Fuegos artificiales Capítulo 22
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Capítulo 22

—¡Niña!

La traca de puñetazos culmina con uno más fuerte que todos los anteriores. Suena tan intenso que Uve da un respingo en el suelo . Jota le aprieta la muñeca para que no se mueva.

El rapado maldice allí fuera.

—¡Joder!

Se produce otro impacto y un gemido de dolor. Uve imagina que el rapado ha dado una patada a uno de los postes que sostiene el techado de uralita y se ha hecho daño en el empeine. Impulsado por esa rabia, sale al terreno. Sus pasos rodean la construcción.

—No, no, no —susurra Jota.

Su anatomía se escurre entre la de Uve y Eme.

Se levanta y corre al almacén trasero, por donde se coló él.

Se le oye moverse entre cajas y cerrar con urgencia una ventana, sin ninguna precaución ya por mantener el silencio.

Ante la confirmación de movimiento en el interior de la construcción, los pasos del rapado vuelven a la ventana enrejada, justo a tiempo de ver a Jota regresar a la estancia.

—Lo sabía —dice.

Uve y Eme se asoman por el respaldo del sofá.

—Ábreme la puerta —ordena el rapado—. Ahora.

—Ni de coña —contesta Jota.

Entre los barrotes se cuela un brazo que lo señala con rabia.

—Ábreme —insiste—. Ya.

Jota también extiende un dedo, pero él lo agita en el aire.

—Te he dicho que no.

Usa un tono provocador, como el de una profesora regañando a un alumno.

Afuera, el rapado respira entre dientes.

Su frente impacta contra el metal al encajar la cara entre los barrotes.

—¡Niña! —grita al lugar, tan solo iluminado por los faros en el exterior—. Niña, sal ahora mismo o empotro aquí el coche y atravieso la pared y atropello al gilipollas este hasta hacerlo puré. A ver si esta vez sí le aplasto la cabeza.

Uve nota cómo, a su lado, Eme se aferra al sofá, conteniendo las ganas de responder.

—No te quiere ni ver —habla Jota a la ventana.

La sonora respiración del rapado se convierte en un gruñido. El grito posterior lo profiere ya fuera del techado. Pisadas enérgicas lo llevan hasta el coche. La portezuela se cierra. El motor vuelve a encenderse.

—Eso, que se pire —dice Jota—. Que nos deje en paz.

Pero el coche no inicia ninguna maniobra. Tan solo se revoluciona el motor, que ruge con intensidad creciente. El rapado da acelerones que amenazan con embestir. Eme abandona su lugar junto a Uve.

—¿Dónde vas? —pregunta Jota.

—A parar a este animal, que va a acabar aquí estampado como no salga.

Otro rugido mecánico de advertencia subraya las palabras de Eme, que echa mano a la llave en la cerradura.

—No abras —le pide Uve—. No salgas.

Ella busca otra opinión en los ojos de Jota, pero él también niega con la cabeza.

—Dejadme a mí —dice ella.

Rabiosa, gira la llave.

Al abrirla, la puerta se convierte en un cañón de luz del que se protege con las manos frente a la cara.

—¿Qué quieres? —grita a la noche—. ¡Déjame en paz! ¡Por una vez en tu vida, déjame vivir!

La voz de Eme va creciendo en volumen y arrojo, a causa del alcohol o de saberse acompañada y en mayoría. El coche responde con un nuevo acelerón que la exalta aún más. Eme eleva la barbilla, infla el pecho y sale al techado.

—¡Venga, dale! ¡Arróllame si te atreves!

Jota sale corriendo tras ella. Uve se une.

—¡Hazlo, joder! —Eme se golpea el pecho—. ¡Porque si quieres que me vaya contigo va a tener que ser muerta!

Jota le pide que pare. Le recuerda que donde están a salvo es dentro, con la puerta cerrada.

Eme le responde que ha sido él mismo quien le ha abierto los ojos sobre el mierda de su novio y que ahora no piensa detenerse ni dejarse intimidar.

Bocanadas de aliento alcohólico emanan de entre los labios con cada proclama.

—Ya, bueno, pero hay que ser inteligente también —dice Jota—. Que ahora el coche lo tiene él. Vamos dentro.

Un desafiante rugido del motor impulsa a Eme a hacer justo lo contrario. Echa a caminar en dirección al coche. A Uve, la silueta de ella se le pierde en el brillo de los faros, pero oye unos impactos contra la carrocería, golpes de manos abiertas contra el capó.

—¡Vamos! ¡Ten cojones!

El motor baja de revoluciones hasta detenerse.

Los faros se apagan también.

—¿Qué? —grita Eme en el repentino silencio—. ¿Ahora qué?

Desde el techado, casi a la vez, Uve y Jota reparan en un detalle que los lleva a girar la cara para compartir una mirada: Eme ha salido en sujetador.

