Fuegos artificiales Capítulo 47
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Capítulo 47

Desde la puerta de su habitación, Barro vio al conserje marcharse escaleras abajo. Soltó el jersey que aún no se había puesto. Le pidió a Gemelo que se quedara atento al pasillo, por si reapa recía el Búho.

—Voy para allá. —Cabeceó hacia la pared.

Acababan de repartirles la correspondencia, así que Gemelo entendió enseguida. Asumió su posición y Barro corrió al cuarto vecino con los zapatos sin atar. En el baño se oía correr el agua de varias duchas.

Encontró a Eté, Replay y Quinto apostados ya junto a la mesilla de Uve.

—¿Hay? —les preguntó.

Replay se peinó el flequillo y le enseñó una nueva carta.

—Y viene gordita —dijo palpando el sobre.

Barro se la arrebató para abrirla él.

—Qué canteo, macho, nos va a pillar. —Eté se dirigió a su habitual puesto de vigía—. ¿Cuántas llevamos? ¿Cuatro?

—Esta es la quinta. —Quinto se ajustó las gafas.

—Le parecerá muy raro que no le escriba su tío en tanto tiempo.

—Me la suda su tío —opinó Replay—. Nos estamos forrando.

—¿Y si le pregunta al Búho? —cuestionó Eté.

Barro interrumpió la apertura de la carta.

—No le va a preguntar —decidió y rasgó un lateral del sobre—. Y, si lo hace porque es un chivato de mierda, mentimos como soldados torturados. No sabemos nada y punto.

—Tendríamos que haberle dejado las cartas al menos —insistió Eté.

—Las cartas podían mencionar el dinero. —Quinto arqueó las cejas—. Se hubiera dado cuenta igual.

—Por fin alguien que piensa —apoyó Replay.

Barro extrajo el contenido del sobre, más grueso de lo habitual. Y, aunque esperaba un mayor número de billetes, enseguida descubrió que era la vez que menos dinero había.

—Joder, es porque la carta es eterna. Y hay fotos. —Barro rebuscó entre el contenido y encontró un único billete—. Qué cutre, por favor.

Replay cogió las fotografías.

—Buah, chaval, flipas —exclamó al verlas.

—¿Qué pasa?

Pasó las tres imágenes con tal cara que los demás necesitaron asomarse a mirar.

—Esperad, esperad, por orden —dijo Replay.

—¿Qué es? —preguntó Eté, impaciente, desde la puerta.

Replay volvió a la primera foto.

Mostraba a dos hombres en una playa, protegidos del sol bajo una sombrilla.

—Fardahuevos —observó Quinto sobre los bañadores que llevaban ambos.

Acostados en dos toallas, uno descansaba la cabeza en el regazo del otro. La instantánea recogía el momento en el que se pasaban una lata de cerveza.

—Parecen…

Replay avanzó a la siguiente imagen para confirmar la sospecha que ya verbalizaba Quinto.

—Maricones —completó Barro.

Miraban una segunda fotografía en la que los dos hombres se besaban en la boca rodeados de mucha otra gente con pancartas, en una manifestación.

—Ascazo, ¿eh? —dijo Replay

—Mucho. —Quinto arrugó la nariz.

La tercera foto era un retrato de la pareja sentada a la mesa de algún chiringuito. Llevaban coloridas camisetas de tirantes, el pelo aún mojado de un baño reciente.

—Hostia, y con manchas. —Barro señaló marcas oscuras en la cara y los brazos de uno de los hombres—. Qué grima, esos son los peores.

—¿Por? —preguntó Replay—. ¿Qué son las manchas?

—¿Tú no ves la tele? Sida, tío. Eso les sale a los sidosos.

—¿Qué dices? —Replay desechó las fotografías sobre la cama, como si quemaran—. Que las habrán tocado ellos.

Desde la puerta, Eté exigió saber qué veían.

Quinto pellizcó la foto por una esquina.

Ajustó sus gafas para observarla con morboso interés.

—Qué fuerte. Y el otro ahí abrazándolo como si nada.

—Por eso lo pillan todos.

—¿Cuál será el tío? —preguntó Replay—. El manchado, fijo.

—Tú qué sabes. —Barro se metió el único billete en el bolsillo del pantalón y tiró la carta manuscrita sobre las fotografías—. Rompedlo todo.

—Yo no toco eso. —Replay se separó de la cama.

—Daos prisa —intervino Eté—, ya no oigo duchas.

Quinto rompió las hojas escritas. Sus manos parecieron dudar un instante antes de rasgar las fotografías, pero acabó rompiéndolas de igual forma. Llevó el montón de trozos a la papelera más alejada de la cama de Uve y allí los desechó.

Aún revolvía el contenido del cubo cuando Supermario entró en la habitación y lo vio con el brazo metido en la basura.

—¿Otra? —preguntó con gesto de reprobación.

—Tú no has visto nada —lo amenazó Barro.

—¿Vais a comprar mi silencio con parte de ese dinero sucio?

—Ya veremos —contestó Barro—. Pero no te recomiendo hablar.

—Viene, viene, viene —avisó Eté.