Capítulo 18
Al rapado no le quedan fuerzas para echarse a correr, pero camina cada vez más rápido. Por mucho que le duelan los talones, los tobillos y la parte baja de la espalda, saber que se aproxima al apeadero lo anima a acelerar el paso. Quiere llegar cuanto antes al teléfono.
No ha pasado ni un solo coche por la carretera en todo este tiempo, así que hace rato que abandonó el arcén y camina por mitad del asfalto.
Siente e l frío de la noche en la piel, pero el cuerpo le arde por dentro.
Mientras se seca el sudor en la frente, cree oír el sonido de un motor.
Se voltea y, a lo lejos, distingue el brillo de unos faros, avanzando en su dirección.
—Bien, bien —murmura.
Traga una saliva tan seca que parece pegamento en una garganta de cartón.
Adecentándose ante la llegada del vehículo, se sacude tierra de los brazos, de la ropa.
Levanta un brazo para olerse y retira la nariz, asqueado.
Regresa al arcén y muestra un pulgar extendido. La otra mano la balancea en el aire.
Inicialmente, el coche aminora la velocidad, pero, cuando el rapado se acerca lo suficiente como para que quien conduce pueda verlo con claridad, la mujer al volante vuelve a acelerar.
El rapado se abalanza sobre el vehículo, la conductora invade parte del carril contrario para esquivarlo.
Suena el claxon. Él cae al suelo mientras el coche se marcha con un fuerte acelerón.
—¡Hija de puta! —grita a los faros rojos que se alejan en la oscuridad.
El rapado sabe que esa chica ha salido pitando como haría cualquier chica sola que ve aparecer a un tío sucio y despeinado, a las cuatro de la madrugada, en medio de la carretera, pero él no está para pensar con calma.
—¡Ahí te estrelles, hija de la gran puta! —vocifera al coche que apenas se ve ya.
Los gritos arden en su garganta seca.
Se raspa los codos en el asfalto.
Vuelve a pensar en la cerveza que no se acabó antes de bajar del coche.
Lleva tanto tiempo sin beber que tiene hasta resaca ya.
La cabeza le duele en intensas palpitaciones.
Necesita una cerveza.
—Una puta cerveza.
Una aspirina tampoco le vendría mal.
Pero lo que más necesita es llegar a ese teléfono y denunciar a la ladrona de su novia.
—Por golfa y por cabrona. —Rebaña el interior de su nariz y escupe una flema antes de proseguir su camino—. Te vas a cagar.