Capítulo 45
Uve olió el humo del tabaco antes de ver a Jota. Lo encontró sentado en los escalones de piedra del jardín, ent re los parterres, el mismo lugar donde le devolvió el walkman aquella noche y que habían convertido en punto de encuentro habitual para charlas nocturnas después de la cena.
—¿Por qué vienes por ese lado? —preguntó Jota quitándose los auriculares.
—Estaba dando un paseo. —Uve no quiso decirle que regresaba de comprobar el hielo en el lago.
—Pues el Búho estará a punto de silbar.
En pocas semanas, Jota se había acostumbrado a las rutinas del internado.
Uve se sentó a su lado en el escalón. Ese enclave hacía que pensara en ellos como las dos figuras aisladas del cuadro de Escher que le envío su tío, que de alguna manera habían acabado compartiendo escalera.
—¿Qué pasa? —Jota expulsó una bocanada de humo—. No hablas.
Hacía tiempo que Uve quería volver a preguntarle por lo de su madre, confesarle que en realidad sí había escuchado lo que Barro le dijo antes del cabezazo y hacerle saber que incluso conocía el porqué del comentario, pero no había logrado encontrar el momento. Esa noche se había prometido hacerlo.
—El día de la pelea… —comenzó.
—¿Qué pelea?
—En el comedor. Con Barro.
Jota dio una profunda calada al cigarrillo y miró al frente, evidenciando lo poco que le interesaba el tema. Uve se aclaró la voz. Le contó lo que había escuchado y lo que Barro le había desvelado sobre su madre.
—Lo siento mucho —susurró Uve con una tenue bocanada de vaho—. Cuando me dijiste que había muerto…, no imaginé que hubiera sido así.
Jota dejó caer la cabeza y se quedó mirando al suelo.
Lanzó lejos la colilla encendida.
—¿Le preguntaste a él antes que a mí?
—Claro que no. Te lo pregunté a ti antes. —Le recordó que lo había hecho en esas mismas escaleras—. Y cambiaste de tema.
—Cada vez tarda menos. —Jota sacudió la cabeza, aún dirigida al suelo—.
Ni un mes aguanto en los internados sin que se entere todo el mundo, por mucho que se lo pidamos a los directores y a quien sea.
Y entonces empezáis todos a mirarme diferente y a tratarme con pena.
A buscar explicaciones de por qué soy como soy o a decirme chorradas varias, como el de la enfermería. Hacéis todos lo mismo.
A Uve le molestó que lo incluyera en ese plural.
Jota elevó la cara para mirarlo.
—¿Ves? Tú también —le dijo—. Quita esa pena de los ojos. Si tampoco es tan raro que se muera una madre, no sé. Le dais una importancia…
—No es tan raro, pero no…, no ocurre así, de esa forma tan…, como le pasó.
—Atropellada —sentenció Jota—. Dilo, con todas las letras, que pareces mi padre.
Atropellada en un cruce por un mierda que la dejó tirada.
Que no buscó ni una cabina para pedir ayuda y que dejó agonizando a una mujer para no meterse en líos él.
—Jota hablaba en un tono frío con el que pretendía distanciarse de la tragedia, pero no pudo evitar que se le fuera espesando la saliva—.
Mi padre se torturaba con el pensamiento de que no perdió solo a una mujer, sino también a un hijo. Su otro hijo.
—¿Cómo?
—¿Eso no te lo ha contado el gilipollas?
Uve negó con la cabeza.
—Mi madre estaba… —Jota dibujó en el aire una tripa abultada—.
Mi padre lo llamaba su hijo, mi hermano.
Es como si le encantara sufrir pensando que la pérdida fue mayor, cuando era una persona que nunca existió.
Pero él cree que al menos al niño podrían haberlo salvado.
Y a lo mejor tiene razón, si ese cabrón hubiera parado a tiempo para llamar a alguien.
—¿Cuánto…?
—Ocho meses. —Jota movió la mandíbula en una extraña mueca—. Ahora te da más pena todavía, ¿eh? Ocho meses, casi un bebé. Os encanta escucharlo.
—Que no me hables en plural —soltó Uve—. Que no pienso nada de lo que me dices. Lo único que quiero es conocer tu historia para conocerte a ti.
La velada declaración contenida en esas palabras impuso un denso silencio del que Jota huyó al bolsillo interior de su cazadora.
—Fue una putada —continuó Jota mientras sacaba otro cigarro—. Pero me gustaría que fuera mi putada, mi tragedia, no que se la apropie la gente para compadecerme cuando en el fondo les da completamente igual.
—¿Cuántos años tenías tú?
—Doce —susurró Jota—. Doce «añitos», como me decía la gente para que sonara más triste aún. Igual que me decían «y tan cerca de casa», como si eso cambiara algo. Como si de haberse matado a cien kilómetros me hubiera importado menos.
—¿Al conductor lo encontraron?
Jota usó el mechero, dio dos caladas cortas al cigarrillo. Expulsó el humo entre los dientes apretados con una rabia que evidenció que la respuesta iba a ser negativa. Después se quedó mirando a la oscuridad más allá del jardín, masajeándose la palma de una mano con el pulgar de la otra.
—Perdona… —Uve lamentó haberlo preguntado.
Jota sacudió la cabeza para restarle gravedad, pero sus ojos brillaron, enrojecidos. Tragó saliva.
—No lo encontraron, no —contestó por fin—.
Dejó a mi madre ahí tirada y desapareció sin más.
Una zona de chalets enormes, cada uno a su bola.
Nadie vio una mierda. Y ni todos los contactos de mi padre sirvieron para nada.
Hasta que no inventen cámaras para las carreteras va a ser muy difícil pillar a la gente que huye de estas cosas.
Me quedé sin madre, sin hermano —esa palabra la acompañó con comillas aéreas—, sin casa y casi sin padre.
Desde entonces, como dice que no puede encargarse de mí, se inventó esto de ir dejándome en internados. ¿Ya? ¿Contento? ¿Alguna pregunta más?
Uve negó con la cabeza en el mismo momento en que el silbido del conserje recorrió el jardín.
—Hoy me apetecía que silbara el pesado ese. —Jota apagó el cigarrillo por la mitad, frotando la brasa contra la piedra, y lo devolvió a la cajetilla—. Que esto parece un funeral.
Uve tensó el cuello sin saber cómo reaccionar. El comentario había sonado a chiste, pero reír le pareció inapropiado. Entonces el característico silbido de dientes de Jota inició una carcajada a la que acabó por unirse.