Capítulo 43
El timbre había sonado hacía unos minutos.
Uve entró al almacén justo después de Barro.
—Joder, qué susto —dijo él cuando una sombra delató su presencia.
Barro devolvía el balón al almacén después del recreo.
Era un espacio oscuro y polvoriento, con un casquillo sin bombilla que colgaba del techo agrietado.
Colchonetas, pelotas y otros materiales deportivo s conferían un aroma sintético al espacio, en el que también se amontonaban viejos pupitres, una pizarra y dos conos de tráfico.
Una mesa larga con tres cajas de las que sobresalían mangas de varias prendas había sido rotulada con un folio pegado a la pared: «Objetos perdidos».
—No sé nada —respondió Barro a una pregunta que aún no le habían formulado.
—¿Cómo? —preguntó Uve.
—Que a mí no me preguntes, no sé nada.
El balón que había dejado en la estantería metálica rodó de vuelta al suelo. Lo recuperó sin agacharse, solo con un hábil juego de pies.
—Si no te he dicho nada.
—Ya, pero te veo venir. —Barro dedicó una atención excesiva a la pelota, como si huyera de la mirada de Uve—. Y yo ni siquiera estoy en tu habitación.
Uve no sabía de qué le hablaba.
Ante su prolongado silencio, algo cambió en la actitud de Barro.
—¿A qué venías? —interrogó.
—Quería preguntarte una cosa.
—¿Sobre qué?
—Sobre Jota.
A Barro se le redondearon los ojos, que por fin miraron a Uve.
—Claro, claro, lo que me imaginaba. —El balón en el estante rodó hacia fuera una vez más. Barro lo atrapó en el aire y repitió con más seguridad la frase que había soltado antes a la defensiva—: Pero no sé nada. Y menos de tu guardaespaldas.
—Es sobre lo que le dijiste el otro día. —Uve apoyó una mano en el armazón sin tapa de un plinto—. En el comedor.
—¿Qué pasa? ¿No te lo cuenta todo? Pensaba que erais superamiguitos.
Movió los dedos a la altura de los hombros.
—¿Por qué le dijiste eso?
—¿El qué?
—Lo de su madre. Antes del cabezazo.
—Pero si lo comenta todo el mundo, no me jodas. ¿No te has enterado?
Uve negó con la cabeza. No creyó necesario explicarle a Barro que él no hablaba con todo el mundo.
—A ver, ¿tú qué oíste? ¿Y por qué te importa?
—Le dijiste que… —Uve bajó la voz—. Que habían matado a su madre.
—¿Y por qué pones esa cara? —Barro raspó su paladar con desprecio—. Ni que fuera la tuya.
—Pero ¿es verdad?
—Que sí, hostia.
Uve descolgó la cabeza hacia delante.
—¿La asesinaron? —susurró.
—Anda ya, no te flipes. Solo la atropellaron.
Pero, como era mujer de un militar, pues fue noticia y tal.
—Barro usó unas latas de pintura para aprisionar la pelota en el estante—.
En la biblioteca hay un periódico antiguo con la noticia, lo encontró Replay.
Sale hasta tu amiguito en una foto, en plan niño.
Se ha puesto fuerte, pero antes era un mico.
A Uve le costó entender que Barro hubiera usado esa tragedia para atacarlo en una simple pelea de colegio.
—¿Y te parece normal soltarle eso así, a la cara?
—¿Te parece normal a ti que me agarrara como me agarró en el comedor, delante de todo el mundo?
—Barro empujó a Uve para dirigirlo fuera del almacén.
Cerró la puerta como si el espacio le perteneciera—.
Aunque la culpa fue tuya por irle con el cuento.
Estás tú muy chivato desde que tienes guardaespaldas.
Los dos entornaron los ojos al regresar a la luz exterior.
Dentro, el balón volvió a liberarse de su prisión de latas y lo oyeron botar contra el suelo y los trastos, pero a Barro ya no le importó.
—En el fondo me da pena por él —añadió sobre Jota—. Podría estar con nosotros y ha elegido al más pringado como único amigo.
Sin esperar respuesta, inició una carrera explosiva hacia sus amigos, que regresaban a las clases tras el recreo.
Antes de que anocheciera, cuando el horizonte era todavía de color azul oscuro, Uve atravesó la cancela oxidada, los árboles.
En la orilla del lago, probó a tocar el hielo con la punta del zapato. Lo consideró lo suficientemente firme como para subirse a él, pero el sordo crujido acuático que se produjo bajo los pies sirvió de advertencia.
Uve retrocedió a tierra firme.
Aún era pronto.