Capítulo 39
En la puerta de la enfermería, Jota encontró a un señor mayor que ya se marchaba, con bigote grueso y blanco como de explorador antiguo.
—Doctor Livingstone, supongo —le dijo.
—¿Cóm o?
Jota se rio para sí mismo, pero no se explicó. Sus referencias eran para quienes las entendieran.
El señor se tocó la oreja.
—Es que no oigo.
—Soy el de la ceja —se presentó Jota como si lo repitiera—. Creo que avisaron de que bajaría.
—El de la pelea, ya. ¿Cómo tardas tanto en venir? Un poco más y no me encuentras. El de la nariz estuvo aquí hace horas.
—Me han secuestrado en el despacho del director. ¿Se la rompí?
El señor ladeó la oreja.
—Que si le rompí la nariz al otro.
—¿Eso querías?
El doctor Livingstone se puso de puntillas y gimió con una mano en las lumbares.
El otro brazo lo extendió para coger algo escondido sobre el foco en la pared que había encima de la puerta.
De allí bajó la llave con la que abrió la puerta de la enfermería.
Invitó a pasar a Jota y ambos sortearon columnas de cajas que acaparaban demasiado espacio de la estrecha sala.
—Todos los primeros de mes ocurre lo mismo.
Hay gente que confunde internado con orfanato y nos llegan donaciones de medicamentos como si todos vosotros fuerais huérfanos enfermos de tuberculosis.
—Sacó un envase al azar de una de las cajas y soltó un ronquido de incredulidad al descubrir lo que era—.
Ni que estuviera yo aquí amputando piernas como en un hospital de campaña.
Si lo máximo que veo son narices que sangran, dientes rotos y brechas de estas.
—Le señaló la camilla a Jota, inutilizada con más paquetes—. Suerte que no te tienes que tumbar.
Jota apoyó el trasero en el borde de la camilla, cuya esquina desgarrada dejaba ver el relleno de espuma. El señor encendió un foco potente y, de su rebeca de lana, sacó unas gafas para examinar la ceja.
—Esto no es nada —dijo como si le decepcionara—. ¿Te dejó de sangrar después de presionar un rato?
Jota asintió. Gorbachov le había dado un pañuelo mientras lo sacaba a empujones del comedor.
Sentado en secretaría, mantuvo apretada la tela contra la herida hasta que apareció el director.
Antes de que entrara al despacho, el profesor hizo amago de recuperar su pañuelo, pero, con gesto de desagrado, acabó por decirle que se lo quedara.
—¿Te la han desinfectado?
—No me han hecho nada. Solo echarme broncas y sermones. Y llevo aquí dos días.
—Eres el nuevo…
Al caer en la cuenta de quién era Jota, el doctor Livingstone suavizó la voz y le masajeó el hombro de la misma manera que se lo habían masajeado anteriormente otros tantos adultos de ojos llorosos y gesto apenado para decirle palabras vacías que no le ayudaban en nada.
—Cuando la vida se porta mal contigo, maltratarla de vuelta no es la respuesta. —El señor cogió un bote rojo de un botiquín de pared mientras hablaba como si compartiera valiosa sabiduría—. Es mucho mejor perdonarla.
Jota habría puesto los ojos en blanco, pero se limitó a asentir. Era la manera más rápida de callar a esa gente que le daba consejos sin que los hubiera pedido.
—Las heridas hay que cuidarlas. —El señor aplicó mercromina a la brecha con un algodón, muy consciente del doble sentido que adquirían sus palabras—. No sanan solas.
La gravedad con la que entonaba pensamientos tan básicos le dio a Jota ganas de reír.
Sobre todo porque, en realidad, las heridas sí sanaban solas.
El cuerpo disponía de mecanismos suficientes de cicatrización y regeneración, los que permitieron al ser humano sobrevivir a sus heridas durante siglos, mucho antes de que existiera la medicina.
Si ese señor era médico o algo parecido, debería saberlo.
—Relaja la frente, que se te arruga la ceja.
Jota se esforzó por mantener la compostura.
—Y no estés enfadado con el mundo —susurró el señor—, por injusto que parezca.
Jota se incorporó de golpe. O salía de ahí ahora mismo, o le iba a acabar contestando algo que lo mandaría de nuevo al despacho del director.
—Ya está desinfectada, ¿no?
—Si escuece, se está curando. —El señor mantuvo el tono solemne de adulto sabelotodo con el que pretendía convertir la brecha en una metáfora de algo más grande para seguir dándole consejos en clave—. Deja que duela. Deja que cure.
Jota se dio golpecitos con un dedo en la brecha.
—Si es que no me duele.
El portazo al marcharse hizo titilar un fluorescente en el pasillo.