Fuegos artificiales Capítulo 38
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Capítulo 38

Uve le preguntó qué tal se encontraba hoy a la señora del comedor, que le sirvió carne en salsa y puré de patata en cada compartimento de la bandeja. Ella le respondió que iba mejorando, que muchas gracias por preguntar. Uve completó su menú con un vaso de agua y un yogur.

Se sentó junto a dos chicos de un curso inferior con los que también hablaba a veces en el patio, pero ellos terminaban de comer y se marcharon poco después de que Uve comenzara.

En cuanto lo dejaron solo, Barro apareció en una silla frente a él, igual que había hecho en el desayuno del día anterior.

—¿Te vas a comer eso? —le preguntó con la nariz arrugada.

Uve se fijó en que Eté, Latas, Replay y los demás observaban desde la cola de las bandejas. Asintió a la pregunta, a él sí le gustaba la comida del colegio. De la manga, donde lo traía escondido, Barro sacó un tubo de ensayo.

—Cogí un regalito del laboratorio esta mañana —susurró.

Destapó el corcho y vació el líquido sobre la bandeja de Uve.

Hubo risas en la cola.

—¿Te lo vas a comer? —Barro usó el tenedor de Uve para mezclar el líquido transparente con la comida—. ¿Seguro?

Dejó clavado el cubierto en el montón de puré como si fuera la bandera de alguna conquista y se marchó empujando la mesa al levantarse del banco.

Se oyeron choques de manos en la cola. Uve miró a la mesa donde comían Gorbachov y otros profesores.

Ajenos a los alumnos, conversaban entre ellos con enérgicos aspavientos mientras una profesora que llevaba las gafas colgando del cuello servía vino en los vasos para el agua.

Las patas del banco volvieron a chirriar.

Una bandeja se apoyó en la mesa.

Y, a continuación, un walkman.

—Lo dijo Bruce Lee y es una filosofía de vida sobre fluir y adaptarse a lo que venga, sin resistencia.

Como hace el agua. —Jota se sentó con un menú igual al de Uve, pero con una manzana de postre.

Ante el silencio que obtuvo como respuesta, aclaró—: Lo que te dije antes, lo de be water, my friend .

Sé reconocer una buena filosofía, aunque venga de un karateka, pero para mí es un enfoque taoísta que no me convence del todo.

Yo soy más absurdista, de Camus, el mito de Sísifo, todo eso. ¿Tú?

Uve se quedó mirándolo sin parpadear.

—No tienes ni idea —continuó Jota—. Como la mayor parte de la gente, que vivís sin significaros.

Pero diría que eres… —Entornó los ojos como si realizara un examen científico—.

Eres un poco como el agua de Bruce Lee, pero mal entendido.

Obediente y sumiso como un cauce artificial. Típico de autoritaristas.

—Soy capricornio —respondió Uve.

Jota acababa de beber agua y a punto estuvo de pulverizarla entre los labios.

—Esa ha sido buena —afirmó cuando consiguió tragar—. ¿Qué más da todo? Tú eres capricornio y las bombillas brillan.

Jota comió con hambre. Dio varios bocados, paseando el tenedor sin descanso entre el puré y la carne. Uve destapó su yogur, lo único que aún podía comerse. Después de ver lo que ese ácido había hecho al papel de aluminio ni siquiera se atrevería a tocar la comida.

—¿Ya estás con el postre? ¿Y todo eso? —observó Jota sobre su bandeja—. ¿Lo vas a dejar?

Uve se limitó a asentir.

—¿En serio? Si no has comido nada.

—No tengo hambre.

—Pues dame a mí, que tengo mucha.

Jota atacó la bandeja con su tenedor, pero Uve la deslizó a un lado para que no la alcanzara.

—¿Qué haces? —Jota estiró aún más el brazo—. No seas rata. La van a tirar si no te la comes.

Uve empujó más lejos la bandeja.

—Pero, tío, para.

Desde otra mesa llegaron unas risas.

Jota giró el cuello hacia allá.

—¿Y a esos gilipollas qué les pasa ahora?

Barro los miraba de vuelta y comentó algo con Gemelo, Quinto y el resto. Se habían juntado todos los de las habitaciones en una misma mesa, excepto Supermario y Jackson, que en horario de clases solían irse con otra gente.

