Capítulo 23 #2
Al rapado lo llama Erre para molestar. Lo insulta diciéndole que huele fatal, que ya hay que tener tragaderas para querer acercarse a él, y le pregunta si ha oído hablar de los nueve círculos del infierno porque acabarán en el noveno, como dos ratas traicioneras.
El esforzado discurso de Jota culmina con una carcajada desquiciada y rendida de quien sabe que va a perder.
De un último tirón, Eme se hace con la única correa a la que aún se aferraban unos dedos retorcidos.
—La tengo.
Se pone de pie y se aparta el pelo de la cara con un suspiro de agotamiento. Concluida la extracción, el rapado levanta a Jota sin soltarlo.
—Qué ganas te tenía —masculla.
Lo asfixia con el elástico de la camiseta que lleva al revés y amenaza con ahogarlo como ya hizo en la carretera. E, igual que ocurrió entonces, Jota no se amilana.
—La navaja la sigo teniendo en el bolsillo —dice con dificultad—. ¿Te la saco?
—No tiene ninguna navaja —interviene Eme—. Me confesó antes que era un farol. Déjalo ya, que no te puede hacer nada.
Jota lucha por respirar, la cara se le pone roja.
—Pero si quieres te saco otra cosa y me la chupas —logra decir.
Las manos del rapado saltan de la camiseta al cuello. Los pies de Jota se separan del suelo. Uve lo oye atragantarse en una agónica toma de aire.
—¡Que lo sueltes! —grita Eme—. ¡Para!
El rapado obedece y se deshace de Jota con un violento empujón que lo estampa de espaldas contra la estantería donde secaron los billetes.
El impacto derriba uno de los estantes, y cajas de artefactos pirotécnicos caen al suelo a la vez que él se desploma.
Tras unos segundos de incertidumbre, Jota habla:
—Estoy bien —dice.
El rapado se acerca a Uve, que tan solo aprieta la otra mitad del dinero entre las manos, paralizado ante lo que está ocurriendo.
—A ti se te habrán quitado las ganas de resistirte, ¿no?
El taco de billetes se desliza entre sus dedos sin que haga nada por evitarlo.
—Por favor, son ahorros de varios años —susurra mientras traga saliva—. Y son especiales. Me los manda mi tío…
Busca un último rastro de compasión en Eme, pero ella ni siquiera lo mira, sino que centra su atención en el sobre con dinero que ya ha sacado de la mochila. El rapado suma a ese fajo el que le acaba de arrebatar a Uve, y la pareja se acaricia las manos y el dinero entre risitas.
—Es muchísimo —dice ella.
—Lo que merecemos, niña. Lo que merecemos.
Trasladan el montón de billetes al mostrador para contarlos.
Jota se pone a gatas y Uve supera su parálisis para arrodillarse a su lado.
Aparta productos esparcidos por el suelo y le pregunta cómo se encuentra.
Jota responde que fatal, que muy mareado, que no se puede ni mover.
Lo hace en voz más alta de lo necesario y a la vez que guiña un ojo a Uve.
Se arrima a él con el fin de que los cuerpos oculten lo que hace, porque en realidad manipula un blíster con tanta urgencia como destreza.
—Creo que me voy a desmayar —prosigue Jota con la falacia dirigida a los del mostrador, aunque allí están más pendientes de otra cosa—. No puedo más.
Enmascara con una tos el crujido plástico del envoltorio al abrirlo. En sus manos, aparece una pistola de color naranja brillante. Uve lee en el paquete que se trata de un lanzabengalas. Y que incluye cuatro cartuchos. Jota introduce uno de los cilindros en el cargador.
—Se va a cagar —susurra.
Empuña el arma y se incorpora casi de un salto. Se enfrenta al rapado y a Eme con la pistola en ristre.
—El dinero. Es nuestro.
Ellos levantan la vista de los montoncitos que han separado sobre el mostrador. El rapado se encontraba en mitad de una cuenta, con billetes en ambas manos.
—Suelta el dinero. —Jota le apunta el arma a la cabeza.
—Estás de coña —contesta él con un ronquido—. ¿Qué es eso? ¿Tu pistola de juguete?
