Fuegos artificiales Capítulo 36
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Capítulo 36

Se apagaron las luces del pasillo y también la del cuarto.

Jota vio al conserje gritar al interior de la habitación y se separó un auricular para escuchar lo que decía.

Avisaba de que en media hora regresaría para asegurarse de que todos hubieran apagado las lámparas de sus mesillas.

Lo dijo en alto, pero lo miraba solo a él.

En cuanto se marchó, Jota soltó la diadema.

Se quedó escuchando música tumbado bocarriba en la cama, las manos cruzadas bajo la cabeza.

Observó con desagrado a las cuatro personas con las que, a partir de ahora, tendría que compartir toses nocturnas y ronquidos.

A una zancada de distancia, en la cama de al lado, cuyo cabecero compartía pared con la suya, leía un cómic el que llamaban Jackson, que habría cogido su apodo del cantante cuyo póster tenía sobre la mesilla.

A Jota también le gustaban sus canciones, llevaba unas cuantas grabadas en sus casetes, pero no le apeteció iniciar ninguna conversación al respecto.

En la pared opuesta había otras dos camas, ocupadas por Gemelo y Latas.

El de los paletos partidos en diagonal era Gemelo.

Uve le contó que Gemelo no tenía ningún hermano en realidad, sino que lo había absorbido antes de nacer en el vientre de su madre.

Desde el día en que cometió el error de compartir esa información con los demás, lo convirtieron en su apodo para que no se olvidara nunca de ese hermano al que no le dio ni la oportunidad de existir.

A Jota le había hecho mucha gracia la explicación.

Sobre el nombre de Latas, Uve no ofreció ninguna, pero resultaba sencillo imaginar que sería porque llevaba aparato de dientes.

En la quinta cama, una solitaria pegada a la ventana, Barro ejercitaba sus antebrazos apretando una pinza que cambiaba de mano cada quince repeticiones. Finalizó la serie con la cara roja y un exagerado grito de esfuerzo que Jota escuchó por encima de la música en sus auriculares.

—¡Proyectil! —anunció de pronto.

Lanzó la pinza a la cabeza de Latas, que tuvo la suerte de que impactara contra el extremo de la almohada y no contra su cráneo.

Latas se la tiró a Jackson con tanta puntería que el cómic desapareció de entre las manos como en un truco de magia.

El atacado no rechistó, sino que se rio con el efecto.

Gemelo y Latas chocaron las manos estirando los brazos entre sus camas.

Tras el repentino fuego cruzado, los cuatro cesaron sus actividades y apagaron las lámparas personales.

Jota comprobó en las manecillas fluorescentes de un despertador de timbre que eran exactamente las diez y media de la noche.

La puntual obediencia de esos chicos que tan rebeldes se creían lo asqueó.

Mantuvo encendida su luz, cambió de cara el casete y pensó en cómo a él le habían dejado la cama más cercana a la puerta.

La peor, claro. La que más corrientes tendría, junto a la que pasaría todo el mundo que entrara o saliera del cuarto, la primera que vería el pesado del conserje en sus rondas por el pasillo.

Jota cerró los ojos con la intención de evadirse en la música.

No había terminado siquiera la primera canción cuando la punta de una flecha impactó contra su hombro. Solo que no era una flecha, sino dos dedos en tensión, que se le clavaron y le retorcieron el músculo hasta que dolió.

Jota abrió los ojos y encontró la cara enfadada del Búho sobre la suya.

Le susurraba algo que no escuchó con los auriculares, pero imaginó de qué se trataba.

Que era la hora de apagar la luz, seguro.

A modo de desafío, Jota le mostró cómo subía el volumen del walkman, para no escucharlo, justo antes de apagar su lámpara.

La luz podían quitársela. La música no.

Pero las manos callosas del conserje se deslizaron por la manta hasta encontrar el reproductor sobre su tripa. De un tirón le desconectó el cable de los auriculares.

—Se apaga todo —susurró el Búho en la oscuridad—. Y, a la próxima, te quito las pilas.

Jota limpió con la sábana salpicones de saliva en su cara.

En cuanto el zapatón del conserje se alejó por el pasillo, hubo risas en las otras camas.