Capítulo 41
Uve esperó medio oculto tras el árbol.
Notaba la corteza húmeda en las manos.
Hojas secas crujían bajo los pies cada vez que cambiaba de posición.
Vigilaba la salida lateral del colegio, la que permanecía abierta después de las clases para que los alumnos internos accedieran al comedor en el horario de cena.
Sin los «hogareños», lo usaban muchos menos estudiantes que al mediodía y algunos se presentaban ya con el pijama puesto, convirtiendo el espacio en una extensión de las casas en las que vivían.
Además, a esas horas sí les dejaban encender la televisión anclada a la pared que permanecía apagada en horario escolar.
Uve había cenado expectante ante la aparición de Jota.
Pero, cuando él llegó, tan solo lo miró desde lejos y eligió otra mesa para sentarse.
Uve supo entonces que se habría creído la versión de Barro y la sola idea de que Jota pudiera pensar que se había inventado lo del tubo de ensayo le cortó el apetito.
Quiso acercarse en ese momento a aclarar las cosas, pero prefirió hacerlo sin miradas ni bisbiseos de los demás.
Por eso lo esperaba a la salida, a cierta distancia, medio escondido tras el tronco de uno de los árboles desnudos en el terreno.
Varios compañeros salieron empujándose, desafiándose en carreras hasta la casa.
En el resplandor de las farolas resultó visible el aliento de los corredores, convertido en fugaces nubes de vaho.
Otros alumnos saltaron los cuatro escalones que había nada más salir del comedor, alguno bajó deslizándose por la barandilla.
Por fin, salió Jota, casi el último.
Se abrochó la cazadora hasta arriba.
Uve lo vio bajar los escalones sin prisa y caminar igual de tranquilo por una de las sendas que llevaba a las casas.
Nervios de último minuto mantuvieron a Uve anclado al árbol.
Temía encontrar a Jota más enfadado de lo que esperaba.
Solo cuando se alejó tanto que casi alcanzaba la residencia reunió el valor suficiente de ir a por él.
Para su sorpresa, Jota no se dirigió a la puerta trasera que daba acceso a la cocina de la casa, sino que se desvió en sentido contrario, al terreno ajardinado. Se sentó en un par de escalones de piedra que había en un desnivel, entre parterres.
El crujido de una hoja delató la llegada de Uve.
Jota se volteó con un sobresalto y una mano escondida en el bolsillo interior de su cazadora, pero se relajó enseguida.
—¿Cogiste mi walkman? —le preguntó sin más, como si hubiera estado esperando su aparición—. Dime que lo has cogido y que no tengo que pedírselo a ningún profesor.
A Uve le alivió que no pareciera tan enfadado.
Asintió a la pregunta y le mostró la mochila donde lo llevaba.
—Menos mal —dijo él.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué te han hecho?
—Nada. —Jota lo invitó a sentarse con una palmada en el escalón—. Secuestrarme en un despacho para preguntarme qué pretendo conseguir con esta actitud y darme tiempo para pensar y mierdas de esas… Como si me conocieran.
Uve sintió el frío de la piedra a través del pantalón. La mochila la dejó entre los pies. Iba a preguntarle a Jota por lo que Barro le había dicho justo antes del cabezazo, pero prefirió no desvelar, de primeras, que él también lo había oído.
—¿Por qué volviste a pegarle?
Jota desvió la mirada hacia sus manos entrelazadas.
—Porque no había acabado con él. Se habían pasado contigo. O eso creí, al menos.
—Te dijo algo —insistió Uve—. Fue por otra cosa.
—Déjalo, en serio. —Los ojos de Jota regresaron a él, afilados—. A mí lo que más me jode de todo esto es la bola que me contaste. No te habían echado nada. Ni siquiera entiendo por qué…
—Me lo echaron —interrumpió Uve—. En serio.
—Pero si el gilipollas se lo comió sin miedo. Y no le pasó nada.
Uve ofreció la explicación a la que había llegado él mismo: en el tubo de ensayo había solo agua. La intención de la broma no había sido que tragara nada del laboratorio, sino solo asustarlo y joderle la comida.