Jota se volvió y miró la bandeja que Uve no había tocado y que tampoco quería compartir. Ladeó la cara armando alguna conjetura. Más risitas en la otra mesa le sirvieron de confirmación.

—¿No te habrán hecho una mierda de las suyas? —preguntó.

—Da igual. Tampoco tenía hambre.

—¿Te han echado algo? —Señaló con el tenedor la bandeja en el extremo de la mesa—. ¿Por qué no se puede comer?

—Déjalo, en serio.

—¿Qué le han echado?

Uve permaneció en silencio.

—Dímelo, Uve.

Oír ese nombre en los labios de Jota, esa nueva identidad que él le había inventado y que podía ser el inicio de una vida diferente, lo animó a responder.

—Echó un líquido de un tubo de ensayo del laboratorio —dijo en voz baja—. No sé qué era.

—¿Quién? ¿El pelirrojo?

Uve asintió y a Jota se le cerraron los puños sobre la mesa, como si quisiera agarrarse a algo para no dejarse dominar por una rabia que también le tensó los labios y le nubló los ojos. Acabó por levantarse con una enérgica sacudida.

Alcanzó a Barro de espaldas, sentado a su mesa, sin que tuviera tiempo de reaccionar a los avisos de sus amigos. Jota lo levantó de los hombros con tal brusquedad que los enmudeció a todos. Manejó a su antojo a un Barro desconcertado hasta aprisionarlo por el cuello de su jersey del uniforme.

—¿Vas a parar? —le escupió en la cara—. ¿Vais a dejarlo en paz?

Los ojos de Barro, hinchados por el ahogamiento, viajaron hasta Uve, que se acercaba al altercado. Después, volvieron a Jota.

—¿Qué eres tú ahora? —La presión en su garganta le rasgó la voz—. ¿Su guardaespaldas?

Jota lo zarandeó para revalidar su superioridad, pero esta vez Barro se defendió con un rodillazo. También lanzó un puño que Jota esquivó, pero que lo llevó a perder el agarre del jersey. Liberado, Barro embistió a Jota.

Las patas de los bancos de todo el comedor rechinaron contra el suelo cuando los alumnos se levantaron para ver la pelea. La mayoría de los cubiertos se apoyaron en los platos.

Los secuaces de Barro rodearon a su amigo, lo jalearon, dudaron de si intervenir o no.

Quien sí intervino fue Gorbachov, que se abrió paso entre ellos a codazos, aún masticando un trozo de comida. Separó a los luchadores con los brazos extendidos a los lados. Otro de los profesores impuso orden entre los mirones y los mandó de vuelta a sus asientos y sus comidas.

—¿Cómo le hacéis eso? —increpó Jota a Barro.

—¿Hacer el qué? —preguntó Gorbachov.

—Yo no he hecho nada. —Barro se apartó el pelo sudado de la frente—. Me ha atacado este gañán por la espalda, sin venir a cuento. Solo me he defendido.

El profesor cuestionó a Jota.

—El que estaba defendiendo a alguien era yo. —Señaló a Uve, que negó con la cabeza para que no siguiera hablando—. Le han echado algo en la comida.

—¡Mentira! —interrumpió Barro—. Se lo está inventando.

—Le han vaciado un tubo de ensayo del laboratorio —continuó Jota con tanta seguridad como si lo hubiera visto con sus propios ojos.

Gorbachov enfiló a Barro y endureció el tono:

—¿De verdad has hecho eso?

—Que no he hecho nada —insistió el pelirrojo—. Le habrá mentido su amiguito.

La manera en que entonó la palabra generó en la mesa risitas a las que incluso el profesor se unió.

—¿En serio no vas a hacer nada? —le preguntó Jota.

—A usted le sobra carácter para el poco tiempo que lleva aquí —contestó Gorbachov—. No nos diga lo que tenemos que hacer.

En lugar de seguir hablando con los protagonistas de la pelea, el profesor se dirigió a Uve, que había regresado a su mesa.

—¿Te han echado algo? —le preguntó.

Uve sintió la presión del montón de ojos clavados en él.

