Capítulo 29
El horizonte empieza a clarear con una banda de color amarillo pálido allí a donde los lleva la carretera.
Jota ha empezado a sentir leves palpitaciones de dolor en la cabeza, el amanecer de una resaca.
El motor del coche hace un ruido que debe de llevar días, o semanas, reclamando atención.
El frío y la humedad empañan constantemente el cristal delantero y las ventanillas.
Con cada cambio de marcha, una lata vacía rueda adelante y atrás.
Todas esas cosas molestan a Jota, pero más le molesta lo callado que va Uve.
Le molesta que lleve las manos en el asiento, bajo las piernas.
Él siempre tan apocado y temeroso. Le molesta escuchar el ronroneo de una preocupación en su garganta.
—Eh, de bajón, nada —le dice.
Porque bastante tiene con aguantar la luz decrépita de un alba casi invernal, saborear el amargor de cervezas pasadas en la lengua cada vez más áspera y sobrellevar el ligero martilleo detrás de los ojos, como para ahora ocuparse también de la eterna desazón de su amigo.
Sobre todo, cuando lo único que ha hecho es cumplir todos sus deseos.
—Te juro que no te entiendo. —Jota deja caer la mano sobre la palanca de cambios—. Acabamos de escapar de un cabrón que casi nos roba todo el dinero. Tu dinero. Explícame por qué estás así.
—¿Le viste la cara? —Uve no le dirige la mirada, la mantiene fija en el amarillento amanecer, como un golpe reciente en la piel del cielo—. ¿Y la de Eme? Cuando le ha puesto los dedos en el cuello… se ha asustado un montón. Creo que no le encontraba…
—Venga ya, no me jodas. Ahora te vas a preocupar también por esa hija de puta que ha tardado medio segundo en vendernos. Hemos hecho lo que teníamos que hacer, y lo sabes.
Uve gira la cara hacia él, pero no habla. Tan solo se queda mirándolo, cuestionándolo en silencio. Forzándolo a escuchar una de esas preocupaciones silenciosas que son siempre las más profundas.
—¿Qué? —pregunta Jota, experto en enmudecer su mente—. No te estoy entendiendo.
—Ese tío era enorme… Y mira cómo se ha quedado.
—Ya, ¿y? De eso se trataba, ¿no? Para eso hice la mezcla.
—Pero es que no parecía solo dormido. Parecía…
Uve respira hondo. Su frente se llena de arrugas.
Jota trata de ignorarlo y escapa al retrovisor izquierdo como si necesitara comprobar las maniobras de un coche que los siguiera, a pesar de que la carretera se encuentra vacía. Al mirar de nuevo a su amigo, un barniz de lágrimas brilla en los ojos de Uve.
Resulta imposible seguir fingiendo que no se entera de nada.
—¿Qué me quieres preguntar? —desafía Jota.
Uve permanece en silencio.
—¿Qué?
Su amigo aprieta los labios para contener eso que no se atreve a insinuar.
—Venga, dilo —ordena Jota—. Que hables.
—¿Cuánto…? —Uve traga saliva—. ¿Cuánto les pusiste a ellos?
Jota deja caer los hombros. Estruja el volante como si pudiera exprimirle algún líquido. En su pecho y estómago se arremolinan emociones que le secan aún más la boca.
—A ver, tío, estate tranquilo —acaba por decirle a Uve, quizá porque es lo mismo que quiere escuchar él—.
El cabrón ese ha doblado porque iba hasta arriba de alcohol y vete tú a saber de qué más.
Pero ellos, esos putos compañeros a los que tanto odias y que de repente tanto te preocupan, ellos están bien. Te lo juro, está controlado.
—¿Cómo pued…?
Jota presiona Play en la radio del coche.
—¡Que dejes de preocuparte! ¡Tienes que mandar a la mierda al Uve que se agobia por todo!
Sube el volumen y canta sobre la música, aunque eso aumente su dolor de cabeza.