Capítulo 21
Jota aprovecha que Eme le ha puesto las piernas sobre el regazo para acariciár selas.
Ella le pide que pare y le recuerda que están en gayumbos y sujetador.
Los dos se dejaron caer en el sofá hace un rato, en la pausa tras una canción.
Eme ha acabado por tumbarse, con las piernas encima de Jota. Uve se ha sentado sobre la alfombra.
Eme fuma y habla sin expulsar el humo, con la voz tomada.
—¿Entonces nadie os vio salir?
—Imposible —responde Jota cogiéndole el cigarrillo para dar una calada.
—Bueno, no sabemos —corrige Uve—, esperemos que no.
—A ver, Uve, por favor, al Uve inseguro y temeroso lo dejamos en el internado —recuerda Jota—. El nuevo Uve es este que salta por las ventanas, se emborracha y baila como un loco.
—¡Viva el nuevo Uve! —grita Eme.
Jota le ofrece el cigarrillo a su amigo, a modo de prueba para demostrar que, de verdad, ha cambiado.
En el internado, Uve nunca ha querido fumar, pero ahora acepta el ofrecimiento.
Da una calada tan profunda como imprudente, que lo lleva a sacudirse entre ásperas toses y ojos llorosos.
Jota se ríe de él hasta que consigue que Uve se ría de sí mismo.
—Qué graciosos sois —dice Eme recuperando el cigarro—. No os imagino planeando una huida.
—Eso ha sido cosa suya. —Uve señala a Jota, con la cara roja todavía—. Si hemos podido salir ha sido gracias a él.
—Tengo mis métodos —afirma Jota con una sonrisa orgullosa.
Mientras le coge de nuevo el cigarrillo a Eme, oye algo. Sabe que los demás también lo han oído, porque se incorporan tan sobresaltados como él.
Los tres identifican el sonido de un motor.
El ruido inconfundible de un coche que se aproxima.
—No me jodas —exclama Jota.
—¿El dueño? —pregunta Uve.
—Los fuegos. —Eme mira a Jota—. Si es que a quién se le ocurre. A estas horas.
A Jota le entra la risa pensando en lo que va a encontrar el dueño del almacén en cuanto abra la puerta: un saloncito improvisado, con estufa y todo, y tres extraños semidesnudos en el sofá, en mitad de la tienda. Después mira al mostrador convertido en barra de bar y se ríe aún más fuerte.
—Para, tío. Calla. —Eme se levanta, salta a los interruptores—. Apagad todo.
Uve se tropieza con la alfombra, intensificando la carcajada de Jota.
Eme acaba por reírse también mientras echa la llave a la puerta.
—Vamos, vamos.
Aunque ella sigue llamando a la acción, Jota escucha el motor demasiado cerca.
Se aprecia incluso el resplandor de los faros del coche en el exterior.
No les da tiempo a colocar nada más. Desenchufa la estufa como última luz por apagar y, en la oscuridad, agarra del brazo a Uve y Eme para guiarlos detrás del sofá, donde se tumban los tres.
—Por favor, esto es ridículo… —susurra Eme, que se raspa el paladar con una carcajada contenida—. Nos va a ver en cuanto se asome.
—Calla y agacha.
—Estoy más que agachada. Estoy tumbada. ¿De quién es este pie?
A Jota le burbujean los labios de la risa.
—No quiero volver… —murmura Uve.
Su tono apesadumbrado mutila de golpe la comicidad de la situación. Jota entiende que ser descubiertos ahora puede mandarlos de vuelta al internado.
Los tres se quedan en silencio, escondidos tras el sofá.
Sin la alfombra debajo, Jota nota el frío del suelo a lo largo de toda la pierna, del brazo.
Contiene la respiración para afinar el oído.
El coche alcanza la zona exterior, sus faros crean sombras cambiantes en el interior del almacén. El motor se apaga, pero las luces permanecen encendidas. Una portezuela se abre y Jota escucha pasos sobre el cemento bajo el techado, aproximándose a la puerta de entrada.
Jota nota que Eme y Uve entrelazan los dedos.
Aprieta esas manos y sisea para que permanezcan en silencio.
Espera escuchar unas llaves entrando en la cerradura, las del dueño del almacén, pero la puerta se sacude sin abrirse.
Varias veces. El gesto de alguien que se enfrenta a una puerta desconocida.
Quizá no es el dueño de la tienda, sino un vigilante de la zona o algún vecino que solo quiere comprobar que, tras la insensatez que supone que alguien haya lanzado unos fuegos artificiales de madrugada, todo ha vuelto a la calma.
—Tranquilos… —susurra Jota—. Se va a ir.
La presencia exterior se desplaza a un lado, a la ventana enrejada.
Jota reconoce el sonido de piel que chirría contra cristal. Imagina dos manos extendidas intentando abrir la ventana. Tras un forcejo, consiguen deslizarla.
Los tres cuerpos tumbados tras el sofá se tensan, se juntan, se encogen.
La presencia escudriña el interior del almacén aprovechando la iluminación del coche. Su respiración de animal rabioso se va intensificando, como si le enfadara cada vez más lo que ve. Cuando habla, suena a gruñido:
—Niña.
Eme se lleva una mano a la boca.
Jota reconoce enseguida esa voz cascada de cardo seco, la que lo amenazó a medio centímetro de la cara y desde debajo del terraplén. Añade su mano a la que ya tiene Eme sobre sus propios labios. El rapado vuelve a hablar:
—Estás aquí —afirma mientras realiza dos sonoras inspiraciones de nariz—. Te huelo.
Jota pega la boca al oído de Eme.
—Ni caso —dice en un susurro casi inaudible, apenas un crepitar de saliva—. No contestes.
—Y tú, pringado —añade la voz—, veo tu mochila.
Jota aprieta los labios.
—¡Niña! ¡Contéstame!
La angustia sacude el pecho de Eme, que intenta quitarse la mano de la boca, dispuesta a responder. Jota refuerza la mordaza.
—No puede entrar —le susurra en la oreja.
Cierra los ojos invitándola a hacer lo mismo.
A dejar de mirar, de escuchar, de reconocer esa presencia.
Permanecen en silencio, inmóviles.
Eme se calma.
Hasta que la puerta de entrada se sacude con una colérica metralleta de puñetazos.
Los golpes retumban en toda la estancia, cruje el techado de uralita exterior.
—Niña, contéstame ahora mismo por tu puta madre o tiro esta puerta abajo y… —Más puñetazos, un bufido—. ¡Niña, no me jodas!