Los de Barro, los de los otros gilipollas que tenía por compañeros de casa, los del profesor.

Ojos muy abiertos que le exigían en silencio que zanjara el asunto, que negara lo ocurrido, aunque fuera mentira, como había hecho tantas otras veces porque era lo más fácil para todos.

Incluso para él, que con esas renuncias conseguía que lo dejaran en paz hasta la vez siguiente y evitaba que añadieran el de «chivato» a los insultos que podían dirigirle.

Pero, esta vez, Uve sentía sobre él también los ojos de Jota, que fue a los que miró cuando decidió responder con la verdad.

—Sí —dijo—. Un tubo de ensayo. En toda la comida. Ha sido Barro.

Jota señaló al acusado con ambas manos, como si las palabras de Uve fueran la evidencia definitiva.

A Gorbachov se le torció el gesto y cogió a Barro del brazo.

—¡Es una trola!

El pelirrojo se zafó de un tirón y se acercó al borde de la mesa de Uve. Levantó la bandeja y cogió el cubierto que seguía limpio.

—¿Aquí? —Señaló la comida con la cuchara—. ¿Aquí te lo he echado?

Uve lo miró sin entender el teatro. Ni siquiera consideró necesario responder. Claro que se lo había echado ahí. Sabía perfectamente que sí. Lo había hecho hacía cinco minutos.

—Te lo he echado aquí, ¿no?

Uve asintió.

—Muy bien.

Barro cogió carne y puré de patata con la cuchara.

Se la mostró, llena, al profesor, a Jota y a quienes aún observaban el altercado desde sus mesas.

Delante de todos ellos, se llevó la comida a la boca y se la tragó.

Comió una segunda cucharada, mucho más colmada, y soltó la bandeja con desprecio y un estruendo metálico.

—Eres un mentiroso —le dijo a Uve.

El puré de patatas formó cortinas amarillentas en el interior de la boca.

Incapaz de entender lo ocurrido, Uve buscó a Jota.

El estómago ya encogido se le retorció aún más cuando él le retiró la mirada.

Jota trató de decirle algo a Gorbachov, pero el profesor habló por encima de él.

—No quiero oír nada más. No voy ni a preguntar. Cada uno a su sitio y aquí se ha acabado el tema.

—Pero podrían haberlo matado —soltó Jota.

—Tampoco exageremos. —Gorbachov mostró las palmas de las manos mientras se marchaba.

Barro y Jota se cruzaron de regreso a sus mesas respectivas.

Intercambiaron miradas desafiantes hasta que sus hombros se rozaron.

El resto de los alumnos comentaba lo que acababa de ocurrir y no oyeron nada más, pero Uve, que solo se fijaba en Jota, escuchó con claridad:

—A tu madre sí que la mataron —dijo Barro.

Antes de que Uve pudiera procesar el comentario, Jota arreó un cabezazo al frente. Empujó a Barro, todavía aturdido, haciéndole caer al suelo. Con dedos temblorosos, el pelirrojo tocó la sangre que fluía de su nariz y manchó de rojo el jersey gris del uniforme.

Jota también sangraba, por una brecha en la ceja.

En el comedor estalló de nuevo el vocerío.

Gorbachov reapareció acompañado de más profesores.

—Usted se viene conmigo —le dijo a Jota.

Lo guio, a empujones, fuera del comedor.

La profesora que antes servía copas de vino ayudó a levantarse a Barro y le mantuvo elevada la barbilla.

—Así contenemos la hemorragia —explicó mientras se lo llevaba hacia el pasillo donde se encontraba la enfermería.

Los demás profesores preguntaron sobre lo ocurrido, pero nadie supo explicar qué había provocado la segunda pelea. Uve se encogió de hombros cuando lo cuestionaron a él. No pensaba repetir el comentario que había escuchado. Ni siquiera sabía muy bien qué significaba.

Barro regresó poco después con algodones en la nariz.

—La que has liado —le soltó a Uve.

Con una sonrisa, le enseñó el tubo de ensayo escondido en su manga.

Uve esperó a Jota en el comedor, pero la misma señora que le había servido la bandeja acabó por decirle que tenía que marcharse. Cogió el walkman que Jota se había dejado sobre la mesa.