Fuegos artificiales Capítulo 48
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Capítulo 48

Uve comprobó la superficie del lago esa noche.

Y también las ocho noches siguientes.

A la novena, caminó y saltó sobre el hielo sin que este crujiera bajo los pies.

En la decimoprimera, interceptó a Jota a la salida del comedor, después de la cena, y le dijo que tenía algo que enseñarle. Le preguntó si prefería abrigarse más antes de ir.

—¿Más? —dijo Jota, como si la sudadera con cremallera que llevaba fuera una piel de oso—. El frío no existe para quienes solo creen en el calor.

Uve quería ofrecerle la mano para llevarlo, pero se aguantó las ganas y estrujó la tela interior de su bolsillo. Guio el camino a través del jardín y hasta la cancela oxidada.

—¿Dónde vamos a estas horas? Me da miedo la oscuridad.

Uve encendió la linterna con el gesto orgulloso de quien ha pensado en todo.

—Era coña, tío —aclaró Jota—. Me encanta la oscuridad, de la noche y del alma.

Uve apagó la linterna.

—No, no, pero eso déjalo encendido, no quiero estamparme contra un árbol.

Sortearon troncos y quebraron pequeñas ramas con los hombros. En el silencio de la noche tan solo se escuchaba el crujir de los pasos al compás de sus respiraciones.

—Me encanta este Uve que hace cosas inesperadas —dijo Jota cuando alcanzaron el claro de la orilla—, aunque no tenga ni idea de lo que estamos haciendo.

Uve se iluminó el rostro. Llevaba tiempo esperando poder entregarle a Jota un regalo que ahora deseaba verlo desenvolver.

—Ya puedes —le dijo con una sonrisa.

Señaló el lago con la linterna. Él miró hacia allá abriendo la sudadera con las manos en los bolsillos, ni siquiera la tenía abrochada.

—¿De verdad? —Aceptó instantáneamente la aventura ofrecida—. ¿Hasta el centro?

—Tenemos que ir con cuidado —dijo Uve—, pero creo que sí.

—¿Tenemos? ¿Tú también?

Uve asintió con ganas.

Jota lo observó en silencio.

—Eres otro. Muy diferente al chico que se me apareció aquí mismo hace unas semanas. —El cierre de la cremallera cascabeleaba mientras gesticulaba sin sacar la mano de la sudadera—. Hay menos miedo en esos ojos.

A Uve le habría encantado explicarle por qué se sentía más valiente que nunca, pero se tragó las palabras. Tan solo confirmó su osadía siendo el primero en subirse al hielo.

—¿Vienes?

Jota se situó a su lado y el peso combinado de ambos originó un crujido en la superficie.

Sonó más como el disparo de una pistola láser que como un cristal al romperse, lo cual era buena señal.

Aun así, Uve advirtió que debían permanecer atentos a medida que avanzaran.

Jota asintió, exagerando obediencia, para enseguida arrancarle la linterna de las manos.

—Si lo hacemos, lo hacemos bien —dijo y apagó la luz—, que veamos las estrellas.

A medida que sus pupilas se acostumbraron a la oscuridad, el resplandor plateado de la luna fue revelando un paisaje coloreado en una variedad de tonos negros, grisáceos y azulados.

—Ahora se ve perfecto —susurró Jota—. Ahora se ve como es de verdad.

Uve suspiró al contemplar el cielo lleno de estrellas.

Jota disimuló un escalofrío y se abrochó la sudadera hasta la barbilla.

Una primera zancada lo abrió de piernas más de lo esperado.

Uve se rio y Jota le exigió que dejara de hacerlo mientras trataba de recuperar el equilibrio.

Una vez conseguido, los dos procedieron a avanzar con pasos más precavidos.

Cautivado con lo que veía, Jota dio una vuelta completa sobre sí mismo para observar el paisaje en su totalidad.

—Es flipante —susurró.

Su aliento generó un remolino de vaho que flotó hacia el cielo.

Siguieron avanzando por la superficie helada hasta que un crujido diferente y la aparición de agua líquida preocuparon a Uve.

—Espera, para —avisó—. Hasta aquí llegamos

—No, no, no, estamos casi. —Jota alargó la mano como si pudiera tocar el centro del lago—. Esto sigue igual de firme. —Empujó el suelo con los talones—. No podemos quedarnos aquí.

