Capítulo 32
Un despertador sonó a las ocho de la mañana, como todos los días lectivos de ese curso y de todos los anteriores.
Las vueltas y los estirones de los primeros en desperezar se hicieron chirriar los muelles de los colchones.
Uve escuchó los pies de los menos remolones bajar de la cama y dirigirse al baño.
Choques de manos y risas guturales llegaron desde el pasillo.
Él se subió la manta hasta la nariz, retrasando al máximo el sacrificio diario de abandonar el calor de sus sábanas para pisar el suelo, un suelo que a partir de octubre estaba tan frío que parecía el lago de fuera cuando se congelaba.
—Como vea a alguien en la cama, me lo como y lo cago por la noche en el baño de la garita. —La voz del Búho reverberó por el pasillo antes de que un manotazo contra la puerta anunciara que había entrado a la habitación. Dos palmadas estallaron sobre la cabeza de Uve—. ¿Qué? A gusto, ¿no?
El conserje le lanzó manta y sábanas a los pies de la cama.
—No tengo ducha —dijo Uve.
En la primera planta de la casa había dos dormitorios para cinco estudiantes cada uno, y todos compartían un baño en el que había solo cuatro duchas, así que alguien tenía que esperar su turno. Incluso ahora que en la otra habitación faltaba todavía un residente.
—No tienes sitio porque vas el último —le dijo el Búho—. Ve ahí a pegarte un poco. ¡Gánate tu sitio!
—Prefiero ser el último —susurró Uve.
El conserje había abierto la boca para pegarle otro grito, pero acabó calmando su tono.
—Venga, ve levantándote. Que el que mucho tarda tarde llega.
Dejó una carta sobre la mesilla de Uve antes de proseguir con el reparto de correspondencia.
Los martes y viernes eran días de correo.
Al reconocer la caligrafía de su tío, Uve se incorporó con ganas y cogió el sobre.
Era uno grande, de los que traía alguna lámina, seguro.
La palpó mientras oía cómo el conserje le preguntaba a Supermario, que dormía junto a la ventana, por qué le olía la boca a rata muerta todas las mañanas.
—Ve a lavarte el pozo ahora mismo, que vomito —le ordenó. Después regresó a Uve—: Eh, tú, que te veo, no lo abras. Se lee en el desayuno, no ahora. A la ducha a lavarte el culo. Ya.
Uve terminó de rasgar con el cúter un lateral del sobre para dejarlo abierto, pero no leyó nada.
En el baño, sus compañeros quitaban vaho del espejo con las manos, se peinaban pelos muy mojados, salpicaban pasta de dientes al reírse y se ponían los jerséis del uniforme sobre camisas mal abotonadas. Bromearon sobre el pelo que tenían unos u otros en ciertas partes del cuerpo.
Uve se asomó a la zona de duchas.
Había una libre.
—Quita, quita, que voy yo.
Eté lo apartó de un manotazo y se coló en la única división vacía.
El vapor de ese chorro se unió al que emanaba de las otras tres cabinas de ducha ocupadas. Uve se metió en uno de los váteres, que olía mal de un uso reciente, y echó el cerrojo a la puerta.
El desayuno se tomaba en las amplias cocinas de cada casa.
Eran nueve viviendas contiguas que servían de residencia para los alumnos internos.
Las encabezaba una décima casa, la más cercana al edificio de las aulas, donde vivía el director del internado con su familia.
Aunque supuestamente debía desayunar en una de las casas cada día, por comodidad acababa quedándose casi siempre en la contigua a la suya, que era la de Uve.
Además de la mesa pequeña que usaba el director, había cuatro grandes adjudicadas a cada uno de los dormitorios, aunque nadie respetaba el orden.
Y, como los estudiantes de las habitaciones y cursos superiores desayunaban media hora más tarde, en realidad siempre había sitio de sobra.
Uve se sentaba rápidamente en el primero que encontrara libre, siempre en un extremo, con su taza y la pieza de bollería.
Abrió la carta de su tío y usó el sobre para barrer migas de la magdalena que había comido.
Dos billetes cayeron sobre la mesa. No hizo mucho caso al dinero, su atención se centró en la lámina.
Se dejó maravillar por la imagen antes siquiera de leer la explicación que su tío le ofrecería en la carta.
Observó la extraña arquitectura del peculiar edificio y se preguntó por qué esas personas, vestidas como monjes, parecían subir y bajar por las escaleras al mismo tiempo, eternamente.
El teléfono sonó en el salón principal de la casa.
El director, que siempre parecía recién duchado, recién afeitado y vestido con ropa recién planchada, dobló su periódico y se levantó.
—Qué manía de llamar tan pronto —dijo de pasada mientras aromatizaba de aftershave la cocina—. Portaos bien.
En cuanto abandonó la estancia, un alboroto de sillas precedió a la aparición de Barro, que se sentó en un sitio vacío frente a Uve. El cabello pelirrojo, aún mojado, se veía más oscuro.
—¿Qué tal has dormido? —preguntó con sorna—. Me preocupa mucho.