Jota se toca la cintura como si necesitara confirmar que sigue en calzoncillos.

Si al rapado le faltaban razones para querer matarlo, acaban de darle la definitiva.

En cuanto se oye abrirse la puerta del coche, Jota inicia una carrera explosiva hacia Eme. Ella, ahora, se deja hacer. Superado el deslumbramiento de los faros, habrá podido ver la cara con la que el rapado debe de estar mirando la escena frente a él, imaginando escenarios.

—Vamos, vamos, vamos —urge Jota entre grititos de Eme.

Uve sujeta la puerta del almacén para cerrarla de un golpe en el momento exacto en el que ellos dos cruzan el umbral.

Ocurre apenas un instante antes de que el rapado lance un pie que no llega a interceptar la puerta.

Desde dentro, los tres empujan con seis manos que también buscan llaves, cadenas y cerrojos que echar.

Los dientes de Jota silban durante el proceso, hasta que su boca explota en una carcajada en cuanto terminan de bloquear la entrada.

Eme recoge del mostrador, a toda prisa, su camiseta de trazos fluorescentes y se la pone antes de encarar la ventana enrejada.

—Estás loco, tío —le dice al rapado, que deja de aporrear la puerta—. ¿A ti te parece normal lo que estás haciendo?

—¿Y tú? —La enfrenta a través de los barrotes—. ¿Qué haces tú? ¿Por qué estás en bolas?

—No estoy en bolas. —Eme enciende la luz del almacén para que pueda ver que se ha puesto la camiseta—. Teníamos calor y me la quité, nada más.

—¿Qué coño hacéis ahí dentro? ¿Qué hace el niñato en calzones?

—Venga ya, deja de pensar tonterías, que son críos. Se mojó con la lluvia y está secando la ropa.

Jota chasquea la lengua, molesto por la manera de referirse a ellos o por ver a Eme deshaciéndose en explicaciones. Ella escucha la reprobación y vuelve a elevar la barbilla, a endurecer el tono.

—¿A qué vienes? ¿Qué quieres?

Parece que tratara de invocar la rabia con la que gritaba a su novio desde lo alto del terraplén, pero teniéndolo tan cerca, ahí delante, no lo consigue.

Las sonoras respiraciones de él anuncian un nuevo arrebato.

Uve se tensa, también Jota. Sin embargo, cuando el rapado habla, la voz cambia por completo. Suena serena, incluso melosa.

—¿Qué voy a querer, niña? —Hace una pausa valorando el impacto que el cambio de registro provoca en Eme—. Te quiero a ti. Y que me perdones. Que paremos de pelearnos.

Jota deja caer los hombros.

—Venga ya —le susurra a Uve—. Ahora en plan arrepentido embaucador. No cuela.

—Ya sabes cómo me pongo a veces… —continúa el rapado—.

Se me va la cabeza, me vuelvo loco. Bueno, me vuelves loco.

Que tú también, hablarme así… Y luego dejarme ahí tirado, como a un perro.

Y lo que le has hecho al coche, tío… Pero, bueno, así somos, ¿no?

Nos gusta darnos caña. Los amores reñidos son los más queridos, niña. Y tú y yo nos queremos un huevo.

Uve percibe un leve asentimiento de Eme y mira a Jota, incapaz de creerse la reacción de ella.

—Sé que en realidad no piensas nada de lo que me has dicho —continúa la voz ronca—. ¿Maltratador?

Eme le dedica una tímida negación de cabeza que sorprende a Uve. Él fue el primero en lanzar el insulto y lo hizo porque lo vio actuar como tal con sus propios ojos.

—Tú también me sueltas buenas hostias y no pasa nada —añade el rapado.

—Eme —interviene Jota sin miedo a que lo escuche el otro—. Eme, tú no has hecho nada malo.

Del exterior llega un bufido y un golpe contra los barrotes.

—¡Cállate, hostia! ¿Y qué es eso de Eme? ¿Por qué te llama así este gilipollas?

El paso atrás que da ella hace que el rapado reprima su rabia y vuelva a suavizar su tono.

—Que no, niña, va, me controlo. Nos vamos y ya está. —Bajo el impostado sosiego en sus palabras late la furia de la voz quebrada—. Menuda nochecita hemos tenido, ¿eh? Con lo bien que la empezamos es una pena acabarla así, tío. Nos quedan tres fichas todavía. Podemos hacer tolón.

Eme sonríe a algún tipo de chiste interno.

Uve da un paso adelante.

—Eme.

Intercambia con ella una mirada con la que pretende rememorar lo que acaban de vivir. El baile, la libertad, las ansias por un nuevo futuro. El rapado contraataca para interrumpir esa conexión silenciosa.

—Niña, te lo iba a decir antes, pero no me dio tiempo con toda esta movida. Ya es hora de que nos vayamos a vivir solos, ¿no? O echo a mis colegas del piso, o nos buscamos algo. Para ti y para mí, sin nadie más. Que ya nos toca. Pillo más curro si hace falta.

