Capítulo 30
Unos pies descalzos rechinan sobre el mismo suelo por el que rechinaron los de Jota al bajar las escaleras hace unas horas . Son los pies descalzos del nadador, que ha bajado corriendo desde el cuarto y se dirige a la puerta principal de la casa.
Al salir, pisa gravilla muy fría, pero no se detiene.
Ignora el temblor que le tensa la espalda.
Camina en calzoncillos por el exterior, sin preocuparle ya enfermar de frío de cara a la competición del sábado.
—¡Búho! ¡Búho! —Una diminuta nube de vaho acompaña cada grito—. ¡Búho!
La puerta de la garita se abre antes de que la alcance.
Al verlo llegar gritando, el conserje exige silencio con un dedo contra los labios.
—¿Estás tonto con esas voces? —Coge al estudiante por los hombros, le pregunta qué hace descalzo y en calzones—. ¿Te parece normal? ¿Qué es lo que pasa?
—No sé, joder, qué movida. No se despiertan.
El conserje mira su reloj por si la cabezada que pretendía dar se le ha alargado más de lo que pensaba, pero no.
—Es pronto aún. Falta una hora.
—Que no, macho, que no se despiertan. Qué mal rollo.
El estudiante traga saliva con un gesto de dolor de garganta.
El conserje intenta oler el aliento que se le escapa en bocanadas entrecortadas, en busca de algún matiz alcohólico.
No sería la primera vez que uno de los estudiantes aparecía ahí en mitad de la noche con tremenda melopea, soltando alguna gilipollez o atendiendo algún estúpido reto que le hubieran impuesto los compañeros.
En esos casos, el propio conserje les echaba la bronca y los metía en vereda, pero procuraba que el suceso no trascendiera al director ni a los padres.
Siempre ha pensado que los chavales tienen que hacer cosas de chavales, como emborracharse, pajearse y enamorarse, y su trabajo no es ser el ogro que les joda sus mejores años.
Claro que ese tipo de cosas ocurrían siempre los fines de semana.
No una mañana de jueves. Y en el aliento de ese chico no percibe ni rastro de borrachera.
Es, además, uno de los estudiantes más sanos y formales de esa casa, que vive centrado en sus competiciones de natación.
—Ven a verlo, por favor. —El chico se abraza a sí mismo en busca de calor—. Pinta muy chungo.
La cosa debe de ser seria para tenerlo allí delante tiritando casi en bolas a las siete de la mañana.
—Vamos.
El manojo de llaves cascabelea en su cinturón, de camino a la casa.
El zapato de la pierna más corta se hunde en la gravilla más que el otro.
Es la segunda vez que el conserje apresura el paso esa noche.
La primera fue en la ronda de hace unas horas, cuando encontró abierta la puerta de la cocina y subió a echar un ojo desde el pasillo.
Asciende otra vez por la misma escalera, detrás del nadador.
Procura tranquilizarse recordando que, en aquel momento, ya de madrugada, todo parecía en calma.
Incluso se asomó a comprobar que seguía en su cama el muchacho que había detonado sus sospechas, el nuevo, el hijo del militar, el mismo que comiéndose un yogur junto a la nevera le había asegurado que el director había cerrado ya la puerta trasera de la cocina antes que él.
En cuanto alcanzan el distribuidor del primer piso y el conserje ve encendida la luz de ese mismo cuarto, algo le dice que ese muchacho se la ha jugado bien jugada.
—Corre, pasa —dice el nadador.
El conserje entra en la habitación y el espacio se deforma en su mente, transformándose en un lugar gigantesco que lo hace sentir muy pequeño, porque entiende de inmediato que los tres chicos destapados en sus camas no están dormidos.
Los cuerpos han perdido color, la rigidez de las posturas no se corresponde con la que proporciona el sueño.
Desde algún rincón del lugar de extrañas dimensiones al que el vértigo y el mareo lo han desterrado, llega una voz que suena lejana y con eco.
Es la voz del nadador, a su lado, explicándole que bajó cabreado a apagar un despertador que los chicos no paraban.
Que acabó por lanzar el aparato contra la pared, por eso están los pedazos por ahí desperdigados, pero que nadie respondió a su ofensa.
Frustrado con el pasotismo de los dormilones, encendió la luz y destapó la cama que más cerca le pillaba.
Ante él apareció un cuerpo que no se movió ni un poquito, ni siquiera cuando le pateó el colchón.
Probó entonces a quitarle la colcha al compañero de la siguiente cama, que tampoco reaccionó a su agravio.
A ese, el de los dientes partidos, que dormía de lado, lo agarró de las mejillas para gritarle que dejaran de hacer el gilipollas, que sabía que estaban despiertos, pero la cara helada que tocó le hizo retirar el brazo antes de pronunciar una sola palabra.
En la tercera cama que destapó, encontró abiertos los ojos verdes del chico pelirrojo, pero notó enseguida que parecían opacos, carentes de humedad, y que no parpadeaban. La pupila se veía gigantesca.
El nadador sigue hablando y el conserje tropieza con su zapato como hacía años que no le pasaba.
