Capítulo 37
El profesor de Química les pidió que metieran las bolas de papel de aluminio en la probeta.
Explicó que, al verter sobre ellas la solución que ahora les entregaría, se produciría una espectacular reacción exotérmica.
Recomendó que dieran un paso atrás para evitar salpicaduras e inhalación de vapores.
—Que no os quiero quemados ni vomitando en una esquina —dijo mientras cogía una caja cuyo contenido sonó a cristal—. Os voy a repartir uno de estos por pareja. No mezcléis nada hasta que yo lo diga.
Aunque había amanecido hacía dos horas, la oscura nubosidad de un día de tormenta mantenía encendidas las luces del laboratorio.
A Uve le encantaba que lloviera cuando estaba en clase.
A ese profesor lo llamaban Gorbachov porque tenía una calva con una mancha que recordaba al señor que salía todo el tiempo en la televisión y los periódicos.
El profesor avanzó con la caja a lo largo de las mesas altas de laboratorio, donde la treintena de alumnos se había dividido por parejas.
Un chico «hogareño» y Uve se quedaron sueltos, pero, cuando Gorbachov les propuso que se juntaran, el otro optó por sumarse a una pareja.
Antes de que Gorbachov alcanzara a Uve, se abrió la puerta del laboratorio.
Muchos cuellos se giraron hacia el ruido.
En el umbral apareció Jota, con el pelo y la cazadora mojados.
—¿Usted no vive en el internado? —preguntó Gorbachov con el tratamiento formal que usaba en los regaños. Al recibir un asentimiento como respuesta, añadió—: ¿Y llega veinte minutos tarde?
—Me equivoqué de camino, he acabado en las pistas de tenis. Es la primera vez que vengo al laboratorio. Le podría haber pasado a cualquiera. Usted también habrá sido nuevo en algún sitio alguna vez.
Hubo susurros y codazos en las mesas.
—Anda, pasa. —El profesor reanudó el reparto—. Pero el próximo día ya no te servirá esa excusa. Ahora júntate a alguien, que esto te va a gustar.
Jota recorrió con la mirada el montón de alumnos a los que apenas conocía o con los que ya había tenido un mal comienzo. Los ojos se le redondearon al encontrarse con los de Uve, que enseguida le ofreció el taburete vacío a su lado.
—Ayer me mojo en el lago y hoy con la lluvia —susurró Jota al llegar, al tiempo que sacudía el agua de su cazadora—. Be water, my friend.
—¿Qué? —preguntó Uve.
—Nada. Veo que no lo conoces.
—¿El qué?
El profesor los alcanzó con la caja en la mano, que tintineó al apoyarla en la mesa.
—No vuelva a llegar tarde.
—¿Y si he llegado justo a tiempo? —Jota extendió la mano como si atendiera puntualmente el reparto.
—No se pase de listo.
Gorbachov le entregó uno de los goteros de cristal de la caja. Les recordó que no debían usarlo hasta que él lo avisara.
Barro gritó desde su sitio:
—¿Qué pasa si se lo tiro a este a la cara?
Había desenroscado el cuentagotas del frasco y amenazaba con lanzarle el contenido a Replay, que se mostraba dispuesto a colaborar en el experimento.
—Pasa que os expulso del colegio a los dos ahora mismo. Separa ese frasco del tonto de tu amigo, anda. ¿O quieres quedarte ciego y desfigurado antes de cumplir los quince? Por muy acostumbrado que estés a ser un adefesio, esto sería mucho peor.
Varias risas explotaron alrededor de Replay, que empujó el brazo de Barro para separarlo de su cara.
—El frasco en la mesa. —El tono del profesor perdió cualquier matiz de broma—. Ahora.
Barro acató la orden.
—¿Siempre son así de críos? —le preguntó Jota a Uve, envolviéndolo en una oleada de su colonia—. Parece una guardería esto.
—¡Desfigurado se parecería más a su padre! —exclamó alguien.
Las risas resultaron incontenibles.
Incluso Gorbachov se rio, ya más calmado al ver el gotero lejos de la cara de nadie.
—Ahora que descubráis lo que hace con el aluminio —dijo mientras regresaba a la pizarra—, se os van a quitar las ganas de reír.
Jota arrancó una esquina del papel plateado que Uve tenía sobre la mesa. Señaló las tres bolas dentro de la probeta y preguntó si podía añadir otra.
—Ha dicho que eran tres —explicó Uve.
—Y yo digo que más siempre es mejor. —Jota dio forma a una cuarta bola que encestó en el recipiente—. A ver qué pasa.
—A ver qué pasa —repitió Uve.
El profesor pidió atención. Explicó que debían desenroscar el cuentagotas, pero que no usarían la pipeta. Debían verter la solución al completo, de una sola vez, en la probeta.
—La química se encargará del resto —anunció moviendo los dedos como un prestidigitador.
Realizó una cuenta atrás desde tres y dio la orden de mezclar.
Fue Jota quien vació el líquido sobre el aluminio.
Desde otros puestos llegó el sonido de burbujeo y exclamaciones de asombro. Algún aplauso.
—Os dije que sería espectacular —afirmó el profesor.
Jota cuestionó a Uve con la mirada porque en la probeta de ellos no ocurría nada. Entonces se inició la reacción. El líquido casi transparente cambió a negro y la espuma de una violenta efervescencia ascendió por el cuello del recipiente, del que emanaban humo y vapores con olor a metal quemado.
Uve tosió para despegar un sabor desagradable en su garganta.
Jota tocó la probeta y retiró el dedo con un latigazo.
—Está ardiendo —dijo con fascinación.
Aunque parecía que la mezcla no iba a rebasar el cuello del recipiente, una pequeña detonación en el líquido escupió espuma oscura como en una erupción volcánica.
Jota se separó de la mesa y el taburete, silbando de la risa entre los dientes.
Gorbachov pidió calma a los alumnos, que celebraban la reacción con voces cada vez más altas.
Una gota densa le cayó a Uve en el dorso de la mano.
Quemó como si le apagaran un cigarrillo en la piel, pero, al escuchar reír a Jota, apenas le dolió.