Soltó una perorata afectada sobre lo importante que era descansar en edad de crecimiento.
Eté, Gemelo y Replay reían desde sus sitios.
Uve no se percató de que un codo de Barro se deslizaba sobre la mesa hasta que vio cómo le robaba los billetes.
No le hubiera dado tiempo de recuperarlos, pero una mano cayó sobre el brazo de Barro y lo atrapó contra la mesa.
—Devuélveselos.
Era una voz más grave que la de todos los chicos que desayunaban a esa hora.
Barro intentó retraer el brazo, pero el cepo lo aprisionaba.
—Que le devuelvas los billetes —añadió la voz—. El dinero de los demás no se toca.
—¿De qué vas? —gritó Barro elevando la barbilla.
Otro revuelo de sillas anunció la llegada de Eté y Gemelo, con los pechos inflados.
—Eh, eh, eh —dijeron—. Suéltalo.
Uve miró por primera vez a quien defendía su dinero y encontró un rostro desconocido.
Sobre la frente le caía un mechón de pelo ondulado, negro.
La nuez en ese cuello era más ancha que la de los demás.
Se impuso a los recién llegados con una simple mirada que los amansó.
A Barro le apretó la muñeca y le sacudió la mano hasta que aflojó los dedos. Los billetes cayeron a la mesa.
—Cógelos —le dijo el desconocido a Uve—. Son tuyos.
Experimentó una inexplicable oleada de timidez y recuperó el dinero tratando de ocultar el temblor de los dedos. Enseguida apartó la mirada hacia la carta y confió en que el calor que sentía en la cara no resultara visible.
—Estás muerto —le susurró Barro.
—¿Qué has dicho? —preguntó la voz más grave.
—Nada. No he dicho nada.
—Mejor así.
En el salón cesó el murmullo de la conversación telefónica.
Los pasos del director se acercaron a la cocina.
Todos regresaron a su sitio excepto el desconocido, que permaneció de pie en mitad de la estancia.
Al encontrarlo allí, el director le preguntó si ya se había instalado en la cama libre del dormitorio asignado.
—Sí, señor.
La rectitud de su respuesta provocó risas contenidas en las mesas.
—No hace falta que me llames así. Esto no es un cuartel. —El director apretó los labios—. No me refería a… Vamos, coge algo de desayunar.
La manera en que el director se interrumpió al mencionar un cuartel confirmó a Uve que debía de tratarse del alumno nuevo.
El que llegaba con el curso empezado hacía un mes y ocuparía la plaza que seguía libre en el otro dormitorio.
El décimo estudiante con el que compartirían ducha cada mañana a partir de ahora.
De él habían oído que, además de repetidor, era hijo de un militar.
El nuevo se acercó a las encimeras donde se encontraban los panes, los cereales, las piezas de bollería, las galletas, la leche y el agua caliente.
Uve dejó de seguirlo con la mirada por si los demás se daban cuenta de que lo hacía, pero volvió a fijarse en él cuando se sentó a una mesa.
Eligió el extremo de una vacía, sin que pareciera una imposición por no conocer a nadie, sino más bien una preferencia.
La elección de su desayuno, dos piezas de fruta y una infusión, sorprendió a Uve.
La manera en que exprimió la bolsita del té sobre la taza humeante, retorciendo el hilo en la cucharilla, le resultó de lo más sofisticada, pero en las otras dos mesas se iniciaron bisbiseos y ronquidos de burla.
El nuevo los estaría oyendo también.
Sin molestarse en mirar a esos compañeros, sacó un walkman del bolsillo interior de una cazadora de cuero que había colgado en el respaldo de la silla y comenzó a desliar el cable de unos auriculares de diadema.
El director chistó hasta captar su atención.
—No se puede —le dijo—. En el desayuno, nada de aparatos.
El nuevo soltó las manos sin más y el walkman cayó sobre la mesa.
Uve sintió una arrebatadora curiosidad por saber qué música sonaría en esos auriculares de espuma naranja.
El nuevo se dio cuenta de que lo miraba y le dedicó una sonrisa ladeada antes de juntar las muñecas con gesto de fastidio.
Uve captó la mímica de unas esposas que coartaran su libertad y se atrevió a devolver la sonrisa, pero enseguida bajó la cabeza.
El chirrido metálico de una puerta mal encajada anunció la irrupción del Búho, que entraba a la cocina desde la parte ajardinada de detrás de la casa.
—¡Quince minutos, señores! Los niños a clase y el menda a la cama, que ya me toca. —Culminó el anuncio con un eructo que se ganó risas en las mesas, pero también una mirada censora del director—. Perdóneme. Se me pegan las malas formas de estar con estos guarros.
Con la mano abierta señaló a los diez alumnos en la cocina.
Uve dio un último sorbo a su leche con chocolate.
Guardó la lámina y la carta en el sobre. Antes de meter los billetes, sonrió al fijarse en los números de serie: V6835386 y L7911197. No sabía cómo lo hacía, pero su tío seguía consiguiéndolos.
Cuando volvió a mirar al sitio donde estaba el nuevo, encontró la mesa vacía.