Capítulo 34
Jota disfrutó de la sensación del agua caliente sobre la piel.
La dejó correr por la cara, el pecho, las piernas.
El pie del lago, que había adquirido un tono azulado, hormigueó al recibir el baño de calor.
No se había quitado el calcetín mojado hasta después de cenar, como lección para apren der a sufrir las consecuencias de sus actos.
En el baño, fuera de las duchas, otros chicos hablaban, se reían.
Jota quiso dejar de oírlos y colocó la cabeza de tal forma que el discurrir del agua lo ensordeciera.
El borboteo en las orejas dio voz a ecos de su propia mente y un murmullo líquido le dijo al oído:
«Ojalá te hubieras muerto tú».
Sacó la cabeza del chorro para escapar de esos pensamientos.
Risas contenidas y pasos se escabulleron al momento, como si los otros chicos lo hubieran estado espiando.
Jota cerró la llave y salió de la zona de duchas con la toalla en la cintura.
Tres de sus compañeros usaban un lavabo cada uno, ocupándolos todos.
Enjuagaban sus cepillos de dientes mientras intercambiaban miradas.
—¿Qué pasa? —preguntó Jota a la imagen de uno de ellos en el espejo.
Por las descripciones que le había proporcionado Uve, se trataba de Barro, el alto pelirrojo de los ojos verdes.
El otro sería Eté, más bajito y de piel morena, como el extraterrestre.
El tercero, rubio y peinado a raya, tenía que ser Replay, que se apartó con un pulgar el flequillo que le caía en la frente.
—¿Qué te pasa a ti? —Barro se volteó para mirarlo de frente—. Que llegas el último y te crees algo.
—No me creo nada —dijo Jota.
—Mejor.
Los tres amigos se miraron cuestionando si decir algo más, pero Barro sacudió la cabeza.
—¿Me dejáis usar alguno de los lavabos? —preguntó Jota—. También me quiero lavar los dientes.
Otro diálogo de miradas entre ellos acabó con Barro haciendo un gesto para que le dejaran hueco.
—Venga, vámonos.
Replay hurgó los botes de baño a lo largo de la estantería común. Se volteó con algo en la mano y se acercó a uno de los váteres. El ruido de un cepillo de dientes chocando contra el interior de la taza resultó inconfundible.
—Dime que no lo has hecho. —Jota se lanzó a comprobar el lugar donde había dejado el suyo por la mañana, siguiendo las indicaciones del director, quien le explicó, como si fuera un gran lujo, que cada estudiante disponía de una división y un bote propio en la estantería.
Su cepillo seguía en el mismo sitio—. No era el mío, listos.
—Ya, ya lo sabemos.
Los tres se rieron y se marcharon del baño.
Jota usó el secador de pelo y se dio el gusto de pasárselo por el cuerpo, incluso bajo la toalla. Se encorvó para dirigir también el aire caliente al pie afectado, aunque ya no hormigueaba y su aspecto era el de siempre.
Al recuperar la postura erguida, se encontró a Uve en el espejo. Con el zumbido del aparato no lo había oído entrar. La mirada de él revoloteó alrededor de su reflejo sin saber dónde posarse.
—Tío, se me ha puesto un poco azul —le dijo sobre el pie—. Al final va a ser verdad que me salvaste la vida.
—Se supone que… —Uve carraspeó—, que no podemos ducharnos a estas horas, solo por la mañana. Algo de las calderas.
—Y luego va y dice el director que esto no es un cuartel. Si son todo normas.
Uve le dijo que tampoco era para tanto, que seguro que un cuartel debía de ser mucho peor. Aprovechó para preguntarle si era verdad eso que se comentaba por ahí de que su padre era militar.
—¿Mi qué? —Jota se ordenó el pelo con los dedos, sin usar peine—. ¿El señor ese que me va dejando en cualquier internado con tal de no tenerme cerca?
—¿Y tu madre?
—Muerta. Y hermanos no tengo. Ni tanta suerte como tú de que mis padres me quieran y me envíen cartas con dinero y dibujitos.
—No me las mandan mis padres —aclaró Uve—. Sería mi madre en todo caso, pero ella… tampoco sé si me quiere tanto.
Uve le contó que su madre era trabajadora humanitaria.
Se quedó embarazada de un compañero en alguno de los viajes, pero su paternidad acabó reducida al ingreso mensual de algún dinero.
Ella probó durante unos años la vida doméstica de madre que lleva a su hijo al colegio y trabaja en la ciudad, pero no lo soportó.
Así que, en cuanto el niño creció un poco, le cuadraron las cuentas y encontró el internado, prefirió regresar a sus labores humanitarias y vivir viajando.
—Los primeros años —continuó Uve—, cuando le preguntaba por qué se iba, me decía que había muchos niños en el mundo que la necesitaban.
Yo le decía que no entendía por qué otros niños necesitaban a mi madre más que yo mismo, pero ella me respondía que no podía ser tan egoísta.
Que el mundo estaba lleno de gente con problemas de verdad.
Uve usó uno de los grifos para echarse agua en la cara, como si se la lavara, pero Jota supo que era una forma de disimular la humedad que le había aparecido en los ojos. Se los secó ahora con una toalla pequeña que llevaba al hombro.
—Ayuda a muchos niños que de verdad lo necesitan —añadió—. Pero el que me manda las cartas es mi tío, él está mucho más pendiente de mí.
