Fuegos artificiales Capítulo 23
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Capítulo 23

—Vístete, anda —le dice el rapado a Jota nada más entrar—. Si quieres que nos llevemos bien, vístete.

—No quiero que nos llevemos bien —responde él.

—Eh, parad, que hemos quedado en que está todo olvidado —interviene Eme.

Apoya un dedo en el pecho de su novio y le pregunta qué quiere de beber.

Se ríe cuando le contesta que tres cervezas y lo guía hacia el cuartito donde está la nevera.

Uve se fija en que el rapado ya no lleva la chaqueta verde, sino solo la camiseta, estampada por cercos de polvo y sudor.

Jota se pellizca la nariz y finge una arcada cuando pasa junto a él.

Uve asiente y se abanica la cara, huele fatal.

El rapado regresa con dos cervezas en la mano. A la primera le arranca la anilla y se la bebe de un trago.

—En mi puta vida he tenido tanta sed —dice mientras va soltando el gas en eructos—, te lo juro.

Eme desecha la lata vacía en el mostrador. También ha sacado una botella de refresco, una bolsa de hielos y vasos desechables. La alfombra se va llenando de huellas del barro exterior con los movimientos de unos y otros. El rapado abre su segunda lata.

—Vístete, hostia —le repite a Jota antes de dar otro trago largo—. No te lo digo más.

—Que no puedo, hostia —responde Jota con retintín—. Que mi ropa está empapada por vivir la vida con demasiadas ganas.

Señala las prendas colgadas en sillas y taburetes, junto al calefactor que desenchufaron para ocultar su brillo. Uve se acerca a encenderlo de nuevo. Cuando se agacha entre los asientos, una pregunta del rapado atasca sus articulaciones:

—¿Y ese dinero?

Enseguida oye una aspiración entre dientes de Jota, el sonido que sucede a una desagradable revelación.

Él también acaba de caer en la cuenta. Uve gira el cuello en busca de su mirada y se preguntan el uno al otro, sin palabras, cómo han podido ser tan idiotas.

Después, los ojos de ambos se dirigen a la pared de la estantería.

Allí donde extendieron, colgando del filo, los billetes mojados.

El lugar exacto hacia el que mira el rapado.

—¿Has visto? —Eme vacía botellitas de whisky en dos vasos de plástico—. Están forrados aquí los chicos. Y él tiene más en su mochila. —Señala a Uve con el meñique mientras sacude las últimas gotas de licor—. ¿Un hielo o dos?

Para distraer la atención sobre sí mismo, Uve permanece agachado, terminando de enchufar el calefactor. Recibe el golpe de calor en la cara.

—A ver si se te seca la ropa —le dice a Jota—. Creo que ya no tardará mucho.

Y, aunque su intención es cambiar de tema sobre el dinero, el rapado no ha dejado de mirar los billetes.

—Que cuánto hielo quieres —repite Eme—. En la copa que te estoy preparando.

—Esto…, no sé…, no, da igual —contesta el rapado, perdido en otros pensamientos—. ¿Hay baño en este sitio?

Eme abandona el mostrador y ofrece los vasos que sujeta por los bordes.

—Sí, ahí detrás. —Con el codo le indica la zona de las cajas—. Un aseo enano.

—Ven un segundo.

Erre la coge del mismo codo para llevársela hacia allá.

—¿Aquí? —se sorprende ella con picardía—. ¿Ahora?

En cuanto la pareja desaparece en la oscuridad del almacén trasero, Uve enfila a Jota. Lo ve morderse el interior de las mejillas. En su mandíbula, los músculos palpitan al ritmo de una urgente toma de decisión. Sus ojos viajan del dinero a la puerta. De los billetes a Uve.

—Hay que pirarse —dice de pronto.

Sin esperar respuesta, Jota entra en acción. Del respaldo de la silla arranca su pantalón y comienza a ponérselo. El tejido mojado se le adhiere a la piel y dificulta la acción.

—Recógelo todo —le ordena a Uve. Señala la hilera de billetes extendidos mientras pelea por sacar un talón de la pernera húmeda—. Cuando tienes razón, la tienes. Nos deberíamos estar moviendo.

Es lo mismo que dijo Uve antes del baile, sin que le hiciera caso.

Jota no termina de abrocharse el pantalón. Se calza las zapatillas sin los calcetines, que mete en los bolsillos de la sudadera. La camiseta se la ha puesto al revés.

—Venga, venga, venga.

A toda prisa, se une a Uve en la labor de recolectar billetes, que ya están secos.

Le entrega los últimos formando un taco desordenado al que Uve no logra dar forma con dedos temblorosos.

Dos de los billetes morados caen al suelo.

Jota los recoge con una sentadilla veloz en la que también recupera su mochila.

Saca la cinta del radiocasete mientras Uve termina de formar un taco manejable con el dinero.

La voz ronca del rapado irrumpe entonces en el saloncito.

—Dejad eso ahí —dice—. Encima del mostrador.

Uve alza la vista. El escenario del que Jota pretendía huir a toda prisa empieza a materializarse frente a ellos. El fajo de billetes le tiembla en las manos.

—Que lo sueltes —ordena el rapado.