Solo ha dado tres pasos para acercarse a la cama del chico pelirrojo con los ojos de muñeco que no miran a ningún sitio.
Encorvado, aproxima un oído a los labios entreabiertos.
Desea que la boca del chico se mueva y le grite o le susurre que le están tomando el pelo, que es otra broma pesada de las muchas que acontecen a cada poco en los dormitorios del internado, pero el conserje no escucha ni siente en la piel siquiera el más frágil de los hálitos.
Al tratar de incorporarse, el vértigo acaba por vencerlo.
Se agarra al armazón metálico de la cama y evita la caída sentándose a los pies del colchón del muñeco gigante.
Dos estudiantes del piso superior, uno con camiseta ancha de dormir, calzón y calcetines desparejados, y el otro con un pijama de cuadros, se asoman a la puerta preguntando qué pasa.
Se llevan las manos a la cara en cuanto observan la escena.
El de los calcetines desparejados destapa una cuarta colcha y descubre otro cuerpo adolescente de inquietante palidez.
Aún agarrado al armazón metálico para navegar su mareo, el conserje ve cómo el otro estudiante descubre la quinta cama, la más cercana a la puerta.
Esa en la que duerme el hijo del militar, al que todavía no ha calado del todo y que solo usa su inicial como nombre.
Se prepara para ver entre las sábanas otro rostro joven con la mirada perdida en el más allá, pero lo que aparece en ese colchón son dos almohadas esculpiendo una anatomía de tela y relleno.
—Qué coño está pasando —susurra el conserje sin que sea realmente una pregunta.
Imagina a Jota, que así se llama el chico de la inicial, rebañando con la cuchara el envase de un yogur cuando logró engañarlo sobre la puerta de la cocina.
El pensamiento inicia una náusea que le explota en la boca como una arcada.
Espera pulverizar el suelo con las magdalenas que se comió de madrugada y los espaguetis recalentados que cenó en la garita, pero de alguna manera logra evitarlo y la violenta arcada solo le raspa el paladar hasta que se traga un ácido que le quema la garganta y le inunda los ojos.
El retumbar de unos pasos que recorrieron el pasillo en dirección a la habitación de al lado lo atraviesan ahora de vuelta a este dormitorio. El conserje identifica, incluso con su visión borrosa, los calcetines desparejados del estudiante que se agarra al marco de la puerta y dice:
—En la otra tampoco se despiertan. Tío, es que están muertos.
El espacio se deforma aún más en la cabeza del conserje, que necesita que la estancia deje de dar vueltas. Que el mundo entero se pare. Que dejen de pasar cosas y que cada frase que escucha tenga implicaciones más terribles que la anterior.
Se impulsa con los antebrazos en las rodillas y logra levantarse de la cama, incluso mantener el equilibrio.
Atraviesa la habitación con un andar inseguro que revive traumas de su infancia.
El suelo del pasillo se curva y tambalea a sus pies.
Nada más entrar al otro cuarto, ve tres camas descubiertas con tres cuerpos rígidos de adolescencia interrumpida.
Los dos estudiantes del piso superior los sacuden, los pellizcan, sin obtener reacción alguna.
—¡Este respira! —grita de pronto el de los calcetines desparejados. Se refiere al chico cuyo edredón acaba de retirar en la cama más cercana a la ventana—. ¡Aún respira!
El brote de vida desvanece el vértigo y el mareo que nublan la mente del conserje. De pronto, el suelo vuelve a ser plano y la estancia recupera las esquinas.
—Bajad a por el director. Ya. ¡Ahora! —ordena a los estudiantes—. Y que alguien compruebe también los dormitorios de arriba, si están bien allí.
El del pijama de cuadros se ofrece a subir, aunque asegura que en el suyo estaban todos bien. El nadador y el otro corren escaleras abajo.
El conserje se acerca a la última cama que falta por destapar en ese cuarto.
En la que duerme el único amigo que el chico nuevo se ha hecho en el internado, a quien empezó a llamar Uve por esa tontería suya con las iniciales.
Un niño tan amable, educado y reservado que al conserje le cuesta comprender por qué ha hecho tan buenas migas con el otro, que encima es mucho mayor que él.
Pero los ha visto a los dos encontrarse en las escaleras exteriores por las noches, los ha oído cuchichear en las sombras de rincones y pasillos, y los ha pillado cambiando de postura al entrar en el baño.
También los ha visto dar largos paseos por la orilla del lago y cenar y desayunar juntos, apartados de los demás, en el extremo de una mesa.
El conserje tira de la colcha de Uve imaginando lo que ocurrirá.
Primero, se alegra de no encontrar otro rostro sin vida, con la boca abierta y la mirada vacía.
Pero el alivio se desvanece enseguida, porque, igual que en la de Jota, dos almohadas suplen la ausencia en esa cama.
Aunque no acierta a pensar nada en concreto porque hace rato que no entiende el significado de ninguna cosa, la boca se le adelanta y da voz a una idea:
—¿Qué habéis hecho? —susurra al aire.