Fuegos artificiales Capítulo 25
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Capítulo 25

Eme susurra algo al oído a su novio, que se ríe.

Los dos cuchichean acurrucados en el sofá.

Dirigieron hacia ellos el calefactor y el radiocasete, en el que han sintonizado una emisora que pincha canciones que no le gustan nada a Uve.

La pareja apura ya una segunda copa de whisky en los vasos de plástico.

El rapado tiene la cara llena de trazos y puntos blancos, los de una pomada que Eme le fue aplicando mientras é l se quejaba, sorbía saliva o le pellizcaba el culo por sorpresa con risitas lascivas.

Uve los observa desde el mostrador, sentado en el suelo, a un paso de Jota.

Hasta allí desplazaron el cuerpo atado cuando el rapado dijo que no soportaba ver al puto niñato ese que le había desgraciado la cara.

Propuso sacarlo fuera, pero Eme le convenció de que hacía demasiado frío.

Terminaron por arrastrarlo de los pies, amarrado como estaba, la tripa contra el suelo, hasta esconderlo detrás del mostrador como si fuera un montón de cajas que se le oculta a los clientes.

Cuando Uve se sentó cerca, el rapado le repitió la advertencia de no intentar ayudar a su amigo. Ni hablar con él.

El radiocasete emite una canción sobre pasárselo bien y llegar al baño dando volteretas.

A Uve le recuerda al internado, a sus compañeros cantándola con guitarras invisibles.

Cómo odia a esos compañeros, ese lugar. Cómo odia esa canción.

El rapado entona un verso del estribillo antes de beber más whisky.

Eme lo repite haciéndole los coros y sorbe los últimos trozos de hielo en su vaso.

Jota chista a Uve, igual que hizo en las arizónicas para revelar su posición. Antes de atenderlo, se fija en que la pareja sigue a lo suyo en el sofá, moviendo la cabeza al compás de la canción.

—Eh —susurra Jota—. Escucha, tío.

Uve se tensa, teme que el rapado pueda oírlo, pero el volumen de la música no debe de permitírselo. Se recuesta en las rodillas flexionadas, como si descansara, y dirige la cara hacia Jota, tirado a su derecha.

—¿Qué? —dice sin mover los labios.

—La pistola. —Jota habla con el cuello torcido, una mejilla contra el suelo—. Úsala. Quedaban tres cartuchos.

—Qué dices. —Uve sacude la cabeza—. No me atrevo.

El chasquido de lengua de Jota le hace sentir inútil, pero Uve tiene muy claro que, si intentara recuperar la pistola que sigue tirada por ahí, el rapado lo pillaría antes de encontrarla.

Jamás le daría tiempo a cargar un cartucho.

E, incluso si llegara a conseguir eso, fallaría seguro en el disparo.

—Joder, Uve, que tú ya te atreves a todo —dice Jota.

—No te pases.

—Hay que hacer algo y yo no puedo. Tienes que ser tú.

Eme rompe a reír, a su aire, en el sofá.

—Pues esperamos a que se vayan —dice Uve—. Se acabarán yendo.

—Con tu dinero. —El susurro de Jota sube de volumen. Tiene la cara roja por el esfuerzo que le supone erguir el cuello para separar la boca del suelo—. El dinero de tu tío. Se lo van a llevar. Y nos están retrasando. Si no nos alejamos más, nos van a encontrar enseguida.

Uve abraza sus rodillas, se balancea con los talones. Jota tiene razón. No falta tanto para que el internado despierte y todos descubran su huida, si acaso no la descubre antes el conserje. Con todo lo que le duele perder el dinero de su tío, más le atormenta la idea de volver a ese lugar.

—Las mochilas —dice entonces Jota—. ¿Dónde están? No las veo.

A Uve se le contrae el estómago al imaginar lo que Jota va a plantear.

Valora si decirle que no las tiene al alcance.

En realidad, Eme reunió las dos mochilas y se las acercó a Uve, en un esforzado gesto de reparación de daños.

Incluso recogió el casete del suelo y lo metió en una de ellas, como si un par de buenas acciones pudieran compensar su traición.

Durante el proceso, Eme no miró a los ojos a Uve ni una sola vez.

—Que si tienes cerca las mochilas —insiste Jota.

—Sí —confiesa Uve, que teme la orden siguiente.

—¿La mía?

—Que sí.