Eme va agarrada de su brazo, con la mirada dirigida al suelo.

Uve piensa que es porque no tiene el valor de mirarlos a la cara, pero enseguida se da cuenta de que está inspeccionando la estancia.

En un momento, se separa y se agacha junto al sofá.

Trastabilla y debe apoyar una mano para no caer, pero cuando se levanta tiene la mochila de Uve entre las manos.

Los dedos comprueban el volumen del bolsillo delantero en un gesto similar al que hizo el propio Uve cuando Jota cometió el error de mencionar esa otra mitad del dinero.

Eme abre la cremallera, mete la mano y dirige un leve asentimiento a su novio.

—Perdonadme, ¿eh? —Eme se dirige primero a Jota, que aún observa la escena junto al radiocasete. Después, a Uve—: En serio, perdonadme. Me habéis caído guay, os lo juro. Pero es que esto es mucho dinero, nos viene muy bien. Como caído del cielo, justo ahora que nos vamos a vivir solos.

—No les cuentes tu vida —dice el rapado—. Y tú, llorica, suelta tu parte, que lo queremos todo.

Los ojos humedecidos de Uve emborronan la silueta de Eme con la mochila. La chica a quien había confiado un secreto guardado durante una vida entera, a quien hacía tan solo una hora había imaginado como una amiga para siempre. Uno nunca sabe cuán corto puede llegar a ser un «siempre».

—Eme… —Uve aprieta la lengua contra el paladar para contener un sollozo que lo va a enmudecer—. Eme, no, por fav…

No llega a completar la palabra.

Una lágrima cae sobre los billetes en sus manos.

—Jo, me sabe mal. No te pongas así, que lo hemos pasado muy bien. Compartiendo confidencias y todo. —La complicidad en la voz suena ahora de lo más forzada—. Pero es que vosotros no podéis necesitar tanto el dinero… Nosotros sí. A vosotros os dan todo hecho en el internado.

Uve no se seca los ojos, prefiere que las lágrimas sigan emborronando la imagen de la traición frente a él.

—Calla ya —interrumpe el rapado—. Que nos den la pasta y punto, que dos niñatos no necesitan tanto dinero. Nosotros tenemos movidas de adultos.

—Sabéis que vais a acabar volviendo al internado —continúa ella—. Os van a pillar rápido. Dos menores de edad, solos, saltando a trenes… A lo mejor podemos vernos por aquí otra vez, algún día, y bailar esa canción que habéis puesto.

—Para ya con las gilipolleces, si son dos pijos que viven con la paga de papá y mamá.

Uve teme la reacción de Jota a la mención de su padre y, sobre todo, de su madre.

Suelen ser los truenos que anuncian sus peores tempestades.

Lo ve apretar los puños y percibe el esfuerzo que hace para no dejarse arrastrar por la tormenta de rabia.

Si aún albergan alguna opción de salir de allí con el dinero, un enfrentamiento físico no es la mejor estrategia.

Jota le dirige a Uve una mirada que lo pone en alerta.

Hay que entrar en acción. Sin pensarlo. Ya.

—¡Corre!

Jota grita tan alto como gritaba su libertad en la calle de la urbanización.

Aprovecha el desconcierto que genera el alarido para arrancarle a Eme la mochila de las manos.

Uve se apresura hacia la puerta, como hace Jota.

Aunque llega a abrirla, el rapado se lanza contra ella de costado y la cierra de un golpe.

Jota trata de escabullirse, pero una bota negra lo barre con una zancadilla.

La cadera y el codo de Jota impactan contra el suelo.

El casete se sale de la mochila que carga a la espalda.

La que lleva en las manos, la de Uve, la protege enroscándose en el suelo.

La misma bota que lo ha hecho caer le propina ahora puntapiés en la columna, las espinillas.

—No me calientes, que acabo pisándote la cabeza y me quedo nuevo.

El rapado sonríe con cada gemido de dolor de Jota, que resiste el ataque en posición fetal, protegiendo la mochila con el dinero.

—¡Dile algo! —le grita Uve a Eme.

La mirada de ella lo hace sentir como un desconocido, como si esa chica no fuera la misma que hacía un rato lo abrazaba con cariño para animarlo a ser él mismo.

—Pídele tú a tu amigo que suelte la mochila —contesta.

Parece que se hubiera olvidado hasta de sus nombres.

—Se acabaron las tonterías —dice el rapado.

Eleva una bota sobre la cabeza de Jota.

—Eh, eh, tampoco te pases. —Eme le da un manotazo en la pierna amenazante—. Tú sujétalo.

El rapado inmoviliza a Jota en el suelo. Una vez retenido, Eme introduce y retuerce los brazos entre los de Jota. Las pulseras se le suben hasta el codo.

—Ni lo intentes —amenaza el rapado a Uve en cuanto adivina sus intenciones de atacarla a ella.

Jota resiste entre gemidos y tomas de aliento. Increpa a Eme por ser una falsa, una convenida y una rata traicionera que se merece todo lo malo que le pase en la vida. Le desea que todo ese mal se lo acabe dando Erre.

—¡Que me clavas las uñas! —le grita también.