Capítulo 40
Uve entró al baño antes de llegar a su habitación.
Lo encontró vacío.
Se encerró en un retrete, usó el váter tapado como asiento y abrazó la mochila contra su pecho. Antes de abrirla, trató de calmar la anticipación que le aceleraba la respiración.
Agarró el tirador.
Recorrió la cremallera eslabón a eslabón.
Contuvo el aliento mientras sacaba el walkman del interior de la mochila.
Lo apoyó en el regazo incapaz de creer que los auriculares de espuma naranja que había visto en las orejas de Jota, o colgando de su nuca, descansaran ahora sobre las piernas.
Acarició la diadema y se la imaginó perdida, por las noches, entre sus sábanas, junto a sus piernas o sobre su almohada, después de que se quedara dormido escuchando música.
Desenredó el cable como si desentrañara algún misterio.
El corazón le latió en el pecho a un ritmo desconocido mientras aproximaba la diadema a su nariz.
A propósito, dejó que le rozara los labios y no reprimió las ganas de inspirar en la espuma naranja.
El olor impregnado de la colonia de Jota lo asomó a la idea de una vida que desconocía, pero ansiaba.
Algunas sospechas que Uve aún albergaba sobre sí mismo se transformaron en una verdad tan aplastante que tuvo ganas de llorar, de miedo y de felicidad. Por primera vez, se sintió en el centro de su propio mundo.
Uve se puso los auriculares.
Presionó Play en el walkman para descubrir qué escuchaba Jota y a qué sonaba el futuro.
Se dejó arrastrar por la voz suplicante de quien cantaba y por la nocturnidad de un sonido que lo transportó, de la mano imaginada de Jota, a un paisaje urbano de semáforos, carteles y chaquetas de cuero de una gran ciudad que no conocía, pero en la que todo era posible y en la que…
Golpes atronadores interrumpieron la música y la ensoñación. Uve se quitó los auriculares y regresó al baño del internado, donde alguien aporreaba la puerta de su retrete.
Vio tres pares de zapatos bajo la puerta.
A toda prisa escondió el walkman en la mochila, como si cualquiera que lo viera pudiera descubrir la verdad que sobre sí mismo le había revelado.
—Que si quieres tu regalo o no —dijo Barro.
—No. —Uve cerró la cremallera de un tirón.
—Pues aquí lo tienes.
Un rollo de papel higiénico entró por el espacio superior de la puerta y cayó con un impacto húmedo junto a los zapatos de Uve.
Estaba amarillo y completamente empapado, como si lo hubieran sumergido en el agua de un váter después de que lo usara alguno de ellos, o quizá los tres, que se marcharon corriendo del baño entre risas.