Fuegos artificiales Capítulo 28
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Capítulo 28

En el reloj, la manilla que cuenta las horas se encuentra con la que establece la alarma y las dos campanas del despertador repican con un estruendoso timbrazo que rompe el silencio y la calma en el dormitorio que Jota abandonó pasada la medianoche.

El estrépito retumba en el suelo de terrazo, en las paredes.

Parte del sonido escapa por la ventana abierta y se desvanece en el frío paisaje nocturno al que está a punto de asomarse el alba.

El ruido de la alarma se derrama también al pasillo del internado y flota escaleras arriba hasta el piso superior, donde la vibración llega amortiguada, pero firme y constante, al cuarto donde duerme el mismo estudiante que adelantó la manilla corta, aunque ya no duerme porque la alarma acaba de despertarlo en mitad de otra pesadilla sobre la competición del sábado.

El nadador abre los ojos y maldice a los niñatos que están tardando tanto en apagar el despertador.

—Vamos —murmura con los labios pegados de sueño—. Joder, vamos.

El timbrazo permanece constante.

—Os juro que os mato.

Sigue sonando.

—Como me hagáis levantarme otra vez…

Aún aguanta un minuto más antes de retirar la colcha.

Baja la escalera acelerado, dando golpes a las paredes.

Si no duerme él, no duerme nadie. El volumen del despertador aumenta a medida que se acerca, igual que la intensidad de su cabreo.

Tan enfadado va que ni siquiera aprecia del todo el frío que asola esa planta, su mente centrada en un único objetivo, el de poner fin al timbrazo.

Entra al dormitorio y coge el despertador.

Está a punto de lanzarlo contra una de las cabezas que asoma entre las mantas, pero un resquicio de sentido común le hace entender que podría causar demasiado daño.

El reloj es metálico y tanto el afilado borde de la esfera como las patas puntiagudas, el asa o los timbres podrían abrir una brecha importante.

Con el puño blanco de la rabia que concentra en la mano, arroja el despertador contra una pared.

El aparato se deshace en una explosión de piezas y mecanismos que llueven sobre algunas camas.

El impacto deja un boquete no solo en la pared, sino en un póster de un cantante caracterizado de muerto viviente.

La alarma deja de sonar.

En el repentino silencio, el silbido de una ráfaga de aire que entra por la ventana abierta infla la cortina y estremece la piel del nadador. Se frota los brazos desnudos y los empeines contra las piernas, culpando al frío de la sobrecogedora sensación que lo invade.

Pero el frío no tendría por qué provocarle esta siniestra presión en el estómago.

El cambio de corriente hace que la ventana absorba la cortina, como una boca que se asfixiara con un plástico, y el nadador lo único que quiere es regresar al calor de sus sábanas.