Lo dijo con esas ganas suyas que anulaban cualquier opción de llevarle la contraria. Uve probó a balancear el peso del cuerpo y no hubo más crujidos. El agua a sus pies, en realidad, era muy poca. No provendría de una fisura inferior, sino que sería hielo derretido en la propia superficie.

—Lo estás deseando —añadió Jota.

Y era verdad.

Lo estaba deseando.

Así que dio otro paso adelante.

—¡Ese es mi colega! —dijo con dos aplausos.

Completaron el camino hasta el punto en el que todas las orillas se veían igual de lejanas.

—Ya estamos. —Jota levantó los brazos en el aire como en una victoria deportiva e imitó con la garganta el fragor de una ovación—. Los ganadores alcanzan el centro del lago.

Tras la celebración, a la que Uve no se sumó por timidez, los dos se miraron en silencio.

Tenían la vista tan acostumbrada a la oscuridad que el brillo lunar era suficiente para verse las caras.

Jota se humedeció los labios al tiempo que dibujaba una de sus medias sonrisas.

Uve no pudo sostener la tensión y retiró la mirada.

Fue entonces cuando se oyó la primera explosión.

—Sí, hombre, no me jodas.

Uve vio los destellos de colores en los labios de Jota antes que en el cielo.

—¡Fuegos artificiales! —gritó él—. ¿Puede este momento ser más perfecto?

Jota elevó la barbilla hacia el lugar donde brillaban las explosiones. La superficie del lago reflejó el rojo, el naranja, el verde y el amarillo de las estelas luminosas, doblando la espectacularidad de la pirotecnia.

—Serán del pueblo de al lado —supuso Uve.

Jota se tumbó en el hielo bocarriba para disfrutar aún mejor del espectáculo. Atrapó la muñeca de Uve y tiró de él hacia abajo para que hiciera lo mismo.

—Mira, mira, mira.

Señaló el cielo mientras Uve se tumbaba con reticencias. El frío del hielo atravesaba la ropa. Las explosiones no le permitían escuchar si se producían nuevos crujidos.

—Qué pasada —susurró Jota—. Vamos a recordar esto siempre.

La pólvora desplegaba en la oscuridad cometas y palmeras incandescentes.

Dientes de león multicolores. En un momento, con la naturalidad de quien tan solo busca mayor comodidad para la cabeza, Jota giró sobre el hielo hasta usar como almohada la cadera de Uve, que se olvidó del frío y de la resistencia del hielo.

—Buah, este es el mejor —dijo Jota sobre un enorme y ardiente crisantemo de pólvora que refulgía sobre ellos con un radiante brillo anaranjado.

El espectáculo siguió coloreando el paisaje hasta culminar en una traca a menor altura que tan solo alcanzó a iluminar el horizonte, pero formada por explosiones tan intensas que Uve las sintió retumbar en el estómago.

Un petardazo final resonó en todo el lago y dejó flotando una última humareda que se fue disipando en la oscuridad.

Jota aplaudió al cielo.

Aulló y vitoreó al final del espectáculo.

Se giró para hablar y su cabeza rodó sobre la anatomía de Uve.

—Ha sido impresionante —comentó apoyado ya en su pecho—. ¿Tú qué dices?

Uve tenía mucho que decir, quería decirlo todo, pero la mandíbula de Jota acomodada sobre su cuerpo de esa manera, aunque fuera únicamente para usarlo como almohada, lo enmudecía.

El silencio entre ambos, tras el estruendo de la pirotecnia, resultó abrumador.

—Los sigo oyendo —dijo entonces Jota.

—¿Cómo?

—Los fuegos artificiales.

—¿Qué?

—Que los sigo oyendo. —Jota posicionó mejor la oreja sobre el pecho de Uve—. Bum, bumbum, bum. Bum.

Su voz tradujo a fuegos artificiales el latido del corazón de Uve, que de verdad lo sintió retumbar con la intensidad de una traca final hasta explotarle por dentro en mil colores.

Jota le dedicó otra de sus sonrisas ladeadas, divertido por la reacción que debía de ver en su rostro, pero se levantó de golpe sin darle oportunidad de responder.

—¡Qué puto frío! —gritó de repente—. ¡Tengo las pelotas congeladas!

En el hielo se produjo entonces el sonido que Uve había temido escuchar, el de un cristal al romperse.

Una piedra acababa de caer cerca de ellos.