Fuegos artificiales Capítulo 17
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Capítulo 17

Jota les muestra el espacio como si fuera el dueño.

Ha podido abrirles la puerta de entrada con unas llaves que colgaban de un clavo, justo en la pared de al lado.

Él se ha colado por una ventana alta en el almacén trasero, donde ahora les señala las columnas de cajas de mercancía acumuladas.

Sobre la parte delantera, la que da al techado, les explica que es la zon a de tienda, abierta al público.

—Y aquí está el mostrador donde vendemos petardos a los chiquillos —dice entre risas. Aprovecha para revisar los estantes llenos de cajas multicolores, como chucherías pirotécnicas—. Todo lo que existe lo tenemos.

Jota abandona su interpretación y se interesa de verdad por una caja que tiene entre las manos. Le encanta la ilustración que muestra un cielo iluminado de mil colores y el texto que promete espectaculares explosiones, estelas y palmeras.

—Dan ganas, ¿eh?

Busca la complicidad de Uve, en recuerdo de lo del lago, pero su amigo está atento a Eme, que saca de un pequeño cuarto, empujándola, una estufa eléctrica con ruedas.

—Te va a venir de vicio —le dice a Jota.

Él deja la caja sobre el mostrador y acompaña a Eme en busca de una toma de corriente. Cuatro barras naranjas de puro calor eléctrico se encienden en la estufa nada más enchufarla.

—Qué gusto. —Eme acerca las manos a las resistencias.

Jota coloca una silla frente a la estufa. Se descalza y acerca las zapatillas al calor. Se quita los calcetines y los cuelga en un travesaño inferior de la silla. Los pantalones los pone en el respaldo.

—¿Vas a estar así, en gayumbos? —pregunta Eme.

—¿Qué problema hay? —contesta él—. Si quieres, me los quito también.

Eme dice que no, arrugando la nariz.

—Es que vosotros no tanto —continúa Jota—, pero yo estoy calado.

Se quita la sudadera empapada y retuerce las mangas, escurriendo agua. Cuando va a hacer lo mismo con el resto de la prenda, encuentra un bulto inesperado en uno de los bolsillos.

—Hostia, tío.

—¿Qué pasa? —pregunta Uve.

Jota abre la cremallera, sin dejar de mirar a los ojos de su amigo. Saca del bolsillo el montón de billetes que se quedó él. Intenta separarlos, pero están tan mojados que se pegan unos a otros.

—Ostras. —Uve se tapa la boca.

Jota resta importancia a la alarma. Dice que los billetes están pensados para estas cosas, que solo hay que separarlos con cuidado, extenderlos y esperar a que se sequen.

—Yo he metido billetes a la lavadora mil veces —confirma Eme—, no pasa nada.

Jota procede a separar los billetes uno a uno.

Los va colgando del filo de una larga estantería que recorre la misma pared a la que han enchufado la estufa.

Comienza dejando mucha separación entre uno y otro, pero son tantos que termina por ponerlos muy juntos.

Antes de completar la longitud del estante, superpone los cuatro últimos.

—Esto se seca enseguida —le dice a Uve—. Antes que a mí las pelotas.

—¿Y ese montón de dinero? —Eme sigue pegada a la estufa, con las piernas muy juntas—. Es muchísimo.

—Pues es solo la mitad —dice Jota.

Enseguida ve cómo Uve se lleva la mochila a la tripa y aprieta el bolsillo delantero para asegurarse de que la otra mitad sigue en su sitio. Jota se da cuenta de que Eme también registra el gesto.

—Así visto, mola. —Jota da un paso atrás para tener una mejor panorámica del montón de billetes tendidos—. Parecemos fugitivos.

—No lo habréis robado, ¿no? En el internado o algo.

—Que no, que es suyo. —Jota cabecea hacia Uve.

—Que a ver si me he tragado vuestra historia de liberación adolescente y estoy aquí con dos maleantes peligrosos.

—El peligroso era la rata de tu novio —suelta Jota.

—También es verdad —responde Eme con un fuerte asentimiento.

Jota acerca otros dos taburetes a la fuente de calor. En uno cuelga la sudadera desabrochada. En el otro, la camiseta que acaba por quitarse también, quedándose solo con los calzoncillos.

—Lo que no tenemos ahora es dónde sentarnos. —Jota se ríe de la situación que ha provocado él mismo.

—Creo que había un sofá ahí dentro. —Eme señala el cuartito en el que ha encontrado la estufa—. Había de todo.

Jota corre entusiasmado, descalzo, al cuartito.

Nada le gusta más que un abanico de posibilidades.

El fluorescente en el techo titila al encenderse.

Arrumbado en una esquina, ve un sofá pequeño.

También una alfombra enrollada. Pero lo primero que llama su atención es un radiocasete.

Y lo segundo, una nevera. Sobre todo, cuando descubre que está llena.

—¿Alguien quiere celebrar? —pregunta en voz alta.