Fuegos artificiales Capítulo 19
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Capítulo 19

Uve ve salir a Jota empujando el sofá. Encima de los asientos lleva una alfombra enrollada, un radiocasete y tres latas de cerveza.

—No te creo —dice Eme al verlo.

Abandona la estufa para ayudar a Jota. Él posiciona el sofá en el centro de la estancia, ella desenrolla la alfombra justo enfrente.

Entre los dos crean un salón en mitad del almacén.

Jota enchufa el aparato de música sobre el mostrador.

Eme acerca hasta allí las tres cervezas, improvisando un bailecito, aunque no hay música aún.

—Deberíamos irnos —interrumpe Uve—. En cuanto suenen los despertadores y vean que no estamos empezarán a buscarnos. Nos deberíamos estar moviendo. Tenemos que alejarnos.

Jota comprueba que ambas caseteras están vacías.

—Relájate un poco, tío, que faltan como tres horas para el despertador. Además, que hemos parado porque se ha puesto a llover, no porque nos dé la gana. Y con el ratazo de tren nos hemos alejado bastante. Yo creo que estamos bien de momento.

Uve se queda en silencio, como hace siempre que no sabe llevar la contraria a Jota.

—A ver, tío, te lo prometo —continúa él—. En cuanto deje de llover vamos a la carretera y sacamos el dedo. Pero ahora nos merecemos celebrar que la primera parte del plan ha salido bien. —Se dirige a Eme—: Y que tú eres libre.

Acompaña la frase tirando de la anilla de una cerveza que desecha sobre el mostrador.

—¡Yuju! —Ella también abre una lata y lanza su anilla como si fuera confeti—. Pero no pienso brindar hasta que estemos los tres. —Clava su mirada en Uve—. Así que vente para acá.

Uve se acerca. Sus dedos vacilan al abrir la lata.

—Es que él no ha bebido nunca —explica Jota en un susurro, como si revelara un secreto—. Es un poco niño todavía para algunas cosas. Ni en el internado, que bebemos todos ya.

—¿Pero cuántos años tenéis? —pregunta Eme.

—Los justos —responde Jota—. Venga, vamos. ¡Por la libertad! ¡Por el absurdismo de vivir!

—¡Por mí! —dice Eme—. Que ya me toca pensar un poco en mí.

Los dos juntan sus latas en el aire. Esperan a que Uve haga lo propio, pero él permanece callado.

—¡Pues por el silencio también! —concluye Jota—. Venga, Uve, para adentro.

Los tres pegan un trago a la lata. A Uve, el brutal amargor de la cerveza le recuerda a la vez que abrió, para probarlo, el hueso de un melocotón. Y, aunque no le gusta nada el sabor en la boca, nota en la garganta y detrás de los ojos cierta efervescencia agradable que le hace sonreír.

—Mira, mira qué cara pone —dice Jota, la olla a presión silbando entre los dientes. Se lanza sobre Uve para abrazarlo, envolviéndolo con el cuerpo casi desnudo. Al oído, le susurra—: Bravo, tío. Bienvenido a tu juventud.

Un escalofrío recorre el cuello de Uve, que no sabe ni dónde poner las manos. Se deja contagiar por la risa infecciosa de Jota, hasta que él se separa de pronto.

—La cinta. ¿Dónde está la cinta? —pregunta—. Mi mochila, me la cogiste allí fuera. La metiste tú.

Uve la señala, al lado de la puerta. Jota va a por ella, saca su walkman y el casete que lleva dentro. En el mostrador, Eme hurga en el bolso y saca su petaca, además de varias botellitas pequeñas de whisky.

—Que las cervezas están muy bien, pero esto es mucho mejor.

Desenrosca la petaca y da un sorbo largo al que sigue una interjección indescifrable de pura euforia. Gira sobre sí misma y se quita la chaqueta, descubriendo una camiseta estampada con trazos fluorescentes. Sus pulseras cascabelean en libertad. Jota pone el casete en el aparato, presiona Play.

