Capítulo 42
El conserje le preguntó a Barro qué hacía en esa habitación y todavía en toalla.
—Antes del desayuno no quiero líos, no me jodáis —añadió—. Luego haced lo que queráis, que yo ya estaré en mi casa.
—He venido a pedir una camiseta interior —respondió Barro—, no me quedan limpias.
—¿Por qué ser á? —El conserje sacudió la mano frente a su entrepierna hasta imitar una salpicadura dirigida al pecho.
Replay, Eté, Quinto y Supermario, a medio vestir tras la ducha mañanera, se rieron con ganas.
El conserje le lanzó una carta a Barro como si fuera un frisbi.
Para cogerla, tuvo que soltar la toalla de su cintura.
—Tápate, cerdo —dijo el Búho.
—Pues no me tires así las cartas —respondió Barro, desnudo en mitad de la habitación—. ¿O era un truco para vérmela?
Batió la cintura hasta hacer el ruido de un aplauso sin manos. El conserje exageró una arcada y el volumen de las risas en la habitación aumentó mientras terminaba de repartir la correspondencia al resto.
—Haz el favor de usar desodorante —le dijo a Quinto—, que ya no eres un crío. Y tú —se dirigió a Supermario y le entregó un sobre de correo aéreo—, o te afeitas de una vez esos cuatro pelos que tienes por bigote, o te los arranco a tirones, que da asco verlos.
La carta que le quedaba la dejó en la mesilla de Uve.
—Siempre el último en la ducha… —Encajó el sobre entre la pared y la base de la lámpara. Antes de abandonar la habitación, gritó a traición para asustarlos—: ¡Ocho minutos para el desayuno!
En cuanto el conserje se marchó, Barro chistó a los demás. Señaló con la barbilla la carta de Uve y, con un movimiento de cabeza, mandó a Eté a vigilar a la puerta de la habitación. Todos entendieron el plan.
Replay se subió el flequillo con el pulgar, dispuesto a colaborar.
Quinto, como había hecho Barro, soltó su propia carta.
Supermario se sentó en su cama para calzarse, sin ánimo de participar.
—Venga, que no está —informó Eté desde el umbral.
Barro alcanzó la mesilla de Uve y se hizo con el sobre, uno de tamaño normal. Lo palpó por las esquinas y el centro.
—Joder, no sé si tiene.
—Siempre tiene. —Replay trató de arrebatárselo.
—A veces, no —dijo Quinto poniéndose las gafas—. Ábrelo y ya está.
Un chistido de Eté los alertó.
—Viene, viene, viene.
Todos se quedaron paralizados un instante, sin saber qué hacer.
Replay arrancó la carta de las manos de Barro, que no tenía dónde ocultarla, y se la escondió bajo la camisa del uniforme.
El grupo se desperdigó por la habitación conteniendo la risa justo antes de que entrara Uve, que regresaba de la ducha ya prácticamente vestido, como siempre.
Barro vio cómo se fijaba en el sobre de correo aéreo que Supermario había dejado a un lado para atarse los cordones.
Los ojos de Uve viajaron también a las otras cartas sobre las mesillas y las sábanas de los demás, lo que evidenciaba que el conserje había repartido ya la correspondencia.
Uve miró enseguida su mesilla y comprobó que no tenía carta.
Supermario negó con la cabeza mientras terminaba de atarse los zapatos.
—¡Un minuto para el desayuno! —gritó Barro, al estilo del conserje.
Intercambió un guiño con los otros y todos esperaron a que Uve fuera el primero en abandonar la habitación.
Inmediatamente, Eté retomó su posición de vigía en la puerta.
—Vía libre —informó pasados unos segundos.
Replay sacó el sobre de Uve de debajo de su camisa.
Ensartó el pulgar en la solapa y la rasgó a lo largo sin ningún cuidado.
Entre los blancos pliegues del papel de carta resultaron visibles los colores de varios billetes.
—Os lo dije —susurró Replay.
—Somos ricos.
Barro quiso pescar el dinero, pero Replay apretó el sobre para impedírselo.
Se ganó con ello una colleja que hizo reír a Eté.
—Yo dirijo el golpe, yo administro el botín. —Barro extrajo los tres billetes y los mostró como si fuera una jugada ganadora de naipes—. Esto va a mi caja fuerte. Ya repartiremos. Nos vamos a forrar.
Replay devolvió la carta, claramente abierta, a la mesilla de Uve.
—Bah, chaval, qué canteo —dijo Eté—. Si además ya ha visto que no tenía carta.
—No la dejes ahí, hombre, que se va a dar cuenta —añadió Barro.
—¿Y nos importa? —Replay arqueó las cejas.
Los otros lo dudaron un instante.
—Sí, cógela —decidió Barro—, básicamente porque se va a chivar, como el otro día en el comedor. Está menos enrollado últimamente.
—¡Que vuelve! —avisó Eté—. ¿Por qué vuelve?
Replay tenía ya el sobre en las manos otra vez.
—¿Qué hago?
Cada uno le hizo señas diferentes, contradictorias.
—Está casi aquí —susurró Eté.
Replay le pasó la carta a Barro para desentenderse del problema.
Él, en toalla y sin tener dónde guardarla, acabó por romperla.
—Cómo os pasáis —dijo Supermario.
Los otros amortiguaron risas en la mano.
Barro apretó los billetes en un puño y tiró la carta hecha pedazos a una de las papeleras de la habitación. Revolvió el contenido justo en el momento en que Uve regresaba al cuarto.
—Hay dónuts —anunció para compartir con todos la buena noticia—. Y de chocolate.
Cogió el reloj que se había olvidado sobre la cama, se lo abrochó en la muñeca y se marchó de nuevo.
Los autores del robo se miraron con una sonrisa.
—Si es que somos la hostia —exclamó Replay.
Buscaron también la complicidad de Supermario, que se marchó sin decir nada.
—Joder, y ahora voy a llegar el último a los putos dónuts, ¡que sigo en pelotas! —gritó Barro de camino a la puerta—. ¡Como os los acabéis, os mato a todos!