Fuegos artificiales Capítulo 27
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Capítulo 27

El rapado se acaba su copa al t ercer trago mientras ella disfruta la suya a sorbitos.

Eme ha aprovechado la llegada de las bebidas para dejarse de cuchicheos y ponerse a hablar con cierta seriedad sobre ese futuro de vida en común que se le ha prometido.

Entre las voces del locutor y la música del radiocasete, Uve oye cómo le explica a su novio lo importante que es para ella este paso.

Construir un hogar. Con enérgica gesticulación le dice que es una oportunidad que llega en el momento justo porque estaba a punto de rendirse y dar todo por perdido.

—Es que no aguanto a tus colegas, así de claro. Tirados en casa todo el día.

Eme habla sin parar durante un par de canciones mientras su novio interviene con frases muy cortas. A la tercera canción, el rapado solo usa monosílabos. A la cuarta, apenas refuerza lo que ella dice con sonidos de garganta. Es en mitad de la sexta canción cuando Eme alza la voz.

—Te aburro ¿o qué? —No obtiene respuesta—. ¡Que no te duermas! —Lo sacude de un hombro, pero el rapado ni siquiera la mira—. Yo aquí abriéndote mi corazón y tú durmiendo la mona en mi cara.

Aún sentado tras el mostrador, Uve observa cómo Eme le da un empujón con el que pretende despertarlo, pero el tronco del rapado se desliza por el respaldo hasta quedar doblado sobre el brazo del sofá.

—¡Pero, tío! —regaña ella, que derrama parte de la copa al incorporarse.

Coge a su novio de la muñeca para levantarlo, pero su anatomía se vence hacia delante. La cara resbala contra las piernas de ella hasta quedar a sus pies. La manera en que se desploma sobrecoge a Uve. El ruido del cuerpo al caer alerta a Jota.

—Ahora, desátame —ordena. Ya ni se molesta en susurrar—. Vamos, Uve. Quítame estas mierdas.

A Uve le cuesta separar la mirada de Eme, que pelea por darle la vuelta al rapado entre gritos que pasan del enfado a la preocupación.

—¡Uve! —Jota se sacude en el suelo—. ¡Ya!

Uve reacciona, gatea hasta él. Le desabrocha primero el cinturón de las muñecas e intenta deshacer los nudos a mano, pero no lo consigue. Tampoco los de los tobillos, donde la cuerda igualmente presiona contra la piel, porque Jota no volvió a ponerse los calcetines.

Al otro lado del mostrador, se oyen cachetadas de Eme a su novio.

Uve revisa los estantes, la cajonera. Encuentra una tijera.

La ensarta con cuidado entre la cuerda y la pierna de Jota, mucho más velluda que la suya.

Un picotazo de la punta afilada derrama una gota de sangre.

Tras liberar los tobillos, Uve cierra las cuchillas en el entramado de cuerda en las muñecas y los lazos se desprenden solos.

—Mi salvador —dice Jota, que gime de alivio al liberar los brazos y darse la vuelta.

Un primer paso en falso lo lleva a sujetarse al mostrador.

Mueve los tobillos en círculos y se masajea los gemelos para devolver la circulación a los pies dormidos.

Se queja de los pinchazos que siente—. Ya, vamos. Nos piramos.

Recoge del suelo ambas mochilas y se las entrega a Uve.

Después, se dirige al sofá.

Eme ha tumbado bocarriba al rapado, en el suelo, y lo sacude con una mano en el pecho.

A gritos le pide que despierte. Cuando Jota se aproxima, ella le hace sitio pensando que va a ayudarla, pero él solo se agacha y registra los bolsillos delanteros del pantalón del novio.

Le mete la mano por debajo del culo para comprobar también los traseros.

Uve se fija en que el rapado tiene la boca abierta, los ojos cerrados sin presión en los párpados.

—Le pasa algo —dice Eme—. Necesitamos ayuda.

—Le pasa que bebe mucho —replica Jota—. ¿Dónde está el dinero?