Jota abrió su colonia, se echó un chorro en las manos y se frotó el cuello y el pecho. Pilló a Uve mirando el frasco. Buscaba algo en la estantería. Por cómo dejó caer los hombros, parecía no encontrarlo.
—Y no me manda dibujitos, son cosas superinteresantes, cuadros famosos… —Siguió hablando mientras se dirigía al cubículo del primer inodoro—. Le encanta el arte, las curiosidades.
Uve chasqueó la lengua al asomarse a la segunda taza.
Atrapó el cepillo de dientes en un pellizco, para tocarlo lo menos posible, y así lo trasladó hasta uno de los lavabos, donde lo dejó caer.
Lo limpió con jabón de manos y lo enjuagó varias veces, presionando las cerdas contra la palma de la mano.
Realizó todo el proceso con la cadencia de una tarea repetida.
—¿Te hacen siempre estas mierdas? —preguntó Jota.
Uve se encogió de hombros en un gesto de forzada indiferencia.
—Están todo el rato vacilándose entre ellos también, es medio broma todo. —Uve rascó entre las cerdas con la uña—. El agua del váter está limpia en realidad.
Un chancleteo apresurado anunció la entrada de alguien en el servicio. Un chico en bañador de nadador arrancó pañuelos del dispensador y estornudó varias veces en el montón de papel.
—No llegaba al baño de arriba. —Se secó la nariz y reparó en Jota—. ¿Tú eres el nuevo?
—Sí.
—¿Y te van a poner en una habitación arriba o abajo?
—Aquí abajo, voy a su curso. —Señaló a Uve.
—Ah, como oímos que tenías casi nuestra edad, no sabíamos si a lo mejor…
—¿Me acabas de llamar repetidor?
—Repetidor es el que repite, ¿no?
La honestidad del nadador desarmó a Jota.
—Sí, tío —respondió con una risotada de complicidad.
El nadador rio también y alzó una mano en la que Jota chocó el puño.
—Si te apetece apuntarte y competir en natación, avísame —dijo el nadador mientras abandonaba el baño—. Tienes buena espalda.
Jota agradeció el cumplido hasta que el chico desapareció, momento en que le dedicó a Uve una rotunda negación de cabeza.
—No tengo yo otra cosa que hacer.
La voz que irrumpió en el pasillo puso en alerta a Uve.
—El Búho —avisó. Y, ante su falta de reacción, aclaró—: El conserje nocturno.
—¿El del zapatón? —preguntó Jota—. ¿Y qué pasa?
—Que no puedes ducharte a esta hora.
—Pero ¿qué tengo? ¿Ocho años? ¿Me va a regañar papá?
Uve se apresuró en parecer ocupado en el lavabo, le puso pasta de dientes al cepillo.
En cuanto entró, el conserje miró a Jota de arriba abajo.
—¿Tú no sabes que no se puede duchar uno a estas horas? —le preguntó—. ¿O te crees que tienes derecho a limpiarte los huevos cuando te dé la gana?
A Jota el comentario le hizo gracia, pero por el tono intuyó que era mejor aguantarse la risa.
—No tenía ni idea —respondió—. Soy nuevo.
—Sé quién eres. Pero me extraña que él no te haya dicho nada. —El Búho señaló a Uve, cuya postura se tensó—. Aquí todos conocen y cumplen las normas.
El interpelado detuvo el cepillo de dientes en la boca. Buscó en el espejo los ojos de Jota y redondeó los suyos, reclamándole en silencio que admitiera que sí le había avisado.
—¿No se lo has dicho? —insistió el conserje.
La mirada de Uve se afiló aún más, pero Jota permaneció en silencio. Era una oportunidad perfecta para calibrar su lealtad. Ahora sabría si podía confiar en él de verdad o si era un chivato que cedía bajo presión.
—¿Se lo has dicho o no? —presionó el Búho.
Uve se enjuagó la boca, quizá ganando tiempo para decidir qué hacer. Jota disfrutó del dilema al que lo había enfrentado: asumir una culpa que no le pertenecía o dejar en evidencia al chico nuevo.
—Sí se lo he dicho —confirmó Uve.
A Jota le dolió la traición tan temprana.
—Pero es que era una urgencia —continuó Uve—. Metió un pie en el lago y lo tenía morado del frío. Necesitaba agua caliente.
Jota habría querido guiñarle un ojo, pero se limitó a dirigirle una sonrisa ladeada.
—Ya le he dicho que es muy pronto para andar por el hielo. Que en un mes o así nos subiremos todos, pero que todavía es pronto.
—Bueno, subiréis todos si no se entera el director y si yo os salvo el culo, como siempre.
Del banco de la zona de duchas, Jota recuperó su zapatilla y su calcetín, empapados ambos. Se los mostró al conserje junto con el pie afectado.
—Ahora se ve bien, pero tenía mala pinta. Uve me dijo que por una urgencia sí podía usar la ducha.
—¿Uve? —El Búho apretó las cejas al escuchar ese apelativo.
—Y yo soy Jota.
Ofreció la mano al conserje, que, confundido, acabó por estrechársela. Tenía la piel áspera en los dedos, la palma llena de callos.
—Bueno, venga. —El conserje deshizo el apretón de mala gana—. Os vais los dos a la habitación, que a las diez se apagan las luces comunes. Y a y media, las personales.
—¿Vas a ir cama por cama comprobándolo?
—Por supuesto. Y al que no la haya apagado, rodillazo en las pelotas.