Fuegos artificiales Capítulo 33
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Capítulo 33

Durante la jornada, Uve estuvo pendiente de los movimientos del nuevo.

En Lengua, la primera asignatura de los martes, el profesor aprovechó para anunciar la incorporación del recién llegado al resto de la clase.

El alu dido tan solo se removió en su asiento y extendió dos dedos desde su frente a modo de saludo, sin levantarse.

—Con la apatía no se llega a ningún sitio —le dijo el profesor—. Normal que esté repitiendo curso.

En el recreo, Uve vio cómo varios compañeros se acercaban a saludarlo y a proponerle que se juntara con ellos, pero el nuevo tan solo se quitó los auriculares como si fuera un gran incordio y rechazó todas las ofertas sacudiendo la cabeza antes de volver a ponérselos.

En el almuerzo, que se servía en el comedor común al que también regresarían para cenar, el nuevo prefirió sentarse a solas en el extremo de una mesa larga.

A lo largo del día, Uve cazó murmullos que fueron evolucionando y tachando al recién llegado de tímido, de chulo, de borde y, a última hora, de antipático.

Sus compañeros de vivienda reforzaron los rumores negativos al contar su versión de lo ocurrido durante el desayuno.

Tras la última clase, Uve regresó por los caminos traseros del internado, los que separaban el edificio del colegio de las casas que servían de residencia.

En la parte delantera se armaba cada tarde un gran jaleo cuando coches y autobuses recogían a los alumnos no residentes, a quienes los del internado denominaban «hogareños».

Por eso, la mayoría de los internos prefería volver a sus habitaciones caminando por detrás.

Lo hacían por varias sendas que cruzaban el inmenso jardín que rodeaba las instalaciones, delimitado por los setos de arizónicas que daban paso al campo y al bosque, antes de llegar, mucho más allá, a las urbanizaciones de chalets de la zona.

Desde los caminos podía verse, en algunos puntos, el lago y su orilla más cercana, que quedaba a cinco minutos andando de la última casa, la más alejada de la del director.

Uve se fijó en que alguien se movía por esa orilla.

En la lejanía, logró distinguir, entre los apagados colores del otoño, los brillos de la cazadora de cuero del nuevo.

Reconoció, también, su forma de moverse.

Aunque lo había visto por primera vez esa mañana, sentía que ya podía cerrar los ojos y recrear su silueta a la perfección.

Uve pasó de largo frente a la casa del director y la suya.

Dejó a un lado la tercera casa de estudiantes, la quinta y también la novena.

Antes de concederse el tiempo de pensarlo, continuó caminando hasta el final del jardín y abrió, con un chirrido, la cancela oxidada.

Se adentró en el tramo boscoso que casi todos los alumnos usaban como acceso clandestino al lago.

La entrada oficial, en la que había un muelle en condiciones, quedaba mucho más lejos y solo era accesible con vehículo.

Los auriculares del nuevo, dos puntos de espuma naranja, flotaban entre el ramaje como focos de atención.

Uve lo espió sin anunciar su llegada, aprovechando que la música lo mantendría ajeno a los pasos que se le aproximaban por detrás.

Lo vio tirar una piña y una piedra al lago.

Ambas se deslizaron, con un silbido, por la superficie helada del agua.

Con un palo largo, el nuevo testó aún más la firmeza del hielo mediante algunos toques. Y decidió dar un paso adelante.

—No, no, no. —Uve emergió de entre las ramas—. ¡Para!

Aunque habló en voz alta, el otro no lo oyó.

Tampoco advirtió su presencia hasta que lo rebasó por un lado, agitando los brazos, algo que ocurrió en el mismo momento en el que el nuevo se disponía a dar el siguiente paso.

Al poner todo su peso en el pie delantero, una grieta se dibujó en el hielo, con un crujido, bajo su zapatilla deportiva.

—¡Atrás! —gritó Uve, sus zapatos clavados en el barro frío en la orilla.

El nuevo detuvo su movimiento, pero no retrocedió. Se quedó con un pie flotando en el aire. La fisura en el hielo se engrosó. Se quitó los auriculares manteniendo el equilibrio.

—Cómo cruje —le dijo a Uve con una sonrisa de fascinación. Cuando el hielo crepitó bajo su peso, gimió como si le provocara placer—. Lo noto en el cuerpo.

—Quítate, vamos.

—Quiero llegar a lo profundo. —El nuevo dirigió la mirada a la amplitud del lago—. Estar ahí en medio. Solo. Donde dé todo igual.

—En un mes quizá se pueda, pero todavía no.

—Y que nadie pueda acercarse a mí porque el hielo estará tan agrietado que un solo paso condenaría a quien lo intentara a morir congelado —continuó sin atender a Uve—. Acercarse a mí significaría morir.

Un crujido bifurcó una de las grietas más anchas.

—Ojalá se rompa —añadió el nuevo—. Que me trague el hielo.

—No digas eso. Para ya.

Uve le ofreció una mano como amarre, pero el otro tan solo la miró.

