Capítulo 24
El minutero avanza en el despertador de timbre sobre el aparador del dormitorio en el que dormía Jota.
En su cama, una almohada y un cojín dan forma a un cuerpo de mentira.
Ni la colcha ni la sábana ni su falsa anatomía van a sufrir ni a quejarse del frío que se cuela por la ventana del cuarto, esa que un compañero de los dormitorios superiores ha abierto, de mala gana, para estropearles el sueño a los niñatos de aquí abajo.
Fue parte de su venganza por hacerle pasar frío a él, la cual completó adelantando en el despertador común la más corta y gruesa de las manillas.
La que brilla en la oscuridad y establece la hora de la alarma.
La que cuenta los minutos avanza un poco más y el horario se va acercando a esa otra manilla más gruesa.
Cuando ambas se encuentren, se soltará el martillo que golpeará los timbres que despertarán a todos, como al inicio de cada jornada.
Pero la venganza del nadador hará que la alarma no suene a las ocho de la mañana, como ocurre todos los días de clase, sino más de una hora antes, cuando estén a punto de dar las siete.
Tic.
Tac.
Tic.
Tac.
Las 05.59.