Fuegos artificiales Capítulo 35
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Capítulo 35

Replay se retiró el flequillo con el pulgar. Arrodillado en el suelo frente a la mesilla de Uve, con el codo sobre la cama, ensartó una vez más el extremo del clip en la cerradura del cajón inferior, tratando de forzarla.

—No sé por qué no se deja la llave puesta, joder, como todo el mundo.

—Porque tiene muchos secretos. —Quinto aflojó una muñeca y dejó caer la mano hacia un lado. Con la otra giraba aleatoriamente el dial de la caja fuerte en el armario de Uve, por si daba con la combinación—. No voy a acertar ni de coña.

—Vosotros también cerráis vuestras cajas fuertes. —Supermario leía una revista, tirado en su cama, junto a la ventana—. A saber qué secretos guardáis.

—Lo que guardamos son cuchillas para afeitarte el mostacho y condones para follarnos a tu madre —dijo Replay—. Y cerramos las cajas porque son cajas fuertes y para eso están, pero no este puto cajón de mierda.

Sacudió, con rabia, el alambre en la cerradura.

—¡Viene! —avisó Eté, que vigilaba el pasillo desde la puerta.

Los tres se lanzaron a la cama de Replay y forzaron una carcajada para disimular.

Supermario pasó una página de su revista.

Uve oyó risas antes de entrar en la habitación y se convenció de que no había ninguna razón para que fueran a su costa.

Una vez en el cuarto, se dirigió a su armario.

Todos tenían uno, además de la cama, la mesilla y un estante sobre el cabecero.

Dentro de cada armario, disponían de una caja fuerte personal.

Uve introdujo su combinación girando la ruedita a la derecha, a la izquierda y a la derecha otra vez.

Ahí guardaba el dinero y también la llave del cajón de su mesilla, en el que archivaba las cartas de su tío.

Cogió la llavecita y la usó para recuperar la de ese día.

Del sobre cuidadosamente abierto con el cúter, extrajo la lámina que había visto durante el desayuno.

Su tío le explicaba en la carta que se titulaba Ascendiendo y descendiendo y era de un artista neerlandés, M.

C. Escher. Al día siguiente, Uve sacaría chinchetas del cajón superior y clavaría la lámina en la pared alrededor del cabecero, junto a muchas reproducciones de otras obras: La noche estrellada , Gótico americano , El grito , Misterio y melancolía de una calle , El hijo del hombre …

Su tío solía decirle que eran cuadros muy básicos y conocidos, pero consideraba que era la mejor forma de conseguir que se interesara en un futuro por obras menos populares.

Uve se metió en la cama para releer la carta, pero los pies chocaron con la sábana a mitad del colchón. No podía estirar las piernas, y eso solo podía significar una cosa: le habían hecho la petaca otra vez, doblando la sábana hacia el embozo.

Replay y los demás empezaron a reír.

—¿Qué pasa? —preguntó Eté—. ¿No cabes?

—Si eres muy bajito —dijo Quinto—. Deberías caber.

Uve se tapó la boca con la carta.

—Gilipollas. —Lo murmuró para sí mismo, pero imaginó que lo gritaba como le había enseñado a hacer Jota—. Sois unos gilipollas.

Replay chistó y alzó la voz:

—¿Qué dices?

Las risas se detuvieron de golpe.

Supermario bajó su revista para asomarse a lo que ocurría.

Uve disimuló y salió de la cama para colocar bien las sábanas. Era imposible que le hubiera escuchado.

—Tú, el del museíto —insistió Replay—. Que qué dices.

—Que tienes el culo lleno de lombrices —respondió Uve.

Un tenso silencio se apoderó de la estancia.

Duró solo un instante.

Supermario fue el primero en reírse.

—Hala, para que vuelvas a por más —le dijo a Replay.

Eté y Quinto dudaron un momento, pero se unieron a la carcajada. Incluso celebraron a Uve.

—Esa ha sido buena, tío.

—Se la has metido doblada.

A Quinto se le descolgaron las gafas de la risa.

Replay los echó de su cama mientras ellos le decían que no se picara tanto.

—Menudo píkers .

—Eres un píííkers —canturreó Eté.

Se enzarzaron entre ellos usando otras palabras inventadas en el internado y se olvidaron de Uve, que terminó de rehacer la cama, satisfecho de haberse atrevido a dar esa respuesta.

De nuevo bajo las sábanas, releyó la carta de su tío y miró la lámina de Escher con un mejor entendimiento tras las explicaciones que él le daba.

Sin ellas no se habría fijado en que, además del grupo de monjes protagonistas que subían y bajaban las escaleras a perpetuidad, había dos figuras ajenas a todo.

Uve imaginó que el extraño edificio en la imagen era el internado, que los monjes atrapados en un ciclo sin sentido eran sus compañeros y que esas dos figuras inconformistas, aún separadas, pero abocadas a conocerse, eran Jota y él.

Se preguntó qué estaría haciendo Jota en la habitación de al lado.