—Acercarse a mí significaría morir —repitió. Después fijó los ojos en los de Uve para preguntarle—: ¿Tú te acercarías?

Uve halló en esa mirada una profundidad más atrayente que la del lago y un «sí» rotundo e inexplicable le ardió en la lengua, pero no lo pronunció.

Se lo calló y se lo tragó como saliva caliente que prendió en su pecho una hoguera de emociones desconocidas.

Aún mudo, y como si el humo de esas llamas inexistentes lo cegara, dio un paso temerario hacia el hielo frágil y traicionero del que pretendía advertir al nuevo hacía tan solo un segundo.

—Quita, quita, que era coña —dijo él—. ¿Estás tonto o qué?

Sin perder el equilibrio, agitó un brazo para espantar a Uve como si fuera un animal molesto.

Más grietas brotaron con el movimiento, las cuales lo incitaron, ahora sí, a pedir ayuda.

Ordenó a Uve que cogiera alguna rama larga de las que había por ahí.

Cuando se la ofreció, se agarró a ella para impulsarse hacia la orilla, empuje que terminó por resquebrajar el hielo.

El pie entero del nuevo se hundió en el agua, hasta por encima del tobillo, antes de que consiguiera escapar a tierra firme.

—Pero si no era tan profundo —dijo mientras sacudía la pierna en el aire—. Te veía tan preocupado que pensé que era peligroso de verdad.

—Aquí no, pero en el centro es muy profundo.

—Tomo nota de que eres un exagerado. —Aunque parecía que lo estaba regañando, le ofreció al mismo tiempo la mano de forma amigable—. ¿Cómo te llamas? —Elevó un dedo en el aire—. Pero no me digas tu nombre, dime solo la letra por la que empieza.

—Por uve.

—Encantado, Uve. Yo soy Jota. —Le estrechó la mano de manera formal, no como solían hacer el resto de los chicos en el internado, que más bien se las chocaban—.

Aunque debo decir que esta mañana tardé mucho menos en evitar que te robaran de lo que has tardado tú en decidir venir a sacarme del hielo. Estás empezando esta amistad en deuda.

A Uve se le arremolinaron las palabras en la boca, pero no pronunció ninguna.

No sabía si le confundía más que lo acusara de falta de ayuda cuando se la había ofrecido sin cesar desde que había llegado o que hablara ya de amistad.

En silencio, las manos se le movieron por sí solas, activadas por la palabra «deuda», y sacaron de su bolsillo uno de los billetes que habían llegado en el sobre.

—Por lo de antes. —Se lo entregó a Jota a modo de pago por la protección—. Muchas gracias.

—Anda ya. Me refería a deuda moral, que son las únicas importantes. El dinero es solo dinero.

—Tendría mucho menos si no me hubieras salvado.

—Venga, pues yo te salvé antes y tú me has salvado ahora también. —Señaló su zapatilla empapada arqueando las cejas—. De morir en el hielo o algo así, no sé, con lo exagerado que eres. Guárdate eso, vamos, que el dinero es tuyo y estamos en paz. ¿Por qué te lo robaban esos gilipollas?

Uve había dejado de hacerse preguntas de ese tipo tiempo atrás, así que tan solo se encogió de hombros y desvió la mirada a sus zapatos. Los despegó de la superficie lodosa comprobando el alcance del barro.

—Porque son gilipollas, ¿no? —insistió Jota—. La respuesta estaba en la propia pregunta.

Uve permaneció en silencio.

—Dilo, si es la verdad. Que son unos gilipollas.

—Bueno, no los conoces aún. A lo mejor te caen bien.

—No lo creo. Para mí son unos gilipollas. ¿O es que acaso tienen otro nombre?

Uve respondió a la pregunta retórica de forma literal.

—En mi habitación están Supermario, Eté, Replay y Quinto. —Los enumeró vislumbrando en su mente la posición de las camas—. Y en la tuya están Gemelo, Barro, Jackson y Latas.

—¿No hay ningún nombre normal?

Uve se mordió el interior del labio.

—Jota y Uve —se atrevió a contestar.

La respuesta sorprendió a Jota.

—Aprendes rápido —dijo con una de esas sonrisas ladeadas a las que Uve comenzaba a aficionarse—. Y sobre esos gilipollas no necesito ver más que lo que vi esta mañana. Así que, venga, dilo. Que son unos gilipollas.

Uve miró a ambos lados, temiendo que alguien lo escuchara.

—Dilo, venga. Si lo son, lo son.

Permaneció en silencio.

—Que lo digas.

—Son unos gilipollas —susurró.

—Así no. Grítalo. Pero de verdad. ¡Gilipollas!

Uve se rodeó la boca con las manos y vociferó a la inmensidad del lago.

—¡Gilipollas! —Se había puesto de puntillas sin darse cuenta, como para que la voz y el insulto llegaran más lejos—. ¡Sois unos gilipollas!

El eco repitió las dos últimas sílabas en algún rincón del paisaje.

Jota rompió a aplaudir.

Sus dientes emitieron un peculiar silbido que acabó en carcajada.