—Pues ponle, tío. Está en mi bolsillo de delante —dice Jota entre dientes—. Ponle y nos piramos.

Descansa la cabeza en el suelo como si lo aliviara haber encontrado una solución definitiva al entuerto. Uve, que no lo ve tan claro y preferiría no hacer nada, busca otra alternativa y habla al sofá, sin pensarlo, a la desesperada.

—¿Os podéis ir? —le dice a la pareja. No lo oyen con la música, así que lo repite en voz alta—. ¡Que os vayáis!

El grito interrumpe su conversación.

—¿Qué has dicho? —pregunta el rapado.

Los ojos enrojecidos y vidriosos hacen que Uve cambie de registro.

—Que si os podéis ir, por favor. O dejar que nos vayamos. Lo desato y nos vamos.

—Tú debes de ser más tonto de lo que pareces.

—El rapado expulsa aire por la nariz como si acabara de escuchar el peor chiste de la historia—.

No vas a desatar al pringado de tu amigo.

Y tampoco nos vamos a ir. ¿Sabes lo que sí vamos a hacer?

Tomarnos otra copa. A vuestra salud. —Eleva el vaso de plástico como si brindara—.

Y adivina quién me la va a servir. Tú mismo.

Me vas a poner un copazo para que me quede todo el tiempo que me dé la puta gana en este sitio, te guste a ti o no.

¿Te ha quedado claro? No sé si te ha quedado suficientemente claro. Si es que sí, imita a una gallina.

—Para, anda —le dice Eme—. Yo pongo las copas.

Hace ademán de levantarse, pero él la apresa por la cintura.

—No. Nos las pone el llorica. —Sacude su vaso en el aire. A Eme le arranca el suyo de las manos para hacer lo mismo—. Vamos.

Uve escucha susurrar a Jota:

—Si es que te lo está pidiendo a gritos el muy capullo. —Incluso atado bocabajo en el rincón de un almacén, Jota encuentra el momento de contener una risa—. Si supiera lo que le espera…

En el radiocasete suena ahora una canción sobre alguien que come ranas.

Es otro de los temas que hace que sus compañeros de dormitorio salten encima de las camas o se abalancen unos contra otros.

Uve piensa en Barro, usando una toalla mojada como látigo o clavándole los dedos en la magdalena, y el rencor que siente le sirve de impulso para levantarse.

—Ese es mi chico… —oye decir a Jota antes de que la música lo ensordezca al alejarse del mostrador.

—Mira qué mayordomito más obediente nos he conseguido. —El rapado le entrega los vasos con una sonrisa ladeada—. Y cárgalas, no me seas tacaño con el alcohol de este lugar.

—Si el whisky es mío —dice Eme—. Son del paquete de botellitas ese que nos llevamos del bingo.

La risotada que suelta el novio salpica de saliva las manos de Uve, que evita hacer ningún gesto de asco para no enfadarlo.

Regresa al mostrador con los vasos vacíos.

Nunca ha servido una copa y no tiene muy claro cómo se hace, pero tampoco pregunta.

Entiende que habrá que mezclar el refresco con el alcohol y añadirle un hielo.

—Lo de la mochila —susurra Jota desde el suelo—. Uve, lo de la mochila.

Trata de calmar sus nervios mientras sirve refresco en ambos vasos, pero acaba derramándolo.

—Vamos —ordena Jota—. Cógelo. Ponlo ya.

Uve rebusca entre latas vacías y botellitas sin tapón hasta encontrar dos cerradas. Vacía una en cada copa, ya llenas de refresco hasta la mitad.

—Que lo cojas —urge la voz a sus pies—. Está en la mochila. La mía. En el bolsillo de delante.

Uve siente ganas de gritarle que ya le ha oído y que ya sabe dónde está, pero se contiene.

Sobre el mostrador se derrite una segunda bolsa de hielo, la que Eme ha sacado hace un rato, cuando descubrió que su novio había usado los restos de la anterior para aliviar las quemaduras del rostro.

Uve la deja caer al suelo, como para separar unos cubitos que se hubieran pegado entre sí.

Es algo que le ha visto hacer al Búho en la cocina del internado alguna vez.

Se acuclilla a recoger la bolsa y aprovecha para echar mano al bolsillo delantero de la mochila de Jota.

—Eres muy listo, tío —susurra él.

Los dedos temblorosos de Uve remueven clínex arrugados, monedas, bolígrafos, carátulas de casetes, hasta dar con el contorno de cristal que busca.