—Pues me parece casi más chungo y retorcido —dijo Jota—. Inteligente, por otra parte, eso hay que reconocerlo. Pero menudos gilipollas. Al pelirrojo es que lo odio, te lo juro.
Uve se quedó embelesado por el vaho que desprendía la boca de Jota, su aliento convertido en vapor. Un escalofrío le ascendió por la espalda y sacudió los hombros.
—Si no hace tanto frío —observó Jota al verlo estremecerse.
Uve contradijo con un asentimiento y se frotó las manos para calentarlas.
Jota se las tocó con un dedo.
—Las tienes heladas.
Se rio al verlo tiritar una vez más, sin saber que ese nuevo temblor de Uve nada tenía que ver con el frío, sino con un prodigioso remolino que podría salírsele por los ojos en forma de luz. Ajeno a la turbación de Uve, Jota expulsó un par de bocanadas de vaho que flotaron hacia una farola.
—¿Sale mucho? —preguntó—. ¿Parece humo?
—Sí.
—Perfecto.
Del bolsillo interior de su cazadora, sacó un paquete de tabaco.
—No se puede fumar aquí —avisó Uve.
—¿Acaso podemos hacer algo?
Jota encendió un cigarrillo con mechero y dio una profunda calada que expulsó en una mezcla de humo y vaho. Agitó la cajetilla para que asomara otro cigarro que le ofreció a Uve. Aunque tenía ganas de decirle que sí a todo, lo rechazó con una sacudida de cabeza.
—No fumo —dijo como si lo hubiera decidido alguna vez.
—Ya conseguiré que lo pruebes.
Uve quiso robarle el cigarro y fumárselo ahí mismo, por mucho asco que le diera el olor.
Jota curvó una comisura de la boca como si pudiera descifrar sus deseos contradictorios y disfrutara de verlo confundido.
Alargó una mirada silenciosa hasta que Uve no pudo sostenerla y escapó con los ojos al jardín.
—¿Me vas a devolver el walkman o no? —preguntó Jota.
Uve lo sacó de la mochila. Se lo entregó con vergüenza, temiendo que pudiera notar cómo había acariciado el cable o rozado la diadema con la boca.
—¿Te ha gustado la cinta?
—Qué va, no, ¿por? O sea, no sé. —Uve soltó las palabras sin pensar—. Es que no la he oído. Vamos, que no me ha dado…, esto…, tiempo.
—Te acabo de decir que me jode mucho que me mientan. —La brasa del cigarrillo brilló de un color naranja similar al de la espuma de los auriculares—. ¿No le diste ni por curiosidad?
Jota soltó el humo a la vez que las palabras.
—Una —concedió Uve, a quien el tabaco empezó a olerle bien—. Escuché una canción.
Jota celebró tener razón con otra leve sonrisa.
—¿Y te gustó? ¿La conocías?
Ante la negativa de Uve, sacó algo de un bolsillo lateral de la cazadora. Era la funda del casete, la cual abrió para desplegar el libreto. Buscó la mejor iluminación de la farola para mostrarle a Uve una fotografía del grupo.
—Canta ella. —Puso el pulgar junto a la chica rubia que encabezaba la banda—.
Te juro que me parece la tía más buena del mundo.
Pillé una vez el videoclip en la tele y, si lo ves, te pones cachondo.
Salía como con ropa blanca y el pelo así en la cara…
Uf, me pongo malo. Era en este plan. —Señaló otra imagen en una esquina del libreto—. A esta le he dado uso… Ya me entiendes.
Buscó la complicidad de Uve clavándole un codo.
Él forzó una sonrisa mientras el enérgico remolino luminoso en su interior se apagaba al entender lo que eso revelaba sobre Jota.
—Es muy guapa —dijo Uve.
—Pero es que además molan las canciones, en serio.
La única que había escuchado Uve resonó ahora, desafinada, en su cabeza.
Un agudo silbido perforó la oscuridad.
Provenía de las casas.
—Es el Búho —avisó Uve—. Que entremos.
—Ah, ¿que también silba como una alarma?
Jota disipó con una mano el humo expulsado y apagó el cigarrillo en la piedra.