Grita la letra sobre el a capela inicial de la cantante.

Uve reconoce la voz y la canción que escuchó por primera vez encerrado en uno de los cubículos del baño en el internado.

—¿Es Madonna? —pregunta Eme—. Me encanta Madonna.

Jota niega con la cabeza siguiendo el ritmo de la música. Sin dejar de moverse, abre una de las botellitas de whisky y le da un trago. El pequeño salón lo convierte en una pista de baile a la que se entrega con los brazos en alto y los ojos cerrados.

—¡Fiesta! —grita Eme.

Sumándose a la semidesnudez, se quita la camiseta y se lanza a la pista en sujetador. Cuando Jota se da cuenta, dirige a Uve una mirada escandalizada. Eme también mira a Uve, se acerca a por él.

—Ven, cariño, que la primera cerveza hay que bailarla. —Le pone la lata en la boca y le obliga a dar varios tragos—. Verás qué bien.

Eme lo arrastra a la pista. Uve siente que su cabeza y sus pasos no avanzan al mismo tiempo.

De pronto, sin entender cómo, se descubre rodeado por Jota y Eme, por sus cuerpos.

Y, aunque Uve sabe que solo son ellos tres bailando sobre la alfombra, de alguna manera parece que hubiera más gente.

Siente la música vibrar en el pecho, en el estómago y en los pies.

Una súbita sensación de alegría le hace reír en alto.

—Ahí estamos —dice Jota con dos aplausos—. Ese es mi colega borracho.

—Os lo juro, chicos, sois los mejores —añade Eme—. Qué suerte encontraros, en serio.

Jota celebra el cumplido cerrando los ojos y entregándose a la música con mayor abandono.

En el extraño estado en el que se encuentra Uve, un inédito atrevimiento le permite seguir mirándolo más allá de lo que le han permitido nunca antes su miedo y su vergüenza.

Se fija en la mano relajada de Jota, flotando sobre su abdomen mientras baila moviendo solo los hombros y la cintura.

Se fija en esos hombros, se fija en esa cintura.

Se fija sin reservas en la goma de unos calzoncillos por los que asoma un vello que crece hacia el ombligo.

La tela se le ha secado un poco y ya no se le pega tanto a la piel.

Se fija, sobre todo, en la cara. El perfecto relieve de su barbilla, sus pómulos y sus cejas.

El mechón ondulado que le cae sobre la frente.

Jota baila con los ojos cerrados, los labios murmurando la letra de la canción para sí mismo.

Eme abraza de repente a Uve.

—Es eso, ¿no? —le habla al oído y lo aleja de Jota—. Ese es el secreto.

Coge a Uve de las mejillas, como hizo en el apeadero.

—Qué mono, tío, cómo lo miras. Lo sabía. Es eso, ¿a que sí? Te gusta muchísimo.

Nadie le ha hecho a Uve una observación sobre ese tema que no fuera un insulto.

Tampoco nadie se lo ha preguntado nunca directamente.

Ni siquiera se ha atrevido a exigirse a sí mismo una respuesta, aun cuando la verdad ha brillado dentro de él con potencia incandescente en muchos momentos: oliendo la diadema de auriculares de Jota en el cubículo del baño, tocando sus manos frías en los escalones de piedra entre los parterres del internado, tumbado junto a él sobre el hielo.

Todas esas veces, Uve se ha esforzado por apagar el brillo en su interior.

Pero, en este momento, su mente piensa con innovadora claridad.

Nota las manos cariñosas de Eme en su cara, reconoce el deseo rotundo y doloroso que acaba de experimentar viendo bailar a Jota y escucha las palabras de la cantante que llena de música el almacén, repitiendo una y otra vez que no tiene miedo.

Sintiéndolo todo como nunca antes, Uve acepta que él tampoco quiere que el miedo lo siga apagando, sino responder, por primera vez, con la verdad.

No solo a Eme, sino a sí mismo. Y dejarse brillar. Saltar al tren y ya está.

