto Uve se encontró a salvo fuera del agua, Barro soltó la cuerda de prendas.

—Las queremos de vuelta —dijo—. Más os vale no contar nada.

Se marchó y los dejó solos.

Crujidos en el hielo acompañaron su retirada.

Jota gateó hasta Uve, a quien le tiritaba el cuerpo entero. El vaho salía de su boca en aceleradas, diminutas, bocanadas. A la luz de la linterna se le veía el rostro muy pálido, con algunos parches de piel enrojecida.

—¿Estás bien? —preguntó Jota.

Uve no respondió, la tensión en su mandíbula se lo impedía. El cuello inmovilizado apenas le permitió realizar algo parecido a un asentimiento.

—Tranquilo, tío, tranquilo.

Jota desató las prendas que seguían secas.

Le secó la cara y el pelo a Uve con una de las sudaderas.

—Vamos, tío, levanta. —Logró incorporarlo hasta sentarlo y cubrirlo con dos chaquetas. Un jersey se lo puso alrededor del cuello a modo de bufanda—. Tenemos que ir adentro.

Resbalaron varias veces en el hielo hasta que consiguieron ponerse de pie.

Jota se echó un brazo de Uve sobre los hombros para sostenerlo.

En la mano, a un lado de su cadera, llevaba la linterna.

Con la otra, arrastraba las prendas mojadas, su sudadera entre ellas.

En manga corta y mojado en algunas partes, Jota no sentía su propio frío, pero a Uve le seguía temblando el cuerpo entero.

A mitad de camino hacia la orilla, aún sobre el lago, Uve se esforzó por controlar el castañeteo de los dientes para decir algo, que no le salió muy claro.

—¿Qué? —preguntó Jota.

Uve detuvo sus pasos temblorosos.

—Es… es… toto… toy… bien —tartamudeó primero, para luego añadir—: Bum…, bumbum, bum…, bum.

Jota sonrió.

—Ha sido una pasada —dijo.