No hace falta conocer a Jota para darse cuenta de que la profundidad de su respiración, las arrugas de su frente y la tensión del brazo implican máxima seriedad y alarma. Uve lo sabe, pero el rapado parece no detectarlo.
—Atrévete —dice sin soltar los billetes siquiera—. Venga, haz lo último que vas a hacer en tu vida.
Jota se humedece los labios.
Reajusta la empuñadura del arma como si dudara.
—Lo que suponía —añade la voz ronca—. Anda, llama a tu mamá, que venga a buscarte.
Uve se lleva las manos a la boca. El dedo de Jota aprieta el gatillo.
La bengala se dispara con un silbido balístico.
Impacta contra el mostrador y contra el pecho del rapado antes de desviar su trayectoria hacia arriba, momento en que un fogonazo inicia una llamarada que le atraviesa el rostro.
En el intento de apartarla, el proyectil luminoso, ardiente, queda atrapado unos instantes entre sus manos, frente a la cara, para acabar escapando hacia el techo y extinguirse con un intenso resplandor naranja en un rincón del almacén.
Un berrido de dolor del rapado acompaña el estruendoso galope de sus botas hacia Jota. Un toro que grita de dolor y furia lo embiste y lo lanza de espaldas contra el suelo. Se sienta sobre su pecho y lo inmoviliza mientras se frota los ojos con los brazos enteros.
—¡Tráeme agua! —grita a su novia—. ¡Tráeme algo!
Montado sobre Jota, cabalga con violencia sobre su tórax. Las piernas del aplastado se sacuden en espasmos al ritmo de cada impacto.
—No… puedo… respirar.
Uve imagina horrorizado el sonido de las costillas de Jota quebrándose al completo bajo el peso del rapado. Imagina sus pulmones perforados.
—¡Para! —Eme corre a detenerlo—. ¡Que lo vas a matar!
El rapado se resiste a desmontar a Jota.
Para sacarlo del trance, ella le lanza a la cara el contenido de los vasos que trae en las manos.
—¡Joder! —El rapado se levanta y enfoca su rabia en el dolor del rostro, con lesiones visibles—. ¡Me quema la puta cara!
Le pregunta a su novia qué mierda le ha echado.
—Es whisky. Para desinfectar las heridas.
Él alza un puño hacia ella, con la lengua entre los dientes, hasta que Jota vuelve a atraer su atención al tratar de incorporarse entre toses, incapaz de hablar.
El rapado lo derriba de una patada en el costado y vuelve a cabalgarlo, esta vez sobre la espalda.
Se desabrocha el cinturón y lo saca trabilla a trabilla.
Uve no se atreve a imaginar qué pretende hacer hasta que lo ve usarlo para atarle las muñecas a Jota.
Después, rebusca entre los estantes no caídos hasta dar con un ovillo de cuerda.
Con ella, anuda también sus tobillos y refuerza el amarre de las muñecas.
—Aquí, quietecito, te vas a quedar.
Jota tose con la mejilla contra el suelo.
—¡Hostia, lo que me arde esto! —grita el rapado, como si únicamente se acordara de su propio dolor cada vez que logra reducir a Jota.
A Eme le pide que le traiga agua, pero agua de verdad, solo agua—.
Que pareces tonta. Y busca un botiquín, algo, lo que sea.
Tiene que haber algo contra quemaduras en este puto sitio lleno de pólvora.
Él mismo coge la bolsa de hielos casi derretidos sobre el mostrador y se deja caer bocarriba en el sofá. Se pone el plástico húmedo, helado, en la cara.
A Eme se la oye buscar por el aseo, el almacén trasero.
Uve aprovecha para intentar socorrer a Jota.
—Acércate más —advierte el rapado desde el sofá—, o intenta desatarlo, y te ato a ti también. Y os prendo cuatro tracas a cada uno en la cara. Para que sepáis lo que se siente.
Uve detiene su aproximación.
Le duele ver a Jota inmovilizado de esa manera, como la víctima de algún secuestro, con las manos atadas a la espalda y los tobillos anudados.
—Niña, hostia, ¿no hay nada? ¡Me queman los putos ojos!