Eme no responde, pero una torpe mirada alcohólica, de esforzado parpadeo, la delata.

Jota va a ese lado del sofá, del que cuelgan su chaqueta vaquera y el bolso con remaches de bisutería.

Hurga en ambos, sin reparos, hasta sacar el sobre con el dinero.

Calibra el grosor del taco y deduce que está todo.

Ellos no tuvieron la precaución de separarlo en dos partes.

—Vale, te lo doy, quédatelo —dice ella—. Pero ayudadme, por favor. No sé qué le pasa.

—¿Que tú me lo das? —Jota enarca las cejas, se acerca a Uve—. Es que te tienes que reír.

Separa el dinero en dos tacos y emula el reparto que hicieron en el exterior del internado. Un montón se lo guarda en el bolsillo libre de la sudadera, en el que no guardó los calcetines, y el otro lo devuelve, metido en el sobre, al compartimento delantero de la mochila de Uve.

—Las cosas siempre vuelven al sitio al que pertenecen —dice mientras le cierra la cremallera con satisfacción—. Vámonos.

En el suelo, Eme da bofetadas al rapado mientras grita su nombre con una voz rasgada por la desesperación y los excesos de la noche. Sus pulseras tintinean con intensidad creciente.

—¿Tu Erre de Rata no se despierta? —interrumpe Jota de camino a la puerta—. Qué raro, ¿no? Estará muuuy dormido.

Guiña un ojo a Uve, gesto que Eme intercepta.

—¿Por qué haces eso? —pregunta.

—No, por nada. Porque se le veía con sueño.

Jota vuelve a guiñar el ojo a Uve.

—¡Que por qué haces eso! —grita Eme justo antes de albergar una sospecha—. ¿Qué le habéis hecho? ¿Qué le pasa?

Ella busca los ojos de Uve, los mismos que lleva evitando un buen rato. Parece que ahora sí le interesa recuperar la complicidad para obtener de él alguna respuesta. Durante un instante, esa mirada transporta a Uve al momento del baile, el porvenir y las confesiones que olían a sandía y tabaco.

—No te preocupes —susurra—. Solo está dormido.

Jota agarra a Uve de la muñeca y tira de él.

—Que pases de ella.

Eme señala con la barbilla la mano de Jota y agarra la del rapado en el suelo.

—No son tan diferentes —le dice a Uve.

La chica a quien imaginó como una amiga para siempre le retira la mirada y abofetea el cuerpo que no despierta. Presiona dos dedos contra el cuello.

Uve trastabilla con la fuerza de arrastre de Jota.

—Vamos, joder.

Fuera, desde el techado, los dos observan el coche que el rapado ha dejado con la puerta abierta. Intercambian una mirada y comparten la misma idea.

—¿Sabes conducir? —pregunta Uve.

Nota inquieto a Jota. Lo ve frotarse los dedos, morderse el interior de las mejillas.

Tras unos segundos de cavilación, Jota retoma la marcha en dirección al campo, como para regresar a las vías del tren.

Uve va detrás. Se adentran en el terreno, aún húmedo.

La altura de la maleza los obliga a elevar las rodillas.

Antes de sortear el siguiente matorral, Jota frena en seco.

—Qué coño —murmura—. Que da todo igual.

Se voltea de regreso al almacén de pirotecnia. Ya no esquiva las hierbas, sino que las pisa. Uve utiliza el camino que él va abriendo.

Jota se monta en el asiento del conductor. Le abre la puerta del copiloto a Uve y el retrovisor roto se balancea, a punto de caer.

—¿Sabes o no? —pregunta al subir.

La llave está metida en el contacto.

Jota enciende el motor.

Cierra, uno a uno, los dedos en el volante.

Y, aunque dirige la vista al frente, parece que no mirara al almacén de pirotecnia delante de ellos, sino a algún otro lugar mucho más lejano, no solo en la distancia, también en el tiempo.

—Claro que sé —dice al regresar del recuerdo. Pelea para meter la marcha atrás—. ¡Nos piramos!