Uve entiende lo que ese ofrecimiento significa para ella. No solo porque recuerda lo que les contó en el coche, lo incómoda que se sentía en ese piso compartido y lo mal que le caían esos colegas, sino por la manera en que ahora se le abre la boca.

—¿En serio?

Eme se aproxima a la ventana, se agarra a uno de los barrotes. El rapado cierra una mano encima de la suya.

—Prometido. Mañana empezamos a buscar —dice él—. ¿Me perdonas y te perdono?

Jota le susurra a Uve que ella no tiene nada que perdonarle, que el cabrón la está liando.

—Venga, vámonos —insiste el rapado—. ¿Qué haces aquí metida con dos críos?

—Eme, no —se atreve a decir Uve.

Pero los ojos que lo miran de vuelta no brillan ya con la excitación de un porvenir que descubrir, sino bajo el efecto de algún influjo que los domina y los apaga. Un veneno que resulta apetecible por su sabor familiar.

—No os preocupéis, chicos. De verdad, ya está bien. Lo noto. —Eme entrelaza los dedos a la altura del pecho como en un ruego o una promesa—. Siempre es igual. Se pone muy bestia, pero luego se le pasa totalmente.

—Eme, te insultó, te pegó —le recuerda Uve.

—Ya, bueno, y yo le arañé la cara primero.

—Si en el fondo tengo un corazón de oro —intercede el aludido desde el exterior.

—Y tiene razón, nos hemos pasado cuatro pueblos con lo del coche.

—Eme los mira en silencio, con esforzados parpadeos, esperando a que lo reconozcan—.

Que lo dejamos ahí tirado, en una cuneta.

A que se muriera de frío y de sed. —Esa última palabra le da una idea y se vuelve hacia la ventana—.

¿Quieres tomar algo? Tenemos de todo. Hay una nevera con hielo, refresco, cerveza.

Y a mí me quedan botellitas. De la mía y de las otras.

Tanto Jota como Uve sacuden la cabeza.

—Eme, en serio, no —sentencia Jota con un dedo en alto—. ¿Estás tonta? ¿O borrachísima?

Ella sacude los dedos en el aire quitándole importancia.

—¿A que no les vas a hacer nada a mis amigos? ¿A que se te ha pasado todo el mal rollo? —pregunta a la ventana con un repentino tono infantil. Al no obtener respuesta, añade—: Tienes que prometérmelo, que no les vas a hacer nada a mis amigos.

—Tus amigos me la sudan. Y no son tus amigos.

—Prométemelo. —La voz aniñada de Eme molesta a Uve—. Sí son mis amigos. Amigos de los buenos. Hemos estado tirando fuegos artificiales.

—Ya lo he visto —responde él—. ¿Te acuerdas de aquella noche en el parque?

—Claro… —Eme se abraza a sí misma y sonríe al recuerdo.

—Me muero de sed, tío —dice el rapado.

—Venga, entra —invita ella—. Que hace frío ahí fuera.

Jota arranca las llaves de la cerradura. Las esconde detrás de la espalda. Cuando Eme se le abalanza, se las arroja a Uve, que no recibe bien el pase. El llavero cae al suelo y tanto Eme como Jota se lanzan a por él.

—Eh, eh, ni la toques. —El rapado pega una sien a los barrotes de la ventana, entre los que cuela un brazo amenazante—.

Entonces sí que la lío. Que yo ahora estoy en son de paz, pringado.

Me la bufáis dos críos de mierda, pero como le pongas una mano encima…

Uf, como le pongas una mano encima a mi niña.

Uve sortea el forcejeo entre los dos y se hace con la llave.

—Dámela —dice ella—. Dámela. No me hagas contar nada.

Uve se queda inmóvil al entender la amenaza. Eme aprovecha el momento de impresión para pescar el llavero de su mano abierta. Jota la coge a ella de un hombro. Se acerca para formar entre los tres un improvisado corrillo en el salón.

—¿Qué hacéis? —grita la voz desde fuera.

Durante un instante, vuelven a ser ellos tres contra el rapado. Jota aproxima la cara a la de Eme para mirarla a los ojos lo más cerca que puede. Y, aunque Uve cree que le va a preguntar a qué se ha referido con eso de contar algo, lo que susurra es:

—¿Estás segura?

Ella rompe el espacio de complicidad y se separa de ellos.

—Que sí, que le dan prontos —contesta en voz alta para que él también lo oiga—. Pero luego se calma. Si al final es un buenazo. Nos cabreamos mucho, pero no es para tanto. En serio, estamos bien.

Eme introduce la llave en la cerradura.

Uve dirige una mirada de preocupación a Jota mientras chirrían las bisagras de la puerta al abrirse.