Fuegos artificiales Capítulo 20
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Capítulo 20

Erre reconoce su coche nada más llegar al apeadero. Está ahí mismo, a parcado.

—Pero qué coño…

Corre a por él y le desconcierta encontrarlo vacío. Las puertas ni siquiera están cerradas del todo. Ve los asientos delanteros cubiertos de basura esparcida a propósito.

—¿Qué mierda es esto?

Antes de hacer otra cosa, busca latas y succiona todas las que encuentra, apurando gotas calientes.

En el proceso descubre el retrovisor interior arrancado.

Su rabia da forma a una sonrisa amenazante.

Al mover uno de los ambientadores en el suelo, aparece la llave del coche. La mira sin entender nada.

—¿Qué has hecho? ¿Dónde estás?

Como respuesta obtiene el sonido de una detonación ahogada, remota.

Seguida de otras tantas. En la lejanía, distingue los destellos intermitentes, multicolores, de unos fuegos artificiales.

El rapado mira su reloj. Nadie se pone a lanzar fuegos artificiales a las cuatro de la mañana.

Se fija en las vías del tren frente al aparcamiento, visibles a la luz de dos farolas. Mira también al puente.

—No puede ser.

Sale del vehículo como si necesitara obtener una mejor perspectiva de toda la situación: del coche abandonado con la llave dentro, del apeadero, de las vías, del puente.

De los fuegos artificiales. Erre sabe que por el apeadero pasan algunos trenes de mercancías de madrugada.

Hace unos años una banda asaltó uno, el de los miércoles, porque se detiene durante hora y media en mitad del campo.

El rapado trata de localizar los destellos que siguen detonando en algún lugar de la vasta oscuridad del paisaje.

—El Diablo.

Es el almacén de pirotecnia en el que se abastece toda la comarca en temporada de fiestas. Él mismo ha comprado petardos allí infinidad de veces. Se encuentra muy cerca de las vías de tren.

—No puede ser.

Erre se repite a sí mismo que es imposible, porque la escena que está componiendo incluye una imagen de su novia saltando a un tren en marcha desde ese puente, posiblemente motivada por los dos gamberros con los que se fue.

—No habrás sido capaz.

Una última y solitaria detonación en el horizonte suena como una desafiante respuesta afirmativa. Un provocador guiño luminoso.

El rapado mira al teléfono público en el apeadero.

Ese que tenía tantas ganas de usar.

Pero decide regresar al coche.

Arranca marcha atrás con el brazo sobre el asiento del copiloto. Cuando necesita usar el retrovisor exterior derecho, se da cuenta de que lo lleva colgando. Imagina el puñetazo con el que lo habrá arrancado el más gilipollas de los dos críos.

—Estáis muertos.