—Sí —responde Uve—. Me gusta muchísimo.

La afirmación se lleva consigo el secreto que mejor ha guardado en sus catorce años de vida.

Abraza a Eme como se abraza a los desconocidos en una borrachera, con absoluta e infundada entrega, sintiendo que la revelación lo va a unir para siempre a la persona a la que ha desvelado su gran secreto por primera vez.

El olor que encuentra en su pelo, esa mezcla de tabaco, alcohol y sandía, le huele ahora a libertad, lugares prohibidos y un futuro diferente.

—¿Sientes que darle un beso es lo que más has deseado en toda tu vida? —pregunta ella.

—La que más —confiesa Uve, que no entiende cómo Eme se asoma de esa forma a sus pensamientos más íntimos.

—Entre otras cosas —añade ella con una sonrisa pícara—. Y él no lo sabe, claro.

Uve, primero, niega con la cabeza, pero acaba por encoger los hombros.

Porque a veces siente que es imposible que Jota no se haya dado cuenta.

Aunque otras veces, la mayoría, lo que le parece de verdad imposible es que Jota se lo haya planteado siquiera.

Jota no es como él. La euforia del secreto revelado se transforma en la angustia de saber que su deseo nunca será correspondido.

A Eme, que no puede dejar de leer su mente, se le humedecen los ojos, igual que se le han humedecido a él mismo.

Ella se los seca esforzándose por seguir sonriendo.

—Como si yo estuviera mejor que tú.

Consigue que Uve se ría y los dos se abrazan, bailoteando entre lágrimas mientras la música sube de volumen en sus oídos.

Un inesperado silbido sobresalta a Eme.

La posterior detonación asusta a Uve.

Una risotada de Jota los calma a los dos.

Desde la ventana, agita una mano para que se acerquen.

—¡Ya no llueve! —anuncia.

Con el mechero de Eme, enciende un cohete que saca entre los barrotes de la ventana justo antes de que salga disparado. Tras el silbido, en lugar de continuar su ascenso hacia el cielo, impacta contra el techado.

—Necesitamos algo mejor —dice Jota.

De una estantería elige dos cubos voluminosos. Pertenecen a una sección de la tienda llamada «Baterías y castillos». Con ellos bajo el brazo, aún en calzoncillos, se calza sin usar las manos y sale al exterior.

—¡Venid!

Eme coge de la mano a Uve.

Fuera, Jota prende en el terreno la mecha gruesa de una de las baterías.

—¡Esto no se repite!

Una primera detonación lanza al cielo un cohete que explota en una decena de destellos rojizos que dejan tras de sí titilantes estelas de chispas.

—¡Este momento no se repite! —Jota se lo grita a ellos, pero también a sí mismo, al mundo entero.

La segunda detonación dibuja en el aire un ardiente crisantemo de pólvora.

La tercera, la cuarta y la quinta lo llenan todo de cometas brillantes, palmeras de fuego, meteoritos luminosos.

La uralita, el suelo y el corazón de Uve vibran con cada explosión de los fuegos artificiales.

Las tonalidades de la pólvora quemada se reflejan en los restos de nubes que ya se disipan, en los charcos en el terreno, en las pieles húmedas de Jota y Eme.

Uve imagina el brillo de esas estrellas fugaces reflejándose también en sus ojos, asistiendo sin poder parpadear a la fabulosa explosión de luz, color y juventud que acontece frente a él, dentro de él.

Su mirada se encuentra entonces con la de Jota, que lo observa fijamente bajo el radiante despliegue anaranjado de una décima detonación.

Sin que se le oiga, pero formando claramente las palabras con los labios, pronuncia:

—Bum, bumbum, bum. —En su sonrisa centellean los mismos colores que se encienden sobre sus cabezas—. Bum.

Uve siente calor húmedo en los ojos y escapa con la mirada al cielo. Ya no tiene claro si los fuegos artificiales explotan de verdad ahí arriba o laten únicamente dentro de su pecho.