Reconoce la perilla de goma. Saca el frasco y lo apoya en una cajonera tras el mostrador al mismo tiempo que se incorpora con la bolsa de hielos.

Aprovecha para comprobar si sus dos únicos espectadores están atentos a su teatrillo, pero ni siquiera lo miran.

Eme le ha subido la camiseta al rapado y parece contar los pelos de su pecho entre risitas.

En la radio, alguien se despide de su padre y le pide un poco de dinero más, letra que los dos tararean.

Uve deja caer de nuevo la bolsa de hielos, en otro innecesario intento de quebrarlos. Y, como si su única intención fuera acercar las bebidas a los hielos que acaba de separar, se agacha con los vasos, los apoya en el suelo.

—No me atrevo.

—Que sí, que puedes con todo.

Uve busca la mirada de Jota, que, para poder observar sus movimientos, mantiene el cuello retorcido, con la barbilla sobre un hombro, a pesar de la mueca de dolor en el rostro.

—Corre, tío —dice, las mejillas rojas del esfuerzo.

Frente a los vasos, con una rodilla en el suelo y la barbilla apoyada en la otra, en una pose infantil como de quemar hormigas con una lupa, Uve recupera el pequeño frasco sobre la cajonera. Al acercarlo a las bebidas, el temblor en sus manos se intensifica.

—Échale —susurra Jota—. Échale bien.

Un escalofrío recorre la espalda de Uve. Desenrosca el gotero que sirve de tapa al botecito y aprieta la tetina antes de extraerlo. La pipeta de cristal golpea varias veces el cuello del frasco al salir. Uve no está nada seguro de lo que hace, así que busca apoyo e indicaciones en Jota.

—Tranquilo, tío —le dice él—. Vas muy bien.

Uve sitúa el cuentagotas encima del vaso de la derecha. La pipeta flota, temblorosa, sobre el líquido.

—¿Cuánto? —pregunta.

—Tú echa —insta Jota—. Dale bien.

Uve presiona la tetina y dos gotas caen en la bebida.

—Anda ya, eso no es nada.

Cuatro gotas más dibujan ondas concéntricas en el líquido.

—Aprieta más —ordena Jota.

Uve lo mira con las cejas elevadas, cuestionándolo.

—Que sí. Que necesitamos que se duerma enseguida. Échale todo.

Otras tres gotas caen en la copa.

—Uve, todo —insiste Jota—. Por nosotros. Bum.

Uve aprieta la tetina por completo.

La dosis entera del cuentagotas se diluye en el alcohol igual que se diluyen todas sus preocupaciones con la sonrisa que le dedica Jota.

Un grito del rapado los interrumpe.

—Tú, ¿y nuestras copas?

Uve cierra el frasco, lo devuelve a la mochila.

A toda prisa, echa un hielo en cada vaso, se levanta con ellos en las manos y los deja en el mostrador como si fuera la barra de un bar.

Antes de que le pregunten qué hacía agachado al otro lado, vuelve a recoger la bolsa de hielo y, a la vista de ellos, la precipita contra el suelo una vez más.

—Estaban hechos una roca —ofrece como explicación al tiempo que la pone junto a las bebidas.

—Pero relájate, chico —dice la voz ronca—, que solo estás poniendo unas copas. Me das un mal rollo, o estás llorando, o tienes cara de estar a punto de llorar.

—Déjalo en paz. —Eme le baja la mano.

Uve agarra con rabia la bebida de la derecha.

Antes de que abandone el mostrador en dirección al sofá, Jota le susurra que debería haberle echado el frasco entero.

—El mayordomito obediente —dice el rapado al verlo llegar.

Uve le entrega el vaso adulterado de la derecha. A Eme le da el de la izquierda. Retrae el brazo cuando ella intenta acariciárselo en otro tardío gesto de disculpa.

Con un trago largo, el rapado deja la bebida a la mitad.

—Guau, cargadita —suelta con un carraspeo. Uve se prepara para recibir algún regaño o insulto, pero lo que escucha es—: Justo como la quería.

El rapado da otro sorbo y chasquea los dedos en su cara para que regrese a su sitio, como se le señala a un perro dónde se debe sentar. Detrás del mostrador, Uve se encuentra a Jota riéndose en el suelo.

—Eres el mejor —susurra contra el cemento—. En quince minutos ese cabrón está roncando.